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Op
Black Mirror, «Crocodile», 2017.
Op
Black Mirror. Temporada 4.

Reseña: El espejo opaco. Cuarta temporada de Black Mirror

enero 05, 2018

Al hacerse parte de nuestro imaginario pop, el entendido de lo que significa la «ciencia ficción» se volvería demasiado laxo. A diferencia de lo que uno pudiese pensar, no se trata simplemente de mostrarnos naves espaciales, laboratorios del gobierno y monstruos inter-dimensionales. (No, no es el pastiche del género que hace Stranger Things, de la misma forma en que no lo son las películas de nuestro cine de oro donde Santo, Pepito y Chabelo solían enfrentarse con la peor clase de alienígenas invasor@s). Aquí el tema no es valerse de la imaginación para mostrarnos universos maravillosos, imposibles y por lo mismo fantásticos; ni tampoco depender de aquella parafernalia (pseudo científica o sideral) que ya ha sido institucionalizada —en buena medida, gracias a esos referentes clásicos cuyo trasfondo temático era, en realidad, mucho más interesante.

Por el contrario, la ciencia ficción es un género ambicioso que nos muestra la intricada relación entre el hombre y su entorno, así como con las técnicas, presentes o posibles, que anticipan con una mirada profunda —y casi siempre irreversible— nuestro futuro como especie. ¿Cómo? A partir de una especulación que se sustenta en nuestro conocimiento de las ciencias naturales, físicas y sociales. (Ya en Frankenstein o el moderno Prometeo, considerada por la historia como la novela que inaugura el género, había una preocupación científica que opacaba los intereses alquímicos y fantásticos de su estilo. Aquí, por ejemplo, se habla por primera vez de la electricidad como un fenómeno capaz de reanimar a los muertos —parte esencial de la ciencia médica moderna). Es por esto que, en sus momentos más altos, la ciencia ficción ha huido del gusto de las masas, hablándole directamente a ese reducido público snob que busca anticipar el porvenir humano a partir de nuestra relación con la tecnología.

Frankenstein, 1931. Dirigida por James Whale.

Desde sus inicios éste fue el propósito de Black Mirror, serie creada por Charlie Brooker para la televisión británica donde cada episodio, construido de manera autónoma, gira alrededor de un tema: las maneras en que la tecnología podría afectar nuestras vidas, deformando y corrompiendo nuestra propia humanidad. Esto es, en un entendimiento de la tecnología que parte de una perspectiva de lo digital (posterior a la Revolución 2.0, las redes informáticas y el smart world); es decir, esa tecnología democratizada y popularizada a la que todos tenemos acceso a través de una pantalla: ese misterioso y enigmático espejo negro al que el nombre de la serie hace referencia.

Vale mencionar que, desde su primer episodio, Black Mirror logró convertirse en todo un referente del terror tecnológico (tema que había quedado relegado casi por completo a las escasas manifestaciones culturales del cyberpunk, así como al cine de terror nipón de la primera década del siglo). Y es que desde su primer temporada, Black Mirror se volvió ese espejo deseado, mismo que develaba con escalofriante exactitud universos terribles donde todos y cada uno nos veíamos reflejados —mundos en apariencia tan similares al nuestro que era casi imposible no identificarse, no sentirnos advertidos del desenlace más probable que se cierne sobre nuestra especie si seguimos pecando de aquellos (mal)usos tecnológicos que se vuelven cada vez más comunes en nuestra sociedad.

Tras cinco años al aire, Black Mirror sigue abanderando el mismo propósito. Sigue buscando llevar a su punto más alto ese terror tecnológico que le dio una razón de ser desde el principio, para lograr en el espectador una sensación de rechazo e inquietud al reconocer sus propias dinámicas tecnológicas en aquellas que se muestran en la pantalla (de la misma forma en que predica su objeto el mismísimo drama aristotélico). Más allá de este noble propósito, la pregunta que se vuelve pertinente con motivo de su temporada cuatro (y tras el desafortunado cambio de propietarios y productores del programa) es: ¿se sigue logrando este objetivo? Desde mi muy particular manera de entender las cosas, no.

Black Mirror, 2011. Producida por Charlie Brooker.

 

Si hay una palabra que pueda usarse para definir la temporada cuatro de Black Mirror, ésta sería «autocomplacencia». Hay que reconocer que se trata de una serie de primer nivel, con una producción impecable y grandes narradores detrás de cada capítulo. Teniendo esto en mente, es posible afirmar fácilmente que incluso los capítulos más flojos de esta propuesta tienden a ser infinitamente superiores a los de otras series, contando con una estructura sólida, una narrativa dinámica y un interés genuino por retratar los elementos más oscuros de la psique humana. ¿Qué falla, entonces? Que la relación con la tecnología se ha hecho trivial, anecdótica; apenas un prop que justifica la inserción de estas historias en el formato de la serie. La especulación tecnológica se ha vuelto tan ingenua e improbable que es imposible vernos representados —augurar un futuro plausible en estos nuevos universos de discurso. Es de esta forma en la que, al dejar de mostrarnos reflejados en la pantalla negra, Black Mirror ha dejado de ser aterradora.

