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Vigilar a los vigilantes. Entrevista con Gérard Wajcman

febrero 24, 2014

¿Puede el arte combatir el control social que ejercen las sociedades a través de la vigilancia? En esta conversación el pensador francés Gérard Wajcman, estudioso del tema y autor de El ojo absoluto (editado en español por Manantial), ensaya algunas respuestas: «El arte muestra lo que no vemos, pero queremos que se vea». Lee la entrevista completa en Código 79.

En El ojo absoluto explicas que los artefactos capaces de registrar imágenes y proyectarlas son en gran medida causantes de una cultura de la mirada. Estos aparatos son producto de las complejas relaciones entre tecnología, política, economía, etc., ¿cuál crees que ha sido el papel del arte en este proceso?

Si tomo estrictamente tus palabras, yo diría que «la cultura de la mirada» es la cultura del arte. Pero esta cultura se opone al mundo poblado de ojos electrónicos —el objeto de estudio de El ojo absoluto—, que ahora llamo el Drone World: un lugar de vigilancia en el que las cámaras están escondidas en cualquier objeto, incluso en los osos de peluche que regalamos a nuestros hijos en Navidad.

Este mundo vive un frenesí científico que caracteriza a nuestra época. El ojo está en todas partes. Me refiero obviamente a la policía y la NSA, pero también a la medicina, la astronomía, a todos los ámbitos de dominio de la ciencia y a todos los niveles de nuestra vida cotidiana. O Google. Hace unos meses Eric Schmidt, director general de Google, describía el mundo que quería construir: «En este nuevo futuro uno nunca está perdido». Esta opinión tranquilizadora, sin embargo, estaba acompañada de una alarmante: «Conoceremos su ubicación por centímetro». Google nunca nos pierde de vista.

La realidad es que somos observados en todo lugar y en cada momento. Así, la cuestión no es si el arte se opone a la ciencia (el arte siempre se ha apropiado de las tecnologías más avanzadas. Pienso en una preciosa exposición de Philippe Parreno que se exhibe en este momento en París) sino cómo contrastan la cultura de
la mirada y la del «Todo ver», que domina hoy. No son lo mismo. Sucede con el drama de los estragos turísticos de la fotografía digital: un sujeto que va de viaje a Teotihuacan con su cámara pegada al ojo quiere ver todo pero también asegurarse de que no va a dejar de registrarlo. Hace cualquier cosa para no mirar. Mientras más sofisticadas son las tecnologías de la imagen, menos miramos.

Me impacta la manera en que ha aumentado el número de visitantes a los museos, que miran menos y mal. Se dice que en Internet se ven mejor las pinturas que en el museo, con más detalle, hasta el pigmento. Siempre queremos ver más, ver mejor, ver más lejos, ver más tiempo, pero terminamos por no hacerlo. Hay algo casi religioso en esto: queremos ver más allá.

Esto es lo que pretende la ciencia. La cultura del «Todo ver» anima un ideal de transparencia. Y este ideal está resonando en todos los dominios de la vida pública. Pero sabemos que la voluntad de transparencia siempre esconde algo. Es un contraste de regímenes totalitarios. En la ideología científica se promueve la idea de que lo real es visible, a pesar de que la ciencia menciona que lo invisible existe. Es un peligro pensar así, porque se puede deducir que lo que no es visible no es real, y viceversa. ¡A qué grado esto puede alimentar todo tipo de revisionismo! Para cuadrar esta oposición entre «la cultura de la mirada» y la de «Todo ver» señalaría dos caminos: el de Kepler y el de Mantegna. La cultura científica de lo visible sigue el primero. Kepler es el gran sabio del siglo XVII que, transformando el ojo en una máquina de ver, dijo que la verdad está en lo visible. Frente a esto se encuentra Mantegna, artista que en 1470, cuando pintó la primera escenografía ilusionista del Renacimiento en el techo de la Cámara de los esposos de Mantua, colocó en medio del cielo, donde se esperaría ver la figura de Dios, una nube —en la que, además, se representó a sí mismo disimuladamente. Mantegna puso un velo sobre los ojos del “omnividente” con un propósito: sustraer el poder de la mirada de Dios para otorgárselo al hombre.

