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Corredor Cultural Roma Condesa. ©SA3.0. Tomada de Wikimedia Commons
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Ciclovía en Nuevo León, colonia Condesa. © Diego Pereyra.
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Ciclovía Chapultepec, colonia Juárez. ©Diego Pereyra.
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Corredor Cultural Roma Condesa en su 6 edición
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CETRAM metro El Rosario.
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Peatones y conductores. Imagen tomada de ahorraseguros.mx

Dinámicas Urbanas: Conflicto y transformación (II)

diciembre 06, 2016

El contexto contemporáneo de la ciudad representa el espacio de mayor concentración de intercambios, interacciones, flujos y fricciones. Es el espacio infinito de oportunidad y conflicto reflejado en el continuo físico que conforman barrios y colonias, centralidades y periferias. La construcción del espacio urbano es un proceso de transformación continua que responde a decisiones públicas, intereses privados, necesidades sociales, corrientes culturales y oportunidades económicas que van, como capas, sumándose y dando forma al constructo urbano.

La Ciudad de México ilustra de manera singular las dinámicas urbanizadoras que han experimentado las grandes aglomeraciones urbanas del planeta durante el siglo pasado. La explosiva expansión desde la segunda mitad del siglo xx respondió a la intensiva industrialización urbana, la inagotable necesidad de promoción de más vivienda y la popularización del automóvil. Fueron décadas de gran inversión en infraestructuras con la construcción de carreteras y grandes ejes viales que permitieron la rápida urbanización de la periferia sin una visión de futuro en la gestión del territorio. Como en muchas otras urbes, las zonas allegadas al centro histórico sufrieron abandono y decadencia, alimentando la problemática de vulnerabilidad social de sus moradores. La falta de inversión y políticas de actuación urbanas, tanto públicas como privadas, para incentivar el mercado inmobiliario en estas áreas no supo atender la calidad arquitectónica y la amable escala del tejido urbano.

En los últimos años, estas dinámicas han cambiado y a pesar de continuar sin políticas urbanas claras sobre el control del crecimiento de la ciudad y las oportunidades de redensificación, el centro urbano ha comenzado a atraer a residentes en busca de la calidad de vida asociada al concepto de barrio tradicional. Este conglomerado demográfico incluye a grupos dispares (la clase creativa, los millennials y otros jóvenes profesionales) que reconocen el valor de áreas construidas céntricas, con buena conectividad y de fácil acceso, calles arborizadas y escalas agradables al peatón, y acceso a equipamientos y servicios urbanos. El reconocimiento de estas cualidades ha popularizado zonas de la Ciudad de México como las colonias Roma, Hipódromo – Condesa o Juárez, atrayendo a desarrolladores con gran capital y elevando los precios del parque inmobiliario. Esto ha ido forzando el desplazamiento de los antiguos habitantes de estas zonas, que a pesar de haber sufrido decadencia, nunca han estado vacías.

Este fenómeno de transformación urbana es comúnmente conocido como gentrificación o aburguesamiento. El término, conceptualizado por la socióloga Ruth Glass en los años 60 y popularizado en la últimas décadas, es polémico y adquiere diferente valor y significado dependiendo del contexto en que se le encuadra. Con —o sin— esta palabra para describir la transformación urbana, la realidad es que las dinámicas contemporáneas favorecen al mercado inmobiliario especialmente en ciudades donde la inversión privada es mucho mayor a la inversión pública.

La aparición de cafés, bares y otros comercios de barrio, así como la apertura de galerías de arte y la revitalización de edificios históricos abandonados son, sin duda, parte del ciclo natural de evolución de la ciudad, y se consideran como elementos positivos. El mejoramiento de la calle y su activación con la inserción de nuevos usos y el espacio público es algo deseable. Sin embargo el desplazamiento de la población con menos recursos económicos y la consecuente segregación socioeconómica resta diversidad al ecosistema urbano y pone al descubierto las limitaciones de las políticas públicas municipales, incapaces de mediar las presiones inmobiliarias y proteger las clases sociales más vulnerables. La riqueza de la ciudad se encuentra en la densidad y diversidad de su tejido social, en garantizar el derecho de acceso y disfrute a un amplio público. La esterilización resultante de los nuevos desarrollos inmobiliarios, con sus públicos homogéneos, empobrece la riqueza de las identidades colectivas que dan sentido a la ciudad como constructo multicultural.

En este paisaje de batalla, el desafío para el arquitecto urbanista está en fungir de mediador de públicos e intereses diversos, ejercitando una aproximación equilibrada al balance entre los usos y programas, la distribución de vivienda asequible y de calidad para todos, la protección del patrimonio, los servicios para diferentes estratos sociales, y un espacio público generoso, de calidad. Como profesionales, tenemos la oportunidad de jugar un papel clave como agentes sociales a través de diseños de calidad para todos, y de fomentar una ciudad más inclusiva y socialmente justa.

Este rol no es exclusivo de quien diseña, sino también de quien invierte capital y transforma el espacio urbano. Parafraseando a Alejandro Aravena, vale la pena invitar a los promotores inmobiliarios y gestores públicos a practicar el concepto de «capital paciente» como vía para tornar la ciudad en un ecosistema incluyente y sustentable. En suma, el término llama a los promotores a realizar inversiones responsables y conscientes que aceptan retornos menores, a plazos más largos, para generar proyectos urbanos más enriquecedores y socialmente comprometidos. Hoy en día se requiere no únicamente de creatividad arquitectónica y urbana, sino de creatividad financiera y de políticas públicas para diseñar el futuro de nuestras ciudades.

