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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.
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Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.

Reseña: «Por desgracia, está vacío de música»

octubre 20, 2017

Y me hace preferir, antes que el encantamiento lírico o la descripción psicopornográfica, el lenguaje algo histórico del después.

Julia Kristeva

La historia del bolero tiene su origen en Europa, posiblemente derivado de la palabra gitana volero, una danza que en sus movimientos remite al vuelo de las aves. Así, volando, el bolero llegó a Cuba, en donde, mezclado con los ritmos antillanos, dio lugar al primer bolero digno de ese nombre: «Tristezas», escrito por el cubano José ‘Pepe’ Sánchez en Santiago de Cuba en 1886.

Además de una historia cuya trayectoria puede rastrearse, la música, como cualquier disciplina artística, tiene una dimensión política que se involucra con el mundo y funciona en conjunto con ideologías políticas y coyunturas sociales que pueden o no ser evidentes a simple vista (o quizá habría que decir a simple oída). La muestra del artista albanés Anri Sala, inaugurada el pasado 6 de septiembre en el Museo Tamayo, es un gran ejemplo de esta interacción.

Si los himnos son vehículo de una cultura abominable, es interesante pensar en las piezas de Sala como anti-himnos personales. Así los llama él mismo: exploraciones en video, fotografía y performance de la manera en que la música toca la realidad y la transforma. Esta investigación lúdica de las propiedades visuales del medio sonoro y de las propiedades sonoras del medio visual es especialmente notoria en la pieza Ravel Ravel Unravel. En ella se muestran videos en los que dos pianistas interpretan versiones, una por video, del Concierto para mano izquierda en re mayor, de Maurice Ravel. En una tercera sala, extraordinariamente bien montada, se presenta un video en el que una DJ hace el ejercicio de sincronizar las dos versiones. El resultado, por supuesto, es imposible: a lo mucho se llega a momentos de coincidencia, chispazos apenas perceptibles que convierten el Concierto en otra música.

Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.

Un referente casi inmediato de esta pieza es Gruppen para tres orquestas, de Karlheinz Stockhausen, una pieza en la que se colocan tres orquestas de dimensiones straussianas (109 músicos en total, repartidos en 36, 37 y 36) en forma de herradura. Cada una suena en tempos distintos, con un director de orquesta intentando sincronizarlas. Stockhausen cuenta que, mientras ideaba su pieza, se encontraba frente a una ventana desde la cual podía ver una serie de montañas cuya forma contribuyó a su composición. La disposición de esta pequeña cordillera, cuenta el músico, fue una especie de lenguaje que tradujo en música.

Ambos artistas juegan, entonces, con el lenguaje; y ambos buscan, de cierto modo, la concordancia: en la pieza de Sala, la DJ Chloe se convierte en una especie de directora de orquesta moderna. Así, las fronteras entre disciplinas se difuminan y abren territorio. «Lo sonoro —en palabras de Pascal Quignard— es el territorio. El territorio que no se contempla. El territorio sin paisaje».

Sala pone en juego dos espacios en donde convergen tres ideas distintas amalgamadas en un imposible, en una labor (del DJ) cercana al juego, un performance donde, al intentar hacer converger las músicas surge algo más y se sugiere una parte distinta, se abre camino el sonido de un bolero extraído. Para llevar las mismas piezas a otro lugar, Sala utiliza a una médium: para llegar a encontrar esta música oculta que se encuentra en los errores y la incongruencia de sobreponer dos músicas con tempos distintos. Intentemos combinar grabaciones de distintas interpretaciones de las Lamentaciones de Jeremías de Thomas Tallis y observemos ese nuevo lamento que grita entre las fronteras, esa sincronicidad que siempre ha estado ahí, los lapsos que afloran, los ecos simultáneos, los remolinos de sonido que sugieren nuevas armonías y alientos. Seamos este DJ imaginario que conecta dos utópicos idénticos, escrituras paralelas en distintos momentos: el tiempo y el espacio en ese momento no existen, esas ligeras variaciones de ese concepto tan difícil y sencillo de explicar que llamamos interpretación.

Anri Sala (2017). Vistas de exposición. Fotografía: Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.

La cultura pop busca esencialmente la ingenuidad del estribillo infantil y superarla con otras nuevas ingenuidades. Y lo hace al margen del éxito, al margen de las instituciones, lejos del mercado en el que, sin embargo, es necesario observarse. La busca volviendo sobre sí misma, regresando a esa edad en la que uno lo palpa todo (no importa qué) para crear su música tarareando. Sin separaciones, sin rendir cuentas a nadie, sin atribuir roles. Encontrar al niño primigenio significa olvidarse del niño dañado del presente. Y este tortuoso camino no puede comprarse. Debe excavarse. Vayamos chiflando la misma melodía con nuestra pareja y observemos lo que sucede: el viento deja que el sonido viaje a otro lugar, a un cambio radical de palabras, a un cambio de significado tan radical como un (v)olero que se convierte en (b)olero. «¿Mi obra maestra? —se preguntaba Ravel y respondía—: ¡El bolero, por supuesto! Por desgracia, está vacío de música».

El sonido está presente desde el nacimiento hasta la muerte. No hay apartamiento posible, no hay tregua.

Esto lo sabe Sala cuando dice «la música cada vez es más importante en mi trabajo, contrario al lenguaje, que cada vez está menos», en un posible esfuerzo por expresar que no es necesaria una explicación más allá de lo que suena. En su obra, lo visual es casi un acto decorativo. ¿Es la imagen de verdad esencial para entender la pieza? Pensemos en los montes que visualizó Stockhausen cuando se inspiró en Gruppen. ¿Será acaso esa imagen un pretexto para que el sonido finalmente pueda ser el protagonista? Creo que más bien es necesario hablar de la polifonía, esa supuesta maquinaria de la simultaneidad, la polifonía que en esta época es imposible deslindar de la polirritmia, las calcas, las cacofonías, las plunderfonías, la absurda e imposible búsqueda de la sincronicidad, los mash-ups, los oídos en la naturaleza, las fronteras que la música traspasa todo el tiempo. La exhibición de Anri Sala es el lugar perfecto para empezar el viaje. Si el mundo está lleno de fantasmas, la ruptura entre sonido e imagen es el lugar de sus apariciones.

Anri Sala estará abierta hasta el 7 de enero de 2018 en el Museo Tamayo, en la Ciudad de México.

Emilio Hinojosa estudió composición y piano en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú. Trabaja estrechamente con el arte visual y la improvisación. Es creador del proyecto ASMR4YOU, plataforma multimedia en la que se habla del sonido como material principal; abarca video, documentales sonoros, textos y archivos comentados.


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