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Corredor Cultural Roma Condesa. ©SA3.0. Tomada de Wikimedia Commons
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Peatones y conductores. Imagen tomada de ahorraseguros.mx
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Ciclovía en Nuevo León, colonia Condesa. ©Diego Pereyra
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Estación en construcción de la Línea 6 del Metrobús (2015). Tomada del sitio oficial de la Secretaría de Obras y Servicios de la CDMX
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Corredor Cultural Roma Condesa en su 6 edición
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Miquel Adrià e Iván Valero, Futura CDMX (2013-). Render. Cortesía de los arquitectos
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CETRAM metro El Rosario.
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Arquitecrtura 911sc + Fernanda Canales, CEDIM (2008)

Dinámicas Urbanas: Conflicto y Transformación (I)

Diciembre 06, 2016

El contexto contemporáneo de la ciudad representa el espacio de mayor concentración de intercambios, interacciones, flujos y fricciones. Es el espacio infinito de oportunidad y conflicto reflejado en el continuo físico que conforman barrios y colonias, centralidades y periferias. La construcción del espacio urbano es un proceso de transformación continua que responde a decisiones públicas, intereses privados, necesidades sociales, corrientes culturales y oportunidades económicas que van, como capas, sumándose y dando forma al constructo urbano.

La Ciudad de México ilustra de manera singular las dinámicas urbanizadoras que han experimentado las grandes aglomeraciones urbanas del planeta durante el siglo pasado. La explosiva expansión desde la segunda mitad del siglo xx respondió a la intensiva industrialización urbana, la inagotable necesidad de promoción de más vivienda y la popularización del automóvil. Fueron décadas de gran inversión en infraestructuras con la construcción de carreteras y grandes ejes viales que permitieron la rápida urbanización de la periferia sin una visión de futuro en la gestión del territorio. Como en muchas otras urbes, las zonas allegadas al centro histórico sufrieron abandono y decadencia, alimentando la problemática de vulnerabilidad social de sus moradores. La falta de inversión y políticas de actuación urbanas, tanto públicas como privadas, para incentivar el mercado inmobiliario en estas áreas no supo atender la calidad arquitectónica y la amable escala del tejido urbano.

En los últimos años, estas dinámicas han cambiado y a pesar de continuar sin políticas urbanas claras sobre el control del crecimiento de la ciudad y las oportunidades de redensificación, el centro urbano ha comenzado a atraer a residentes en busca de la calidad de vida asociada al concepto de barrio tradicional. Este conglomerado demográfico incluye a grupos dispares (la clase creativa, los millennials y otros jóvenes profesionales) que reconocen el valor de áreas construidas céntricas, con buena conectividad y de fácil acceso, calles arborizadas y escalas agradables al peatón, y acceso a equipamientos y servicios urbanos. El reconocimiento de estas cualidades ha popularizado zonas de la Ciudad de México como las colonias Roma, Hipódromo – Condesa o Juárez, atrayendo a desarrolladores con gran capital y elevando los precios del parque inmobiliario. Esto ha ido forzando el desplazamiento de los antiguos habitantes de estas zonas, que a pesar de haber sufrido decadencia, nunca han estado vacías.

Este fenómeno de transformación urbana es comúnmente conocido como gentrificación o aburguesamiento. El término, conceptualizado por la socióloga Ruth Glass en los años 60 y popularizado en la últimas décadas, es polémico y adquiere diferente valor y significado dependiendo del contexto en que se le encuadra. Con —o sin— esta palabra para describir la transformación urbana, la realidad es que las dinámicas contemporáneas favorecen al mercado inmobiliario especialmente en ciudades donde la inversión privada es mucho mayor a la inversión pública.

La aparición de cafés, bares y otros comercios de barrio, así como la apertura de galerías de arte y la revitalización de edificios históricos abandonados son, sin duda, parte del ciclo natural de evolución de la ciudad, y se consideran como elementos positivos. El mejoramiento de la calle y su activación con la inserción de nuevos usos y el espacio público es algo deseable. Sin embargo el desplazamiento de la población con menos recursos económicos y la consecuente segregación socioeconómica resta diversidad al ecosistema urbano y pone al descubierto las limitaciones de las políticas públicas municipales, incapaces de mediar las presiones inmobiliarias y proteger las clases sociales más vulnerables. La riqueza de la ciudad se encuentra en la densidad y diversidad de su tejido social, en garantizar el derecho de acceso y disfrute a un amplio público. La esterilización resultante de los nuevos desarrollos inmobiliarios, con sus públicos homogéneos, empobrece la riqueza de las identidades colectivas que dan sentido a la ciudad como constructo multicultural.

