/ 3
Ar
Gonzalo Lebrija, Vía Láctea (2016).
Ar
Gonzalo Lebrija (Ciudad de México, 1972). © Loreto Villareal. Cortesía de Travesía Cuatro
Ar
Gonzalo Lebrija, dibujo del proyecto Vía Láctea (2016). Imagen tomada de gonzalolebrija.com

Reseña: Vía Láctea, de Gonzalo Lebrija

enero 13, 2017

Cuando el humo del tabaco huele también a la boca que lo exhala, ambos olores se casan por infra-fino.

Marcel Duchamp

 

Quedan pocos artistas en el mainstream que operan más desde la intuición que desde la agenda y el programa, y Gonzalo Lebrija (Ciudad de México, 1972) es definitivamente uno de ellos. Podría decirse que desde mediados de los años noventa su única estrategia no ha sido otra que seguir su corazón, abordando con su obra algunos asuntos ineludibles de la condición humana: la energía vital, el placer, el juego y el humor, la celebración, el paso del tiempo, el crepúsculo, la muerte.

Uno de sus proyectos más recientes forma parte de lo que ya se ha convertido en su «especialidad de la casa»: la puesta en escena de acontecimientos que se abren a múltiples lecturas emocionales e intelectuales, a veces desde lo épico, otras veces desde lo tenue, casi siempre a medio camino entre lo espectacular y lo contemplativo.

Financiada por la peculiar Shifting Foundation y llevada a cabo en el patio del Palacio de Bellas Artes de La Habana, Vía láctea es tal vez una de las acciones más enigmáticas y poéticas que Lebrija haya orquestado hasta la fecha.

Consciente del hecho de que congregarse en torno a un objeto fumable ha sido a través de los siglos uno de los rituales más vinculantes para casi todas las culturas y en casi todas las latitudes, Lebrija localizó a los miembros del Club de Fumadores del Habano y les extendió una invitación que difícilmente pudieron rechazar: reunirse a fumar lo más selecto de la producción reciente de la legendaria casa Vegas Robaina.

Así, sentados confortablemente a lo largo de una hilera de sillas, un conjunto pluricultural de personas —de todos los géneros, etnias, edades y ocupaciones— se fundieron en un solo aliento colectivo, paradójicamente, por medio del placer íntimo e introspectivo generado por el humo del tabaco. Al mismo tiempo, un haz de luz proyectado de lado a lado por sobre sus cabezas, se encargó de acentuar el inquietante resplandor del humo ascendente.

A través de una composición casi renacentista y realizado pocos días después de la muerte de Fidel Castro, el dramatismo y la solemnidad de este tableaux consiguen sumergirnos en una sala de espera metafísica, un purgatorio, un espacio tan ancestral, mágico y complejo como el mismo proceso de transformación del tabaco en cigarro.

Cristián Silva es licenciado por la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile, es artista, profesor y curador. Es fundador de la Galería Murosur Artes Visuales y ha sido profesor en el Instituto Cabañas, la Escuela Superior de Arquitectura y el CAM Contemporáneo. Ha colaborado con publicaciones de Chile, Suecia, Italia, Inglaterra, España y Holanda.

 

[13 de enero de 2017]

 

Lo más leído