Así, el arte es la manifestación del poder de la mirada del hombre sobre nuestro mundo. La ideología científica quiere, probablemente sin saberlo, atribuirse la “ominivisión” de Dios. Que se me entienda bien. No me opongo a la ciencia, ni mucho menos a Kepler, un sabio gigantesco, pero si el arte es una cultura de la mirada, yo diría que la ciencia debería también alcanzar ese estatus, el acto magistral que Mantegna realizó sobre la mirada de Dios.

Me interesa la posición que tomas respecto de un par de obras de Renaud Auguste-Dormeuil: Mabuse París visita guiada y Contra-proyecto Panóptico. En la primera, el artista francés denuncia los lugares donde se encuentran las cámaras de vigilancia de dos distritos de París. Llamaste a este ejercicio un «Trabajo de Artista de Utilidad Pública (taup)», que hace visible el agravio de la administración. El segundo logra lo contrario. Una bicicleta se desplaza sin ser detectada por la mirada que se puede ejercer desde un avión, un helicóptero o un satélite. De esta manera, es invisible. Sin embargo, ambas transitan en el mismo sentido que menciona Paul Klee sobre el arte: «El arte no reproduce lo visible, vuelve visible».

Estas obras no solamente cumplen con un deber cívico, sino que también ejercen una función esencial en el arte: mostrar. Muestran una realidad que no vemos. Incluyendo la incuria de los poderes públicos. Cuando te escuché mencionar a Klee pensé que este tipo de trabajos responde perfectamente a su definición del arte porque en Contra-proyecto Panóptico Auguste-Dormeuil pone un velo a una bicicleta —que le permite esconderse de las cámaras satélites, de Google, de la nsa— y al mismo tiempo muestra la mirada electrónica de la ciencia que cae de las estrellas, que en este caso son los satélites.

Igual que Mantegna, el velo de Renaud Auguste-Dormeuil revela y sustrae la mirada del otro. Asimismo, ofrece la oportunidad de que los sujetos ejerzan su propia mirada. Estamos ante una manifestación dotada del sentido que Klee otorgaba a las piezas artísticas: volver visible sin reproducir lo visible.

Quisiera evocar a otro artista mayor. Video de corredor grabado en vivo y Performance corredor fueron elaboradas por Bruce Nauman en los años setenta, mucho antes de que se abordara el problema de las cámaras de vigilancia. ¿Qué demuestra Nauman en ellas? El complejo juego de las miradas. Posicionando a las cámaras de tal forma, el espectador que se acerca a la pantalla sufre un espejismo: mientras más se acerca a ella, más se aleja de su imagen. De esta manera, el estadounidense ventila un trauma esencial del espectador: creyendo ver, es visto; creyendo verse, ve a otro… Así, los corredores de Nauman se relacionan con los propósitos de Mantegna. El arte muestra lo que no vemos, pero queremos que se vea.

El arte como un agente emancipador. Un «Trabajo de Artista de Utilidad Pública». No obstante, ¿qué sucede con el diseño, una disciplina que, por encima del arte, produce objetos que usamos cotidianamente: cámaras de video, espejos, iPads, computadoras, celulares?

Estos objetos están en el centro de nuestras vidas no solamente porque los consumimos, sino porque contienen nuestra existencia. Como la cámara del turista de Teotihuacan, permiten que no nos perdamos de nada, acumular toda la memoria del mundo. Nos alejan de la pésima tarea de “recordar”. Y así, librados del deber de la memoria, también del de la escucha y de la observación.

Tengo un iPhone y acabo de descubrir que tenía un esclavo que vivía adentro, enteramente a mi servicio. ¡Toda una vida en una pequeña caja negra! Ahora podemos ver desfilar nuestra existencia bajo nuestros ojos, sin esperar el instante de la muerte. Pero estos objetos no sólo contienen nuestras historias, son pedazos de nuestro cuerpo que eventualmente nos sacuden.

Estas prótesis están conectadas a nosotros, tanto los celulares como los videojuegos. Una vez más Cronenberg atinó con eXistenZ. Somos seres que gozan apretando botones. Somos nosotros quienes se dejan sacudir por las palancas. Nuestro cuerpo está dentro de esas cajas, que aumentan nuestros placeres: más alto, más grande, más fuerte. La técnica está puesta al servicio imperativo del capitalismo: ¡Siempre más!

Pero estas máquinas que aumentan las sensaciones de la vida son artefactos para imaginar. Mientras más realistas son los videojuegos más nos hunden en la irrealidad. Los tiempos actuales virtualizan los placeres. Los objetos no son simplemente el centro de nuestras vidas, son nuestras vidas. Avanzamos hacia la post humanidad.