Para ejemplificar y enriquecer esta reflexión sobre transformación en nuestra ciudad, platiqué con tres profesionales en contextos distintos pero con dinámicas similares: María Arquero de AlarcónShariff Kahatt Saide Springall. Aquí la segunda:

 

¿Crees que existen maneras de diseñar áreas de la ciudad con un balance perfecto, sin la intervención del gobierno, con políticas públicas e incentivos a inversiones de usos y estratos mixtos? 

Shariff Kahatt (Lima) Es muy difícil, por no decir imposible. No no sólo debe haber políticas públicas para subvención de suelos o crear vivienda protegida, sino también una nueva «regulación» con los incentivos económicos (financieros, tributarios, entre otros). Los desarrolladores actúan principalmente por intuición en busca del retorno económico, y por ello, si logran que su negocio sea igual (o aún más) rentable ofreciendo en sus proyectos programas con usos mixtos, y proporcionando vivienda de bajo costo (o para familias de bajos ingresos), lo van a hacer. Los gobiernos locales y nacionales, ahora no sólo deben regular los mercados, sino además incentivar que se den buenas prácticas. Ambas cosas son necesarias.

 

¿Qué vías imaginas para acercar al “arquitecto-urbanista”, (como estratega que estudia la ciudad y construye una visión crítica) con los actores que concentran “el capital” – para generar proyectos interesantes, influyentes e innovadores?

SK: Sin duda, los proyectos urbanos (no planes maestros, ni proyectos arquitectónicos) que crean continuidad espacial y mejoran el espacio público, son la mejor forma que tiene el arquitecto de intervenir en la ciudad y transformarla positivamente. Para eso, no solo necesita la colaboración de otros especialistas (sociólogos, ingenieros de transporte, abogados, entre otros), sino un gran capital para hacer grandes intervenciones urbanas. Sin embargo, es difícil encontrar proyectos donde ambos objetivos se logran. A pesar de que las ciudades más “exitosas” —en términos comerciales, turísticos y de inversión privada— reconocen que este éxito se debe tanto a la calidad del espacio urbano y la belleza de la ciudad, como a sus políticas de desarrollo urbano (transporte, vivienda, etc.), tributarias y de incentivos de atracción de capital y talentos, se ven pocos avances en las políticas de urbanismo en muchas ciudades latinoamericanas. Por eso, resulta raro que las políticas urbanas estén en manos de gente hábil y honesta que ponga por delante el bien común y las mejoras del espacio colectivo, antes de los intereses particulares y el beneficio de unos cuantos.

 

¿En qué proyectos has estado involucrado o qué proyectos podrías mencionar que contribuyen a la valorización del espacio público y la activación de la calle, al tiempo que agregan calidad arquitectónica y permiten la diversidad social y cultural?

SK: Ahora mismo estamos desarrollando un proyecto en la oficina que involucra la “reinvención” y desarrollo de un espacio público para la ciudad, que precisamente busca estos mismos objetivos. A través de un buen diseño, se busca proveer de espacios comerciales, de entretenimiento (gran parte bajo suelo), para provocar la actividad de la calle y el espacio público circundante, y con ello ser un atractivo para diversos grupos sociales en un lugar abierto para el entretenimiento. De hecho, la diversidad social y cultural también es parte del éxito de la ciudad, y saber entenderlo y potenciarlo es parte de nuestro trabajo, todo esto unido en un proyecto de ciudad y espacio público. Sin duda, es uno de los proyectos que más nos entusiasman en la oficina, porque tiene un gran impacto para el beneficio público, aunque su implementación es compleja y su desarrollo está tomando tiempo.

 

La arquitectura, además de responder a necesidades sociales y económicas, responde a aspiraciones estéticas y de funcionalidad. La continua transformación urbana conlleva intervenciones y hasta demoliciones de edificaciones históricas, un tema particularmente sensible en un territorio con un rico patrimonio histórico como la Ciudad de México. ¿Cuál es el grado de conservación adecuado para preservar la identidad y calidad de un barrio, y al mismo tiempo permitir la entrada de usos nuevos y modernos?

SK: Más allá de pensar que todos los barrios deben poder tener espacios para nuevas intervenciones, hay distintas cuestiones importantes para discutir en este caso. Por un lado, tiene que ver con los programas que se proponen (compatibles con el carácter del barrio), igualmente las alturas y proporciones urbanas de secciones viales y espacios públicos (que no destruyan el carácter existente) y finalmente, la calidad de la arquitectura que, muchas veces, es el punto más difícil de cotejar y discutir. Ahora, sin duda es complicado determinar las “zonas monumentales” que se convierten en un espacio intocable, porque éstas no dan lugar a la especulación inmobiliaria, que es lo más común en estos días. Por ello, el diseño de zonas monumentales tiene que estar acompañado de incentivos tributarios (probablemente la anulación de impuestos), la posibilidad de venta de aires (no poder aumentar densidad), e incluso, el mantenimiento de las fachadas por parte de las municipalidades locales como parte del trabajo de ornato público. Ahí, el diseño de las políticas tiene que ir de la mano de con el diseño del espacio urbano.

Siguiente entrevista a Saide Springall

 

Sol Camacho (Ciudad de México, 1981) es arquitecta por la Universidad Iberoamericana y maestra por la Harvard University Graduate School of Design. Trabajó en Architecture/Studio-París; TEN Arquitectos y S.O.M., en Nueva York. En 2009 formó Open Office. Ha ganado dos veces la beca del Fomento Nacional para la Cultura y las Artes de México, con la investigación Megacentralidades sobre modelos de desarrollo urbano atados al transporte público.

 

[6 diciembre 2016]

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