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Jim Jarmusch, Paterson (2016). Imagen tomada de miszong.pl
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Jim Jarmusch, Paterson (2016). Imagen tomada de blog.desistfilm.com
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Jim Jarmusch, Paterson (2016). Imagen tomada de paniko.cl
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Jim Jarmusch, Paterson (2016). Imagen tomada de culturaca.com
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Jim Jarmusch, Paterson (2016). Imagen tomada de theplaylist.net
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Jim Jarmusch, Paterson (2016).
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Jim Jarmusch, Hombre muerto (1995).
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Jim Jarmusch, Mystery Train (1989).
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Jim Jarmusch, Sólo los amantes sobreviven (2013).
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Jim Jarmusch, Noche en la Tierra (1991).
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Jim Jarmusch, Extraños en el paraíso (1984).

Paterson y Jarmusch: comenzar por los detalles

agosto 22, 2017

Alguien dijo alguna vez que nadie hace verdaderas películas sobre escritores porque éstas terminarían siendo aburridísimas: pocas cosas tan anticlimáticas como ver a alguien escribir; pensar, en la pantalla, una escritura. La razón puede ser que el ritmo con el que se mueve es, por lo general, bastante lejano a las necesidades del cine, un ritmo hecho de dudas, de regresos, de tiempos muertos. Quizá, por esto mismo, sólo Jim Jarmusch (Ohio, 1953) —un director que ha hecho de ese tiempo incómodo uno de los rasgos de su estilo— pudo filmar una película como Paterson (2016), la cual es, entre muchas otras cosas, la narración de un proceso.

La trama no podría ser más simple: un hombre (Adam Driver) se despierta todos los días a la misma hora. Desayuna. Camina hacia el trabajo. Conduce el autobús de la ruta 23 en Paterson, Nueva Jersey. Regresa a casa. Come. Platica con su mujer. Saca a pasear al perro. Llega a un bar. Se toma una cerveza. En medio de esta rutina diaria, escribe. El hombre se llama también Peterson y, además de ser chofer, es un poeta que admira enormemente a William Carlos Williams, escritor que nació en esa misma ciudad y sobre la que escribió, entre 1946 y 1951, su poema más importante: Paterson.

En el prólogo a este libro, W. C. W. escribe: «Este es un largo poema de cuatro partes en el que un hombre es en sí mismo una ciudad». Así, más que un homenaje al libro, la película de Jarmusch es la adaptación de algunos de sus elementos, de su estética, un hermoso trabajo sobre los detalles, sobre la belleza de la vida diaria y la rutina nada impresionante de una pequeña ciudad de provincia. Las conversaciones que Paterson (el personaje) escucha al manejar el autobús componen un mosaico de la ciudad al que se suman fragmentos de su historia. Como el libro, la película está atravesada por anécdotas, relatos de personajes famosos que han nacido o vivido en el lugar: anarquistas, boxeadores, comediantes, cantantes, toda una genealogía que envuelve a la ciudad en una especie de mito.

Aunque para el crítico Jonathan Rosenbaum Paterson sea la otra cara de Only Lovers Left Alive (2013) —la cinta anterior de Jarmusch—, tal vez guarde una mayor semejanza con Mystery Train (1989). Ambas películas son, de alguna forma, el acercamiento a la mitología de un espacio a partir de uno de sus personajes emblemáticos: Elvis y Memphis; William Carlos Williams y Paterson. La diferencia radicaría en que en Paterson este vínculo es mucho más sesgado, apenas sugerido (la delicadeza es uno de sus grandes logros): sin ser una película de antología como Mystery Train, Paterson logra crear la sensación de que una multitud de historias se mueve alrededor de su espacio, con un tono que las hace parecer salidas directamente de la voz de Williams, una ciudad que es también una obra, una creación mental. Y este es uno de sus rasgos mas interesantes.

A pesar de su enorme sencillez, vemos en la película la relación que existe entre la poesía y aquello que la dispara, la sutil línea que vincula una experiencia común y corriente (una caja de cerillos, la alegría de tomar una cerveza, el placer que trae consigo el primer día de primavera) con el poema que surge de ella. Si «las ciudades son un segundo cuerpo para la mente», como se lee en uno de los epígrafes de Paterson, el espacio en la película es el mapa mental de su creación, aquel del que surgen y sobre el que se escriben los poemas, lo cual se traduce visualmente en montajes en los que se superpone el texto, la ciudad y el rostro de alguno de los personajes; tres niveles unidos en le instante que surge un poema.

El gusto de Jarmusch —quien estudió literatura en Columbia y fue alumno de Kenneth Koch— por la poesía ha estado presente a lo largo de toda su obra, pero quizás Paterson sea su carta de amor definitiva. Desde el Maldoror que aparece en Permanent Vacations (1980) hasta el William Blake de Dead Man (1995) y el Christopher Marlowe de Only Lovers Left Alive, la poesía recorre toda la filmografía de Jarmusch, siempre como un correlato que determina la situación emocional, ontológica de sus personajes, gente por lo regular fuera sitio, introvertida, que vaga por ciudades medio acabadas y sin rumbo. Los poemas escritos para la película por Ron Padgett (quien los escribió todos salvo «Water falls», el poema que lee una niña de diez años y que en realidad es del propio Jarmusch) traducen perfectamente la inocencia y el asombro, la enorme ternura de este filme.

La estética del no-wave de la que salió Jarmusch le dio todas las herramientas para poder hacer una película sobre la poesía, precisamente porque su estilo se mueve con un tiempo diferente, no tradicionalmente cinematográfico: las tomas largas en las que aparentemente no sucede nada, los silencios, el gusto por los ruidos ambientales, todo aquello que normalmente se asocia al llamado humor seco aquí, sin embargo, no crea una sensación de incomodidad, sino que se integra orgánicamente al movimiento del personaje, de la ciudad, haciéndolos a ambos, de alguna forma, transparentes.

Así, la película es una historia de amor, una historia sobre la creación que prescinde de toda la parafernalia dramática que normalmente la acompaña y que hace de ella algo cotidiano, algo que puede inscribirse en la relación entre Paterson y Laura (Golshifteh Farahani) —personaje que es, dicho sea de paso, el único problema, un pálido contrapeso, mal delineado, al de Adam Driver—; en la gente y los objetos que los rodean. Una película en la que, como escribe William Carlos Williams, vemos cuánto «depende/ de una / carretilla / roja / lavada con agua / de lluvia».

 

Roberto Culebro es poeta y ensayista. Coordinó en 2012 el libro Facciones: ensayos sobre Alfonso Reyes, editado por la Universidad Veracruzana. Ha sido becario del PECDA en dos ocasiones. Es editor de Astillero Ediciones, una editorial independiente con sede en Xalapa, Veracruz.

[22 de agosto de 2017]

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