En este paisaje de batalla, el desafío para el arquitecto urbanista está en fungir de mediador de públicos e intereses diversos, ejercitando una aproximación equilibrada al balance entre los usos y programas, la distribución de vivienda asequible y de calidad para todos, la protección del patrimonio, los servicios para diferentes estratos sociales, y un espacio público generoso, de calidad. Como profesionales, tenemos la oportunidad de jugar un papel clave como agentes sociales a través de diseños de calidad para todos, y de fomentar una ciudad más inclusiva y socialmente justa.

Este rol no es exclusivo de quien diseña, sino también de quien invierte capital y transforma el espacio urbano. Parafraseando a Alejandro Aravena, vale la pena invitar a los promotores inmobiliarios y gestores públicos a practicar el concepto de «capital paciente» como vía para tornar la ciudad en un ecosistema incluyente y sustentable. En suma, el término llama a los promotores a realizar inversiones responsables y conscientes que aceptan retornos menores, a plazos más largos, para generar proyectos urbanos más enriquecedores y socialmente comprometidos. Hoy en día se requiere no únicamente de creatividad arquitectónica y urbana, sino de creatividad financiera y de políticas públicas para diseñar el futuro de nuestras ciudades.

Para ejemplificar y enriquecer esta reflexión sobre transformación en nuestra ciudad, platiqué con tres profesionales en contextos distintos pero con dinámicas similares: María Arquero de AlarcónShariff Kahatt Saide Springall. Aquí la primera:

 

¿Crees que existen maneras de diseñar áreas de la ciudad con un balance perfecto, sin la intervención del gobierno, con políticas públicas e incentivos a inversiones de usos y estratos mixtos?

María Arquero de Alarcón (Detroit): Es una pregunta muy interesante y la respuesta está llena de matices. En principio diría que no, no hay un modelo perfecto que funcione sin la regulación de políticas públicas que defiendan intereses sociales para un sector más amplio de la sociedad que el directamente involucrado en un desarrollo específico. Normalmente, la inversión en infraestructura y equipamientos por parte del capital privado es el resultado de una de las muchas negociaciones políticas que dan forma a la ciudad. En ciudades con una tradición de regulación de políticas del suelo municipal más arraigadas, los términos de esta negociación pueden beneficiar más fácilmente a fines sociales. En ciudades con un mercado del suelo liberalizado y una tradición de menos intervencionismo público, las prácticas de los promotores inmobiliarios son mucho más agresivas para mantener unos retornos de inversión altos, sin importar mucho que modelo de ciudad es el que resulta de construir verdaderos enclaves urbanos.

Esto genera, en muchos casos, proyectos que dibujan espacios y servicios públicos mediocres; y en otros, excluyentes y exclusivos. Los ejemplos abundan en la Ciudad de México y en otras muchas ciudades globales.

Ya sea con estructuras municipales que promueven y administran los desarrollos público-privados, o con fuertes políticas públicas que guíen las inversiones privadas en la construcción de ciudades más inclusivas, yo apoyo tu conclusión y creo que las ciudades necesitan gestores de los intereses públicos que apuesten por la creatividad e innovación.

 

¿Qué vías imaginas para acercar al “arquitecto-urbanista”, (como estratega que estudia la ciudad y construye una visión crítica) con los actores que concentran “el capital” – para generar proyectos interesantes, influyentes e innovadores?

MAA: Hay muchas vías, en algunos casos muy productivas. En primer lugar está la idea del arquitecto promotor. Para que este modelo se extienda más, se necesitan más clases de gestión y administración de empresas en las escuelas de arquitectura. O mejor aún, se necesita que el grado de arquitectura incluya algunas clases en el grado de administración de empresas. Poniendo juntos en la misma aula a diseñadores y emprendedores se puede mejorar la manera de educar a ambos en los beneficios de su colaboración.

