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Cláudia Varejâo, Ama-san (Portugal, Suiza, Japón, 2016)
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Fabio Mereora, Las dos Irenes (Brasil, 2017)
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Carlos Algara y Alejandro Martínez-Beltrán, Verónica (México, 2017)
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Cláudia Varejâo, Ama-san (Portugal, Suiza, Japón, 2016)
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Raúl Fuentes, Anadina (México, 2017)
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Alexandra Baltenau, Vanatore (Alemania, 2016)
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Carlos E. Gonzáles, José Manuel Ramos y Fernando Sáyago, Tepeyac (México, 1917)
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Tomás Gutiérrez Alea, Memorias del subdesarrollo (Cuba, 1967)
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José Ramón Chávez Delgado, Ayúdame a pasar la noche (México, 2017)

Reseña: FICG: semana cinéfila tapatía

marzo 28, 2017

Ya me lo habían advertido buenas y bellas conciencias: «el Festival Internacional de Cine en Guadalajara es un prostíbulo, ve lo que puedas y disfruta del tequila». No obstante fui, pues nunca había estado en un lupanar donde programaran cine al son del agave azul.

Más tardé en llegar al alba a la gran Perla de Occidente y saborear un par de sus famosos tacos al vapor callejeros, que en lo que ya estaba ataviado en una butaca del Cineforo Universidad con catalogazo del festival y programa de mano tratando de hacerme de una agenda redonda para poder pasar con decoro los siguientes cinco días frente a las muchas pantallas que ofertaba la feria cinematográfica.

Ayúdame a pasar la noche (México, 2017), ópera prima del afanoso potosino José Ramón Chávez Delgado, fue la pieza que me recibió en el festival. Llena de caprichosos claroscuros, en parte labor de la lente muy convencional de Pamela Albarrán, la película revisa someramente la situación crítica de una clásica familia mexicana en vías de extinción. Con personajes muy bien delineados desde el guión de Claudia Sainte-Luce y la interpretación actoral de todo el reparto, el melodramático filme impone un bienestar donde la amargura reina y tendría que vencer. Esta producción mexicana deambula con «tanta responsabilidad» por los lugares comunes de la ludopatía en un tono tan ligero, que a ratos podrías sentir la presencia de Adam Sandler como actor invitado.

Media hora después de ésta, con el calor a plomo en el cuadrante universitario de la capital de Jalisco, presentaban un documental sorprendente por su tema, que no por el tratamiento muy televisivo del mismo: Me llamaban King Tiger (México, 2017), de Ángel Estrada Soto, académico de Ciudad Juárez. Primera sorpresa: el encuentro con el protagonista, Reies López Tijerina, un confuso líder chicano de mediados de siglo que condujo un movimiento mesiánico-racial hacia la debacle personal y el engreimiento. Segunda sorpresa: no saber de qué lado grababa el también guionista y fotógrafo Estrada Soto a su personaje, ¿el cineasta es lacónico, irónico, creyente, ausente de expresión? Tercera sorpresa: la ausencia de cinematografía, el filme podría pasar como un gran video de Youtube que exhibe a Tijerina como un singular alienado de la cultura chicana y todo iría mejor.

La gran experiencia cinematográfica tardó 24 horas en llegarme allá en Guadalajara. Sin mucha expectativa me adentré en Las dos Irenes (Brasil, 2017), realizada y escrita por Fabio Meira, tan discreta y misteriosa como su nombre. Desde un punto de vista omnisciente, largos planos y vaporosos tonos de Daniela Cajías, se conduce al espectador hacia una delicada denuncia de la bonita tradición de la casa chica en el sertón brasileño a través de dos jóvenes hermanas que, a ratos metafísicamente, reconocen en el padre el cinismo que sustenta toda una cultura de género y clases sociales bien limitada, bien limítrofe, que asfixia a cualquiera.

