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Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen tomada de wmagazine.com
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Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen tomada de farfetch.com
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Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen tomada de farfetch.com
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Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017).
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Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen de Getty Images, tomada de harpersbazaar.com

Pero el centro sigue colapsando y recomponiéndose. Reseña: Joan Didion: El centro cede

noviembre 23, 2017

Sobre Open Up and Bleed, la biografía de Iggy Pop que Paul Trynca publicó hace ya varios años, David Sinclair dijo que lamentaba ver cómo la vida de una estrella tan heterodoxa como la del vocalista de The Stooges había sido narrada de una forma tan parca. Años plagados de furia y excesos quedaban reducidos, en su opinión, al «sobrio testamento de uno de los personajes más extravagantes del rock». Durante mucho tiempo he pensado en esta frase y me he dicho que, de verdad, nada obliga a un biógrafo a emular estilísticamente la vida de su biografiado. Su trabajo, en más de un sentido, puede ser meramente didáctico: un compendio de fechas, eventos y nombres a los que sólo se les pide tener un poco de encanto, la energía suficiente para no hacernos caer, sedados, a mitad de una página. Aunque la mayoría de las biografías (literarias o cinematográficas) a las que uno se aproxima son así —programas que se encuentran en canales educativos o libros escritos con tanto fervor como corrección—, existe otro tipo de obras, aquellas que buscan transmitir algo de la electricidad que ha recorrido la vida de los personajes de los que habla. El centro cede (2017), el documental que Griffin Dunne preparó sobre la escritora Joan Didion y que acaba de aparecer hace unas semanas en Netflix, se encuentra en algún lugar extraño entre de esos dos puntos.

Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen tomada de farfetch.com

Autora de más de una docena de libros que se mueven entre la ficción y la crónica, Didion es uno de los nombres más importantes del llamado Nuevo Periodismo, un fenómeno que acaparó la mayoría de las revistas norteamericanas a finales de la década de los sesenta y que se volvió el escaparate para entender los fenómenos de la contracultura. El documental la sigue a lo largo de su carrera, desde su inicio como escritora para Vogue en los años cincuenta hasta la publicación de sus últimos libros. Las entrevistas con amigos, con la propia escritora, los comentarios del director (que resulta, además, ser su sobrino), se suman a fragmentos leídos de su obra que organizan la estructura del documental, en los que se narran episodios cruciales: la infancia en Sacramento, la vida con su esposo (el también escritor George Gregory Dunne), la adopción de su hija Quintana y el tránsito por el duelo que vivió tras la muerte de ambos, separadas apenas por unos meses. Sin embargo, el documental es, sobre todo, las manos que Didion mueve frente a la cámara: unas manos quebradizas y nerviosas a las que la edad les ha quitado la soltura, como si por momentos no pudiera controlarlas; unas manos pequeñas que, al hablar, se agitan con una extraña mezcla de fragilidad y violencia.

Ted Hughes definió a T. S. Eliot como «un chamán disfrazado de banquero», y algo parecido podría decirse de Didion. Lo que más sorprende al abrir cualquiera de su libros es la intimidad, la franqueza con la que parecen estar escritos. Una franqueza salvaje a la que no le tiembla un pelo al describir la imagen de una niña de cinco años en medio de un viaje de ácido, o al transcribir, palabra por palabra, el resultado de la evaluación psiquiátrica a la que fue sometida por su médico: «La producción temática de la paciente enfatiza su visión fundamentalmente pesimista, fatalista y depresiva en relación al mundo que la rodea. Es como si ella estuviera profundamente convencida de que todo esfuerzo humano está condenado al fracaso». Así, sus crónicas, por momentos, pasan a convertirse en el diario de alguien que observa con una lucidez extrema las diversas formas de la degradación. De ahí que haya sido uno de los primeros escritores en dar cuenta de que aquello que hoy imaginamos con nostalgia como «los sesenta» fueron en realidad años tan idealistas como desoladores, una época que pasó del amor libre a los asesinatos de Manson sin que se percibiera la línea íntima que los conectaba, algo a lo que Dunne presta especial atención.

El centro cede (título tomado del mismo poema de W. B. Yeats que Didion usó para nombrar su primer libro de crónicas: Arrastrarse hacia Belén) es, así, una simplificación del estilo de Didion, en el que la neurosis privada se conecta con la paranoia de una sociedad cada vez más dividida: el análisis del mundo como una extensión clínica del sujeto que lo percibe. De ahí que los gestos de Didion sean tan reveladores. En las fotografías que aparecen una y otra vez a lo largo del documental vemos a una mujer con el cuerpo tenso, agazapado, posando frente a coches deportivos o recostada frente a la playa con una elegancia recelosa. «Mi única ventaja como reportera —escribe— es que soy físicamente tan pequeña, tan discreta en mi temperamento y tan neuróticamente inarticulada que la gente tiende a olvidar que mi presencia se mueve contra sus mejores intereses. Siempre es así. Esto es algo que debe recordarse: los escritores siempre están sacrificando a alguien».

Griffin Dunne, Joan Didion: El centro cede (2017). Imagen tomada de farfetch.com

Así, entre la franqueza bestial de sus libros y la imagen lejana que se percibe en sus fotografías media una distancia enorme, una presencia que, como ella explica, es siempre una imposición, un acto hostil que sólo existe para establecer las reglas a partir de las cuales debe ser leído. Y de esto no se salva nadie. Ni siquiera Griffin Dunne, quien parece haber hecho un documental para seguir la línea punteada que Didion ha ido dibujando con sus libros. No es nada fácil hablar de la vida de alguien que ha hecho de su obra un constante ejercicio de autoconocimiento. Ante ello, el director decide tomar el camino más firme: seguir a esa voz en lo posible (todo el documental vale por los momentos en los que oímos fragmentos de su obra), intercalándola con la memoria dócil de los amigos. Un retrato cariñoso en el que nadie fue sacrificado, pero al final del cual, como en las películas de terror, intuimos que el monstruo sigue vivo debajo del agua: esas manos que todavía se mueven frente a nosotros y que tratan de apaciguar los movimientos abruptos que a ratos las dominan, esas manos que, al menos para mí, fueron la entrada a una obra genial. Y más no se puede pedir.

 

Roberto Culebro es poeta y ensayista. Coordinó en 2012 el libro Facciones: ensayos sobre Alfonso Reyes, editado por la Universidad Veracruzana. Ha sido becario del PECDA en dos ocasiones. Es editor de Astillero Ediciones, una editorial independiente con sede en Xalapa, Veracruz.

[23 de noviembre de 2017]

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