Por otro lado, hay ejemplos interesantes de oficinas de arquitectura que están invirtiendo ingenio y tiempo en cambiar el producto de empresas inmobiliarias con gran capacidad de inversión. Esto es particularmente importante en la promoción de vivienda de interés público, y hay casos de interés en la Ciudad de México. Arq 911, con Saidee y José a la cabeza, tienen un par de proyectos de vivienda con el Consorcio ara en el que están desarrollando prototipos de vivienda densos, que valen mucho la pena estudiar. Propuestas como esta pueden influir, para bien, en la calidad de transformaciones de suelo industrial a residencial que vemos en la ciudad. Este proceso de cambio de uso de suelo es incremental: se desarrolla hoy de parcela en parcela, y de bloque en bloque. Un modelo muy distinto de los grandes desarrollos habitacionales levantados en la mitad del siglo pasado. Otros proyectos de gran interés en la Ciudad de México son los que generan los CETRAM, verdaderos nodos de transporte público que aspiran a mucho más que incluir usos comerciales, y convertirse en centralidades urbanas.

Por último, está la necesaria reivindicación del arquitecto-urbanista como crítico social, que investiga y problematiza la producción del espacio urbano contemporáneo, y confronta intereses con una mirada amplia y objetiva. De la divulgación del trabajo crítico de estos observadores urbanos entre la población depende que la sociedad se eduque en el valor del diseño de calidad, y exija a los distintos actores involucrados su compromiso con una ciudad más justa.

 

¿En qué proyectos has estado involucrado o qué proyectos podrías mencionar que contribuyen a la valorización del espacio público y la activación de la calle, al tiempo que agregan calidad arquitectónica y permiten la diversidad social y cultural?

MAA: Nuestro trabajo en la Ciudad de México ha sido principalmente a través de la realización de talleres urbanísticos con estudiantes de posgrado. Partiendo de problemáticas y condiciones urbanas de interés, los estudiantes desarrollan propuestas que aportan un grado de frescura y ambición a las prácticas cotidianas. Para darte una idea de los proyectos que hemos trabajado desde la Universidad de Michigan, están una serie de prototipos urbanos para el CETRAM de Taxqueña, la revitalización de mercados públicos como centralidades barriales a lo largo del antiguo Canal de la Viga, la recuperación socioambiental de Xochimilco, el desarrollo de actual aeropuerto como nuevo barrio en la ciudad, y prototipos de vivienda urbana. Son todos proyectos ambiciosos y relevantes con un fuerte componente público, y en todos los casos presentan un paisaje complejo de agentes involucrados e intereses.

 

La arquitectura, además de responder a necesidades sociales y económicas, responde a aspiraciones estéticas y de funcionalidad. La continua transformación urbana conlleva intervenciones y hasta demoliciones de edificaciones históricas, un tema particularmente sensible en un territorio con un rico patrimonio histórico como la Ciudad de México. ¿Cuál es el grado de conservación adecuado para preservar la identidad y calidad de un barrio, y al mismo tiempo permitir la entrada de usos nuevos y modernos?

MAA: De nuevo apuntas a un tema clave en la continua transformación de la ciudad, un tema crítico desde el punto de vista de la protección de la memoria y las identidades sociales diversas a las que la ciudad aspira. Aquí es donde el arquitecto urbanista tiene un papel de agente cultural clave, de mediador entre visiones nostálgicas del pasado y las prácticas homogeneizadoras globales que venden una modernidad carente de significado propio. Una vez más, la respuesta no puede ser definitiva, porque asesorar el valor histórico de una edificación y su entorno es un tema altamente complejo que requiere de especialistas. Se debe atender a conceptos relevantes en la construcción, materialidad, ornamento, tipología, y un sinfín más de matices. Pero desde el punto de vista de la construcción de lo social, el entorno, la relevancia de conjuntos urbanos necesita de otra capa de análisis para entender el grado de intervención deseable y posible, y la capacidad de cambios de uso y propósito. La Ciudad de México tiene ejemplos increíbles en este sentido, principalmente en la intervención de edificios históricos y su transformación en equipamientos públicos. El reto está en la protección de arquitecturas populares, algunas de ellas residenciales, que dan una escala única a los barrios históricos en la ciudad. Es ahí donde las presiones inmobiliarias no solo desprecian las tipologías existentes, sino que incrementan la densidad e intensidad de la edificación, alterando la calidad del espacio público con ello.

Siguiente entrevista a Shariff Kahatt

 

Sol Camacho (Ciudad de México, 1981) es arquitecta por la Universidad Iberoamericana y maestra por la Harvard University Graduate School of Design. Trabajó en Architecture/Studio-París; TEN Arquitectos y S.O.M., en Nueva York. En 2009 formó Open Office. Ha ganado dos veces la beca del Fomento Nacional para la Cultura y las Artes de México, con la investigación Megacentralidades sobre modelos de desarrollo urbano atados al transporte público.

 

[6 diciembre 2016]

 

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