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Toma de protesta de María Cristina García Cepeda como Secretaria de Cultura (2017)
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Rafael Tovar y de Teresa y María Cristina García Cepeda
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Francisco Toledo y María Cristina García Cepeda
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María Cristina García Cepeda y Elena Poniatowska

Opinión: Una carta para María Cristina García Cepeda, la nueva secretaria de cultura

Enero 10, 2017

Estimada María Cristina García Cepeda:

Ahora que usted va a hacerse cargo de la oficina más importante para la cultura de este país, le pido algo muy simple, pero fundamental: no se le olvide, ni por un momento, que su responsabilidad primordial, más bien, única, e ineludible, es con el sector cultural. No vaya a ser, le ruego, como esos funcionarios que creen que su trabajo principal es complacer al presidente y mantenerlo a salvo de toda crítica, a pesar de sus fallas, sus tropiezos. Aventúrese a romper los moldes y a ser otro tipo de funcionario público. Sea la primera que se atreve a defender, no a su jefe, sino a la cultura, empezando por arrancarle a los diputados —sí, esos sinvergüenzas dedicados a hundirnos el ánimo cada dos por tres— el presupuesto que con la mano en la cintura le han quitado a los museos, los teatros, las escuelas de arte. No sea como esos políticos que están impermeabilizados, que no escuchan y les da igual lo que les diga la calle, a la que nunca bajan, la sociedad y hasta los expertos, a los que sólo atienden si su dictamen puede resultarles ventajoso. Denos la agradable sorpresa de ser la primer miembro de un gabinete priista que desafía los acuerdos tácitos y se niega a negociar en lo oscurito, para ponerse verdaderamente a la cabeza de su Secretaría. Por favor, traicione nuestras expectativas de que será una funcionaria gris, que no hará más que salir a dar discursos vacuos y a cortar listones para inaugurar elefantes blancos, de esos en los que se gastan los millones que luego salen a decir que no tienen y que ahora seamos nosotros los que nos apretemos el cinturón y que, por si fuera poco, usemos nuestra imaginación para darle la vuelta a la contrariedad y a la escasez. Deje de dar declaraciones irrisorias, llenas de promesas que no tiene la menor intención de cumplir.

 

Cuando llegó a dirigir el INBA, usted dijo, por ejemplo, que “la mejor cara para poner a México en el lugar que merece es la cara del arte y la cultura, y en ese sentido me comprometo a poner todo mi esfuerzo para, a través del arte y la cultura, lograr la cohesión social y el diálogo entre todos los mexicanos”. Haga el bla, bla, bla a un lado; por qué no mejor nos asombra siendo una funcionaria que se pone a trabajar y reúne a un equipo de profesionales (no sólo eméritos, sino gente activa, con ideas frescas), para echar a andar planes de fondo, que atiendan los problemas genuinos, de base, del gremio. Le suplico que no sea una simple burócrata, conviértase mejor en una auténtica líder; haga que queramos apoyarla, seguirla, porque nos propone cosas que tienen sentido, que se corresponden, no con lo que los políticos creen que es relevante, porque es vistoso o conveniente, sino con lo que los artistas de todas las disciplinas, investigadores, curadores, directores de escena, docentes y alumnos de las escuelas de arte, coleccionistas, galeristas, promotores y funcionarios culturales, vienen diciendo que es necesario, útil e inaplazable. No salga corriendo a poner los recursos en donde no se precisan, sino en donde es sustantivo y urgente. La Secretaría no es el Auditorio Nacional: aquí Luis Miguel no tiene nada que hacer. Todo lo contrario. No son las exposiciones blockbuster, ni los conciertos masivos, ni los grandes homenajes a poetas muertos los que cuentan: es el trabajo diario, los pequeños pasos, los apoyos concretos. Sálvenos de pasar los siguientes dos años en la inopia, esperando nomás a que lleguen las elecciones, sin presupuesto, sin cambio alguno. Sobre todo, le imploro que no vaya a caer en el ánimo electorero y se ponga, a tontas y a locas, a construir bibliotecas en las que nadie ha puesto nunca un pie; a organizar exposiciones para impresionar a los gringos (sobre todo, ¡no a los gringos, no ahora!); a desviar, pues, la atención y los fondos de la labor y los proyectos de las instituciones que prestan servicios cotidianos e irremplazables (insisto: los museos, las escuelas, los teatros, etc.). Y todo nomás para ganarle puntos al señor presidente y a su partido.

 

Tómese, finalmente, unos días para pensar cómo quiere ser recordada: como la secretaria (ya lo dijo el presidente: la primera mujer en el puesto —como si pudiera haber habido más, en una Secretaría creada hace menos de un año—) que pasó de noche o la que marcó la diferencia, porque entendió donde había que poner el esfuerzo y el dinero; porque se comprometió con los programas menos espectaculares, pero más importantes; porque, ¡por fin!, le abrió la puerta a las manifestaciones contemporáneas –a diferencia de su antecesor, en paz descanse, que se negó a siquiera verlas–; porque dejó, así, entrar una bocanada de aire fresco en una institución que ya nació vieja y cansada, y la llevó, contra toda probabilidad y dejándonos a sus críticos boquiabiertos, a donde debe estar: el siglo XXI.

Atentamente,

María Minera

 

María Minera es crítica e investigadora independiente. Desde 1998 ha publicado reseñas y ensayos en una diversidad de revistas culturales y medios, como El País, Letras Libres, La Tempestad, Otra Parte y Saber Ver, entre otros). Actualmente trabaja en el libro Paseo por el arte moderno, una introducción al arte del siglo XX para jóvenes lectores (Turner).


[10 de enero de 2017]

 

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