 

 

*Anexo un breve comentario de cada capítulo. Se recomienda ver antes los episodios con el fin de evitar spoilers:

 

«USS Calister»: Más allá del «simpático» homenaje que presenta este episodio a una de las series de ciencia ficción más famosas de la historia (y por lo mismo más homenajeadas), su propuesta alrededor de la tecnología resulta tan absurda e inverosímil que bien podría venir de una película de Disney. A partir de muestras de ADN, nuestro odioso antihéroe es capaz de recrear proyecciones digitales con consciencia —¡y recuerdos!— idénticos a los de sus sujetos muestra, con el fin único de lograr que estos clones informáticos se introduzcan en los rincones más oscuros de su consciencia. O, para ser más claros: nuestro protagonista es malo y el internet lo sabe. ¡Next!

«Arkangel»: Este episodio presenta uno de los temas más cercanos a la problemática digital actual y también uno de los más interesantes: la manera en que las tecnologías de geolocalización atentan contra la privacidad de los usuarios y cómo esto se presta a abusos por parte de la autoridad (recordemos lo alarmante que se volvió en nuestro país la aprobación de la Ley de Geolocalización en el 2014; por las facilidades que otorgaba a un gobierno que comenzaba a perfilarse cada vez más autoritario, famoso por espiar a sus ciudadanos e incapaz de garantizar la seguridad de aquellas opiniones críticas del régimen). Aun así, la idea termina siendo desaprovechada, mostrando apenas un tibio melodrama familiar con un desenlace trágico.

Black Mirror, «Arkangel», 2017. Dirigido por Jodie Foster.

«Crocodile»: Muy similar en tono a «USS Calister», volvemos a encontrarnos con un mundo de personajes oscuros y retorcidos, cuya maldad tan sólo logra exponerse a través de la tecnología. Sin embargo, una vez más, ésta es retratada de manera ingenua, rozando con lo fantástico y, exactamente por lo mismo, resultando inofensiva.

«Hang the DJ»: A mi parecer, el capítulo mejor logrado de toda la temporada. Incluso si el desenlace termina siendo un poco soso, todo el desarrollo está cercano a convertirlo en una obra maestra —aunque vale mencionar que su tono romántico, en lugar de perturbador, le ha ganado distintos detractores entre los espectadores más puristas. El episodio funciona como una interesante reflexión sobre las relaciones en la era digital (pensadas a tal nivel de detalle que incluso llega a tratarse el tema del consenso dentro de un mundo de parejas arregladas). Al mismo tiempo, la representación de un sistema arbitrario —al cual sólo es posible adherirse a partir de un completo salto de fe— resulta en una crítica aguda, aunque velada, a fenómenos recientes como Blue Whale o el culto a la Cienciología.

Black Mirror, «Hang the DJ», 2017. Dirigido por Timothy Van Patten.

«Metalhead»: Sin que su propuesta específica de un futuro distópico resulte particularmente propositiva, el episodio logra mantener nuestro interés de principio a fin; recordándonos cintas clásicas de acción donde se retrata la lucha entre el hombre y la máquina como Terminator, Matrix —¿o How I Met Your Mother?

«Black Museum»: El episodio que cierra la temporada resulta encantador por un humor negro y macabro que lo caracteriza de principio a fin. Sin embargo, una vez más, su propuesta tecnológica no deja de ser ingenua y chabacana, muy en el tenor de las antologías fantásticas donde nunca faltaban los científicos locos (y sus osadas creaciones que desafiaban las leyes de la naturaleza). Recordemos si no Cuentos de la cripta o Las pesadillas de Freddy.

 

Nota final: vale la pena mencionar que Black Mirror sigue siendo una serie muy bien producida, entretenida y en la mayoría de los casos perversa. Pero, a riesgo de sonar viejo y amargado (que lo soy): ya no es lo que era. Su temporada cuatro te asegura pasar un buen rato: reír, quesque llorar y dar uno que otro brinquito en el asiento, pero no esperes más. Lo que tenía de sorprendente, arriesgado y propositivo se ha perdido. No deja de ser un divertimento ameno y agradable: aunque domesticado, a fin de cuentas.

 

Rodrigo Pérez-Grovas (@RickyBoring) estudió literatura en la UNAM y una maestría en producción por parte de la UP. Ha trabajado en diversas publicaciones digitales y como guionista para televisión. Actualmente vive en la CDMX al lado de su perro cocker Jarvis.

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