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Arquitectura sin complacencias: Entrevista con Alejandro Hernández

agosto 28, 2013

Alejandro Hernández es Director editorial de Arquine. Es arquitecto, crítico y curador de arquitectura; recientemente publicó, junto con Fernanda Canales, el libro 100×100 Arquitectos del Siglo XX en México. En 2003 ganó el concurso del edificio para Centro Diseño, Cine y Televisión. Curó la muestra Mexico City Dialogues en Nueva York y ha participado en las bienales de arquitectura de Sao Paulo, Rotterdam, Venecia y Canarias.

Platicamos con él como parte de nuestro Especial de Arquitectura joven en México.

México es un país con una rica tradición e historia arquitectónica, es quizá una de sus manifestaciones más importantes. ¿Cómo se vislumbra en la actualidad la arquitectura contemporánea en México?, ¿hacia dónde apunta?

El planteamiento de la pregunta me parece ya de entrada problemático. No es que México carezca de esa “rica tradición e historia arquitectónicas”, ahí están las capillas pozas de Calpan y Ciudad Universitaria, y mucho más entre esos dos ejemplos. Pero la tradición no es garantía suficiente de un presente fecundo o de un futuro promisorio. Si pensamos sólo en la Arquitectura con mayúscula, en los objetos de culto que engalanan portadas de revista, hay sin duda buenas obras y buenos arquitectos. Pero una golondrina no hace verano —y ni siquiera una bandada. La arquitectura es un fenómeno complejo; es social, cultural e incluso política —en el más amplio sentido: tiene que ver con la polis. Ahí, la arquitectura contemporánea en México no apunta a la gloria, más bien lo contrario. La gran mayoría de los mexicanos viven en casas autoconstruidas o construidas sin la intervención de un arquitecto, lo que tal vez no fuera malo si no sumáramos que la tradición constructiva, ya no arquitectónica, también se ha difuminado cada vez más: en la arquitectura popular actual habrá curiosidades, pero en general su calidad es penosa. Sin embargo, no es superior lo que hacen algunos arquitectos que trabajan para la mayoría, véase el caso de la vivienda social, mínima, en las últimas décadas: un rotundo fracaso. No sólo estético —que sería lo de menos— sino económico y social. La obra pública en México, que tuvo ejemplos notables entre los años 50 y finales de los 60, hoy es muestra inagotable de improvisación, mala calidad, poca efectividad y, peor, muchas veces también de corrupción.

¿A dónde apunta esto? México es si no el que más, uno de los países con más escuelas de arquitectura. La mayoría son malas. Y las buenas lo son en un país de ciegos. La formación es deficiente, la clase media —junto con el Estado y los inversionistas privados, el mayor cliente potencial de los arquitectos— no es lo suficientemente fuerte para demandar los servicios de lo que se adivina como una gran ola de arquitectos —insisto, en su mayoría mal preparados— y en un país donde cuenta más a quién conoces que lo que conoces y donde la obra pública se asigna generalmente por la voluntad de algún funcionario, son escasos los medios que tienen los jóvenes recién egresados para iniciar un ejercicio profesional competitivo y a la vez prometedor. ¿Hay excepciones? Sí, claro. Pero hablar sólo de eso es ignorar las condiciones reales del país y de la arquitectura mexicana.

En años recientes ha existido una tendencia —no por ello predominante— a la creación de colectivos de arquitectura, despachos conformados por varios integrantes. ¿Qué factores consideras que motivan estas dinámicas de trabajo?, ¿consideras que exista un fenómeno en particular –dentro del medio de la arquitectura– que denote esta práctica?








Es una tendencia general —es decir: no sólo nacional— que responde, supongo, a varios factores. Primero económicos y estratégicos: en los colectivos se suma la capacidad de varios haciendo que una oficina de jóvenes pueda salir adelante con menos recursos y, además, en cuanto a la producción de ideas, la suma de inteligencias siempre funciona mejor en paralelo. Por otro lado es también el final de una figura que tuvo su origen histórico y una vida útil de no más de quinientos años, si pensamos que el arquitecto-autor es una invención del renacimiento que se consolida con la idea romántica del creador heroico y solitario y se empieza a disolver ya desde principios del siglo pasado.

Siempre ha resultado complejo definir o insertar la arquitectura en México en una categoría. Sin embargo han existido denominadores en común que la caracterizan. ¿Encuentras rasgos distintivos en la arquitectura mexicana en los últimos 5 o 10 años?

Más fórmulas que formas. Los mejores buscan en su relación con el sitio entender condiciones locales más que localismos; persiguen una relación con el material y el detalle y, por tanto, con los modos de producción de la arquitectura, que no se somete al dominio de la perfección industrial ni cae en el elogio fácil de la imperfección artesanal; y prefieren apostar por lo específico en vez de perderse en la discusión entre la identidad perdida y la globalidad impuesta. Los peores son quienes repiten formas y rechazan compromisos.

¿Cuáles consideras que son los principales retos, o incluso ventajas, que tienen las nuevas generaciones con respecto a la labor arquitectónica?

Como se habrá visto por mi primera respuesta, no soy optimista —tampoco me considero pesimista, simplemente realista. Hay muchos retos. Los más difíciles son, con seguridad, los que están más allá de la arquitectura como disciplina pero que la condicionan irremediablemente. Pero en todos los casos me parece que implican una actitud de resistencia activa: resistencia a la inercia de un sistema de complacencias y complicidades, de la escuela a los encargos públicos y también privados, al lugar común —como el que insiste en la grandeza de la arquitectura mexicana ante evidencias que apuntan a lo contrario— o a la falta de crítica —reducida a elogios y opiniones. Y también compromiso, social y político: los arquitectos estamos acostumbrados a una “sana distancia” de esos temas que raya más bien en la indiferencia.

¿Qué arquitectos o despachos jóvenes/emergentes consideras que están realizando un trabajo trascendental que esté aportando creativa y conceptualmente al paisaje arquitectónico del país? ¿Por qué?

De lo que conozco, en la ciudad de México, Frida Escobedo, MMX, Ambrosi + Echegaray, Macías + Peredo de Guadalajara, o la Covachita y Stación ARquitectura de Monterrey.

¿Qué proyecto reciente, realizado por arquitectos o despachos jóvenes, consideras que es un acierto para el panorama arquitectónico de México, no sólo de la ciudad sino de la totalidad de su territorio? 








La Tallera, de Frida Escobedo.


Especial de Arquitectura joven en México

01. Opinión: Arquitectura del enclave-implante —La imposición del pragmatismo en México
02. Entrevista con el estudio Macías-Peredo
03. Arquitectura sin complacencias: Entrevista con Alejandro Hernández
04. Entrevista con Juan Carral

05. Entrevista con Estudio MMX
06. 10 despachos jóvenes de Arquitectura en México


[28 de agosto de 2013]

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