De ahí, Anadina, de Raúl Fuentes (México, 2017), reinventaba —con todos sus sinuosos y parlanchines personajes operísticos y sus incesantes y antiparadigmáticos planosecuencias— el cine que los intereses de la firma Ripstein/Garciadiego sustenta desde hace más de 20 años, eso sí, desde una insípida ciencia ficción. De ahí, la audaz y cinefílica Verónica, de Carlos Algara y Alejandro Martínez-Beltrán (México, 2017), volvía a la carga bergmaniana de Persona, con rezagos kubriquescos y hitchcoquianos bonitos para la trivia. De ahí, la inmensidad exuberante de Un exilio: película familiar, de Juan Francisco Urrusti (México, 2017), desmoronaba con su ambición cualquier debate actual o pasado acerca de la relación entre España y México del siglo XX para acá. De ahí, el juego de rol que es El bar, de Alex De la Iglesia (España, 2017), en tramos miraba con nostalgia desprestigiada y sin comprenderla a cabalidad a El ángel exterminador de Buñuel, y a ratos se ahogaba en la órfica Cabina de Mercero.

Mientras yo desgranaba la programación, en los trayectos de entre salas fue fácil constatar que Guadalajara estuvo más al pendiente de los casi secretos y complejos partidos del grupo D del clásico mundial de béisbol, que de la situación del cine que se daba igualmente en sus calles por esos días. Desalentados por las alfombras rosas, las fiestas sectarias de la industria y una difícil movilidad en una ciudad sitiada por remodelaciones, los tapatíos ignoraban las funciones al aire libre, las ofertas de Cinemex, las premières de los vertiginosos y perversos filmes más recientes de Bruce LaBruce, el grandilocuente reestreno de la centenaria Tepeyac (México, 1917), y la discreta remodelación de la obra capital de Gutiérrez Alea, Memorias del subdesarrollo (Cuba, 1967).

Guadalajara no tiene ojos para el Festival Internacional que le endilgan. Ni la melancolía levemente filosófica de Los años azules,  de Sofía Gómez-Córdoba (México, 2017), ni el retrato denunciante en campaña de Inmovilidad, el transporte en el espejo de Pabsco González (México, 2017), ambos, botones que tienen a la ciudad de las rosas como pretexto para expresarse, llamaron la atención de ningún jalisquillo, todos muy ensimismados en su calzada restaurantera Chapultepec, o como afortunados voluntarios del mismo festival, trabajo que acaso les permite ver incómodamente un final de película, un par de principios y escuchar las opiniones somnolientas de los talentos invitados.

Sin embargo, dos obras abstrajeron poderosamente de la butaca a quien las vio: Ama-san (Portugal, Suiza, Japón, 2016), de la muy solvente realizadora portuguesa formada en Berlín, Cláudia Varejâo; y Vanatore (Alemania, 2016), una severísima ópera prima de la rumana Alexandra Baltenau. La primera husmea genialmente, siempre desde el primer plano, siempre con lustrosa cámara en mano de la misma Varejâo, en la cotidianidad de las pescadoras milenarias de la península de Ise, en Japón, las «ama-san», que con técnicas más bien rústicas bucean buscándose la vida.

Esta película de larga duración respira por las branquias de lo que retrata, bajo el yugo del cine directo, sí, pero con la sensibilidad reveladora de un ojo técnicamente impecable que vuelve a descubrir, tanto en los diálogos y canciones festivas de las protagonistas, como en la dialéctica de lo delicado de los cuerpos de las mujeres viejas que se entregan a la brusquedad indomable del Océano Pacífico, el misterio del hombre frente a la naturaleza.

El segundo filme examina —desde un brevísimo bestiario brutal que sirve de prólogo—, a partir de los rostros, nunca mejor elegidos, en primerísimos planos, la situación diaria de un trío de prostitutas rumanas, persiguiéndolas en su gélida y salvaje jornada, tratando de elaborar una metáfora que es a la vez un retrato generacional y una denuncia política de género, sobre el mosaico añil de fueras de foco en segundos planos, oficiosamente construido por el fotógrafo Matan Radin. Este día difícil en la vida de las damas —metraje de apenas 75 minutos que aparentan una eternidad en aquellas miradas ulteriores debajo de un puente— también aspira a ser una ávida taxidermia de la sociedad de bienestar de la zona euro, ya devastada, que se deja escuchar solamente en el audio hacia el último plano de esta pieza fílmica.

 

Praxedis Razo (Ciudad de México, 1983) es cronista taurino y editor de F.I.L.M.E.

 

[28 de marzo de 2017]

 

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