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Tate Modern, Switch House (2016). © Iwan Baan
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Tate Modern, Switch House (2016). © Iwan Baan
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Tate Modern, The Tanks (2016). © Tate Photography
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Tate Modern, Switch House (2016). © Iwan Baan
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Tate Modern, Switch House (2016). © Iwan Baan
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Tate Modern, Abstraction and Society (2016). Vista de instalación. Cortesía de Tate Modern
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Ai Weiwei, Born (2010). © Ai Weiwei Studio. Cortesía Lisson Gallery
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Louise Bourgeois, Artist Rooms: Louis Bourgeois (2016). © DACS. Cortesía de Tate Photography
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Cildo Meireles, Babel (2001). © Cildo Meireles
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Sheela Gowda, Behold (2009). © Sheela Gowda

Reseña: Switch House. Extensión de la Tate Modern, de Herzog & de Meuron

julio 21, 2016

La extensión de la Tate Modern —la tan llamada Switch House— es un proyecto con muchos cocineros en la cocina: de los 250 millones de libras de costo estimado, el Estado británico pagó alrededor de una quinta parte y un conglomerado de patrones privados pagó la mayor parte del resto. Cerca de 30 millones de libras de su costo aún no ha sido financiado. Por lo tanto, la presión de la Tate por vender cafés e imanes para el refrigerador es inmensa. Esta compleja mezcla de asociaciones público-privada es el epítome de lo que el ex Primer Ministro (y posible criminal de guerra) Tony Blair llamó la política de “tercera vía” –donde la social democracia y el capitalismo de libre mercado coexisten felizmente. Era una ideología popular cuando la Tate Modern fue concebida por primera vez a finales de 1990. El señor Nicholas Serota, la marioneta benévola del arte contemporáneo británico, es la fuerza motriz aquí. Su aspiración de promover el arte como democrático, tolerante y cívico es bienintencionada pero generalmente equivocada.

La Switch House es un zigurat de ladrillo cosido al casco de la Tate Modern. Ha sido descrita como una extensión, pero siempre fue parte del plan. En efecto, se trata del complemento de la Tate Modern iniciado en 2000. Su particular diseño data de alrededor de 2008, por lo que se siente como la austera respuesta británica al Guggenheim Bilbao con sus fuertes matices de la Bretaña cool de la década de los 90. La reserva discreta de un inglés conservador es el complemento perfecto para el refinamiento elegante de los arquitectos suizos Herzog y De Meuron. Por desgracia, fueron claramente de puntitas a través de un campo de minas cultural para hacer un edificio que podría ser todo para todos. La intensa necesidad de complacer a todo el mundo —apostadores en general, británicos, extranjeros, niños, expertos, historiadores, donantes, gobierno— significa una arquitectura que no puede correr ningún riesgo. Así, es exactamente lo que se esperaba, ni más ni menos. No hay decepciones ni sorpresas. No diré alguna mala palabra, pero nunca lo amaré. La estructura está bien ejecutada —H & DeM se encuentran entre los mejores arquitectos del mundo— a pesar de que da la sensación de padecer de un poco de entusiasmo. Copiaron y pegaron una serie de detalles de sus lados B y sus proyectos más oscuros (en particular, los bancos de hormigón de la modesta obra maestra que es el Museo de Arte Parrish en Long Island). Algo que podría interpretarse como un intento de coherencia artística o el productor de una aburrida frustración. Según mis propias experiencias de trabajo con los ingleses, sugiero que se trata de lo último.

La inauguración dio a conocer el edificio con bombos y platillos. En papel, la Switch House ha duplicado el espacio de exhibición del museo. Pero en realidad, reconfigura fundamentalmente toda la Tate. La nueva extensión se une a los “Tanks” subterráneos recientemente completados (donde se guardaban las reservas de petróleo de la antigua central térmica) y todo el arte existente en la Sala de Turbinas y los Boiler Rooms han sido suspendidas o cambiadas completamente. Se trata básicamente de un nuevo museo. En las próximas semanas, un programa especial de eventos en vivo y nuevas obras de arte serán exhibidos, incluyendo un gran número de performances. La Tate Modern ha hecho un gran esfuerzo por alejarse de aquellos días del “arte trofeo” cuando se pensaba que con juntar todo como un desfile de éxito mundial era un trabajo bien hecho —su nueva colección abarca una extensión geográfica mayor, particularmente de África y Asia, y está más equilibrada en su representación del género. No todo el mundo lo considera algo sincero, sin embargo, hubo una gran manifestación durante la noche inaugural por grupos feministas que se oponen a la inclusión del presunto asesino Carl André (las obras de Ana Mendieta, la pareja fallecida de André, permanecen en la bodega).

La Tate Modern cuenta con el mayor espacio abierto en el mundo y la remodelación pone en primer plano las formas artísticas que tradicionalmente no funcionan en el cubo blanco de una galería. Hay una gran cantidad de obras intangibles y efímeras, desde videos y obras sonoras hasta performances y arte participativo. Desafortunadamente, las obras que requieren la participación del público son particularmente débiles. En una sala me pidieron pinchar un listón de voto sobre discursos que describen el futuro. Si quisiera ser generoso, diría que fue una visión profundamente irónica sobre la tendencia británica de diseñar por comité sólo hasta que el compromiso significa que nadie obtiene lo que quiere. Si soy realista, la acción era algo trivial, banal y recordó un ejercicio de formación de equipos en un trabajo donde todos están a punto de renunciar. Para atraer a tantas personas como sea posible, el arte tiene que ser tan atractivo y popular como sea posible. Esto significa básicamente que usted tiene arte para niños o peor, para un público infantilizado.

La curaduría se divide en dos categorías: todo lo que has visto antes y algo que no has venido a ver. Con excepción de una nueva sala realmente impresionante dedicada a Rothko, el museo es bastante estándar. Cada segundo piso es o un restaurante o una obra del tipo de Tino Sehgal. Había un montón de bailarines vestidos con lacras y jugando quemados frente a la perplejidad de los espectadores aburridos. Supongo que todo está bien si te gustan ese tipo de cosas. No existe en ningún lugar cualquier intento de imponer una narrativa histórica o incluso una temática compleja, por lo que muchas colecciones lucen como impresiones de Pinterest. Sustituir lo didáctico por la experiencia es síntoma de un problema más general: la Tate Modern prefiere “entretener y ofrecer” en lugar de “instruir o informar”.

Al igual que una serie original de Netflix, estoy feliz con el atracón en la Tate Modern, pero de alguna manera al final me siento vacío. Cumple con la línea. Es justo lo suficientemente interesante. Será genial para nosotros pasear por la azotea de la galería, la vista es una locura y la inclusión no tan discreta de un bar (¡ingresos!) es legítimamente atractiva. El edificio es impresionante y el arte en general es bastante bueno, incluso aunque todo se siente como un futuro alterno en el que 1999 nunca terminó. Pero tal vez las ciudades globales son como los armarios de nuestros padres: escogen un momento que funciona para ellos y nunca cambian. Tal vez siempre será 1968 en París, 1977 en Nueva York o 1989 en Berlín.

 

 

Traducción del inglés de Andrea García Cuevas

Jack Self es arquitecto y escritor con sede en Londres. Su trabajo se enfoca en los nuevos modelos de vivienda. Es director de la REAL Foundation y editor de la Real Review. Recientemente curó el Pabellón Británico de la 15 Bienal de Arquitectura de Venecia.

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