Me gustaría regresar a El ojo absoluto. En él argumentas que el urbanismo de hoy no sólo contempla «una política del espacio y del tiempo, ahora integra también la mirada», ¿cuáles crees que sean las consecuencias de este fenómeno: ciudades que se vigilan a sí mismas?

Justo me lo preguntaba. La existencia del Drone World supone que algo borroso existe en las fronteras espaciales. Anteriormente las sociedades consideraban para sí mismas un interior y un exterior. Protegerse contra una amenaza suponía cerrar puertas, construir paredes, reforzar las fronteras. Pero, ¿qué sucede cuando los territorios no tienen límites?

Sabíamos lo que era un enemigo fuera de la sociedad y cómo mantenerlo allí. Pero en una sociedad sin exterior tenemos una nueva tarea: defender a la sociedad de sí misma. El enemigo está dentro. Las cámaras no apuntan hacia fuera. En cuanto se vuelve global, la vigilancia cambia de naturaleza y de medios. Las sociedades
observan tanto a sus presuntos culpables como a sus presuntos inocentes.

En Estados Unidos una senadora dijo en junio pasado que los drones se convirtieron en la amenaza principal de la privacidad. Yo pensaba que servían sobre todo en Afganistán… Hay que ver la serie Homeland para entender que ésa es la cuestión de hoy en Estados Unidos: el enemigo no sólo se aloja en su propio territorio, sino
que además es protegido allí dentro. De eso se trata el terrorismo. La disolución de las fronteras. La consecuencia es la doctrina militar llamada «geometría al revés», que durante los combates urbanos pretende transgredir los límites sin pasar por las calles o entrar por las puertas sino atravesando los muros y los techos.

La guerra no está fuera de nuestras fronteras. Es difusa, borrosa y se halla en el interior. Por eso abundan los medios de vigilancia. Todos tienen que mirar a todos. Cada uno de los habitantes es enemigo potencial de la sociedad. Hacer de cada persona un enemigo obliga a que cada uno se proteja de sí mismo. Ésas son las nuevas guerras social y psicológica.

Pronto crearemos cctvs con cámaras cuya mirada se dirija hacia nuestros propios cuerpos. Esto explica, desde mi punto de vista, que ahora todas las pantallas domésticas tengan ojos. No puedes comprar una computadora sin webcam. Nos están vigilando. Vigilamos al mundo, sí, pero en primera instancia nos vigilamos a nosotros mismos. Este fenómeno está conectado con el sentimiento de que Dios nos ve severamente. «¿Qué has hecho de bueno hoy?», parece decirnos. Ahí está el Drone World, y todos tenemos uno de ellos dentro de nuestra habitación.


Traducción del francés de Vanessa Rybicki.


Gérard Wajcman es escritor, psicoanalista y profesor en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París viii. Nacido en la capital francesa en 1949, dirige el Centro de Estudios de Historia y de Teoría de la Mirada. Entre sus líneas de investigación pueden mencionarse la omnipotencia de la mirada en las sociedades contemporáneas, donde toma en cuenta el sentido de la vista como un arma de control y poder, y las posibilidades de interpretación de las imágenes. El objeto del siglo (2002), Ventanas, crónicas de la mirada y la intimidad (2004), Colección seguido de la avaricia (2011) y El ojo absoluto (2012) son algunas de sus investigaciones más importantes alrededor del tema. Su libro más reciente, CSI. La policía de los muertos, reflexiona sobre las ideas que se proyectan a través de esta serie de televisión respecto de la ciencia, la criminalidad y la tensión entre lo público y lo privado. En El ojo absoluto menciona respecto de La nueva civilización de la mirada: «Nos miran. Es un rasgo de esta época. El rasgo. Somos mirados todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras».


Especial: La civilización de la mirada

01. Vigilar a los vigilantes. Entrevista con Gérard Wajcman
02. Mirar y vigilar. 50 proyectos artísticos [Parte 1] [Parte 2] [Parte 3] [Parte 4] [Parte 5]
03. Moda y vigilancia. 5 proyectos
04. La vigilancia como catástrofe. Entrevista con Mario Santamaría
05. La vigilancia en el cine: 8 momentos
06. Moda en el cuerpo dócil —Sociedades controladas por la vestimenta


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