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Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de adelaidefilmfestival.org
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Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de micropsiacine.com
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Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de curzonartificialeye.com
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Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de Omfilmer.se
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Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de conlosojosabiertos.com

Reseña: The Square. El centro sin contorno

noviembre 27, 2017

En la introducción de su Historia del Arte, Sir Ernst Gombrich nos habla del hombre prehistórico como el ser más creativo que ha existido en la historia humana. Traduzco dicho pasaje haciendo uso de mi abollada memoria: cuando uno es niño todo es juego y disfrute, te la pasas imaginando que eres un astronauta o un vaquero hasta que tu madre te grita que ya es hora de cenar y entonces la magia se acaba. El hombre de las cavernas no tenía una madre que cesara los juegos. Todo era una desbordada fantasía. Esta es, a mi parecer, la mejor definición que he encontrado de lo que es un artista. Alguien que no acude al llamado de la sopa de coditos y, en cambio, juega a que es alguien mejor de lo que realmente es.

Entre esta circunstancia primigenia y el hecho de que un hombre bañe a varios vagabundos, los forme y tatúe en sus espaldas una línea continua han pasado varios siglos.

Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de rollingstone.com

La creación artística se ha vuelto una cosa ambigua, sin límites claros. Los artistas están hartos del pincel, hay escultores que usan como argamasa a google maps, hay departamentos de publicidad que deciden si una novela es o no comercial y redactan eslóganes que acompañan al título del libro en la portada, hay expertos en redes sociales (¿cómo alguien puede ser experto en algo que no existía antier?) que promocionan exposiciones donde tomarse la selfie es regla, hay mercadólogos que transportan su inherente cobardía a una muestra de arte sonoro. Me quedo corto. Todos conocemos el afamado caso superchero de las gafas que fueron abandonadas en un pasillo de museo y tomadas como parte de la exhibición. Pusieron un Oxxo dentro de una galería. Dejaron morir a un perro atado a un poste en una galería.

En este entorno actual se desarrolla The Square, filme del sueco Ruben Ôstlund ganador de La Palma de Oro en el último Festival de Cannes.

Gran cinta. En una de las primeras escenas una escultura pública —y que imagino histórica— está por ser transportada en grúa. El héroe patrio encima de su caballo se viene abajo, quebrándose en pedazos. ¿Entré a ver una comedia?

El protagonista es Christian, un galanazo curador de un museo en Estocolmo. El hombre es un incompetente. No tiene ni idea de lo que está hablando, la creación artística le vale madres, carece de educación audiovisual y cumple su labor más como un administrador que mide su vida en quincenas que con pasión y amor por el arte. Inmaduro e infantiloide. Es un héroe, a su manera. Fiestea, coge con la periodista que lo entrevistó, tiene dos hijas maleducadas y una exesposa que jamás aparece a cuadro, es capaz de adulterar una obra de arte con tal de salvar el pellejo. Sin embargo, cree en una pieza que próximamente expondrá en el museo. The Square, irónicamente de una autora argentina. A saber: un cuadrado trazado en el suelo con un cable luminoso adentro del cual todos somos amigos y hermanos y nos ayudamos en una utopía perfecta de amor y comprensión.

Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de zdf.de

En la siguiente escena asaltan a Christian.

Y aquí empieza la historia formalmente. Despojado de su teléfono celular, nuestro protagonista comienza a verse en una serie de situaciones ridículas e incongruentes. Toma decisiones equivocadas, no las corrige, no sopesa las consecuencias de sus actos. Lo vemos reflexionando seriamente y con la mirada perdida, pero en el fondo sabemos que no está meditando nada. Es un espécimen perfecto del mal del siglo. Se las ve con un simio que pinta, un violento hombre bestial en un happening, la épica búsqueda de un papel de basura entre muchísimas bolsas de basura. Dos publicistas hacen una campaña para promocionar The Square. El resultado es una porquería que hace rabiar a toda la sociedad sueca: una niña de la calle que explota.

A esta película la conforman una serie de metáforas afortunadas que se van concatenando en una trama ágil y vigorosa llena de tonos que no compiten entre sí, al contrario: señalan. Critican creando belleza.

Ejemplo: una de las piezas expuestas en el museo consiste en un montón de montículos de ¿tierra? perfectamente alineados y formando diferentes hileras lúgubremente iluminadas. A lo largo de la película vemos gente que se asoma a dicha sala y sale huyendo espantada, vemos al guardia de seguridad enfrente de los montoncitos, acaso preguntándose en qué momento su vida se fue a la mierda. En la pared, escrito con luz neón, se lee: «You have nothing». (En algún momento vemos a un joven que maneja una máquina que pule el piso, con lujo de habilidad monta el aparato sin tocar los cerros. Esto es hermoso.)

Ruben Östlund, The Square (2017). Imagen tomada de Omfilmer.se

A lo largo de toda la película a Christian lo rodea la pobreza: vagabundos primermundistas a los que no les gusta la cebolla en su chapata. Y a esos hombres los rodea, a su vez, la pobreza espiritual de todos los charlatanes/Christian del mundo. Nadie tiene nada qué dar. The Square trata sobre la imposibilidad del arte pero al mismo tiempo es un grito de esperanza: el arte (esta película, por ejemplo), nos salvará a todos.

Los artistas juegan a que son un astronauta o un vaquero o un chango. Desde la ventana de un quinto piso suena la voz del agente literario o del curador de un museo o del dueño de la sala: ¡deja de jugar, se enfría el pollo!

 

Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980) ha publicado, entre otros, los libros de cuentos ¡Canta, Herida! y Falsos Odiseos.

[27 de noviembre de 2017]

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