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Iñigo Navarro, Triunfar en el arte (2015). © Iñigo Navarro
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Centro Nacional de las Artes (Cenart). Imagen tomada de caye.mx
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Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). Imagen tomada de educaciónyculturaaz.com
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Facultad de Artes y Diseño. INBA.
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La Esmeralda. Imagen tomada de sapienca.org
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Espacio Alternativo, La Esmeralda. (2016) Imagen tomada de ladrongaleria.com
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Alumnos de Artes Plásticas y Visuales de La Esmeralda. Imagen tomada de alfredomartinez.blogspot.mx

Opinión: ¿Para qué sirven las escuelas de arte en la actualidad?

Febrero 08, 2017

Si todos somos artistas en potencia, como predicaron buena parte de los artistas y vanguardias más relevantes del siglo pasado, ¿para qué sirven las escuelas de arte en la actualidad?, ¿responden a las urgencias de lo que apunta ser un presente distópico?, ¿cuáles serían estas urgencias dentro y fuera del campo del arte? Lejos de responder terminantemente a estas preguntas, es pertinente ampliarlas a partir de una referencia por demás conocida en la escena del arte: la conferencia[1] de Luis Camnitzer que sitúa, de manera autocrítica, a la educación artística como un fraude. El engaño, en parte, se sustenta en un dilema: la educación profesional de aspirantes a artistas en instituciones educativas de nivel superior respecto a los profesionales que no provienen necesariamente del ámbito académico vinculado al arte, y cómo ambos se sitúan frente a las necesidades reales del campo y sus relatos más significativos.

En las escuelas de arte del presente las preguntas en torno a cómo se aprende a ser un artista exceden tanto los contenidos de los currículos como los grados académicos que, desde luego, no significan ni garantizan un “éxito” simbólico o comercial dentro de la maquinaria neoliberal del arte global. Es cierto: aprender y enseñar a producir sustancia simbólica a partir de la trasformación de materiales históricamente acotados por el campo de la historia del arte, por un lado, y de la producción industrial mediática de las imágenes, por el otro, para generar una poética (si se puede nombrar a dicha acción como parte del ser artista), no son aspectos que se enseñen a profundidad o ni siquiera superficialmente dentro de las escuelas.

Entonces, ¿por qué se han querido profesionalizar/disciplinar a las artes con la creación de carreras “formales”?, ¿qué lastres positivistas o colonialistas perviven en las instituciones que forman artistas profesionales?, ¿cuáles son las expectativas de los estudiantes que buscan esta formación?, ¿a qué intereses sirven y bajo que ideología operan las escuelas de arte y las universidades en nuestros días?, ¿cuáles han sido y podrían ser sus funciones formativa y social?, ¿qué contribuciones hacen estas instituciones y sus egresados a las contingencias de nuestra realidad?

El dilema de la formación artística (profesional) radica en que el impacto de un suceso artístico no depende exclusivamente de un emisor de significado frente a un receptor de enunciados plástico-poéticos. La definición y relevancia del suceso «arte», dentro de una sociedad, depende del grado de conexiones que éste detone en tanto potencia política, ética, social, crítica y estética. Una potencia que represente un valor de uso dentro de uno o varios grupos de personas, independientemente del valor de cambio del arte como una condición exclusiva del mercado. Esto permitirá generar un interés en las obras de arte sin tener la necesidad de adquirirlas o relacionarnos con ellas como objetos de consumo. Y así, la educación artística podría liberarse de un sisma industrial de producción de productos, al tiempo que se ubique como una práctica de cuestionamiento, intercambio, conocimiento y aprendizaje de las singularidades de nuestro mundo.

La educación artística es un fraude cuando intenta formar las actitudes y procederes singulares de personas autonombradas como “artistas” dentro de una sociedad de consumo y sin ningún tipo de compromiso social como egresados de instituciones educativas públicas. Otro caso es el de las universidades privadas: sus fines, en ocasiones, responden con mayor claridad a las lógicas neoliberales de formación de profesionistas con perfiles gerenciales o empresariales. Un dilema que se ha intentado dirimir desde procesos ejecutivos de formación profesional, ubicando a las escuelas más como agencias de colocación de artistas de “alto rendimiento” —similar a los clubes que preparan futbolistas para el espectáculo de masas—, que como espacios de formación y reflexión de una práctica social. ¿La razón? En gran parte se debe a la fantasía de movilidad que comparten el arte y el deporte, incluso desde la especulación bursátil de ser profesionales: basta un “golpe de suerte” para lograr la ansiada movilidad económica y el reconocimiento social instantáneo.

Hoy en día, las escuelas de arte asumen que, para formar un artista, es tan importante enseñar a hacer un portafolio y hablar en público, como enseñar a esculpir, pintar o dibujar. De ahí el fraude. Un ejemplo: los entrenamientos en el campo de producción cinematográfica del pitching, destinados a “vender” la idea de una película a un grupo de posibles inversionistas a partir de un tráiler y una carpeta del proyecto. Sin embargo, el suceso artístico no se define por una sola persona, sino a partir de una serie de convenios sociales que hacen que un gesto tenga una identificación poética expandida para varios actores. Si para que una obra sea considerada arte debe condensar en sus elementos la suficiente sustancia simbólica que ayude a activar los diferentes campos que la señalen como parte del relato del público del arte, lo que realmente le conviene a las universidades en la actualidad es un examen crítico de sus presupuestos y fundamentos últimos para comenzar a identificarse como centros que inciten a la transformación o reflexión poético-singular de la expresión y el intercambio público, proponiendo y generando puentes con otros campos del saber.


La Plataforma Arte Educación (PAE) surge en 2011 como un esfuerzo conjunto de profesionales del ámbito de la educación en museos y espacios de artes visuales en la Ciudad de México (Mónica Amieva, Violeta Celis, David Miranda, Samuel Morales y Felipe Zúñiga), que busca establecer redes de colaboración entre diferentes agentes culturales y campos de saberes. Hasta el momento la PAE ha desarrollado los siguientes proyectos experimentales de curaduría pedagógica: Transversales (Esmeralda, ESAY, Universidad de Guanajuato, UDLA-P, 2016-2017) Documento, memoria y partitura (BORDER, 2015), Radiales: situaciones experimentales de escucha (Casa Vecina, 2014), Campo de pruebas 1+1=11 (SITAC XI, 2013) y Laboratorio de mediación (Casa del Lago, 2012). Actualmente los miembros activos de la PAE son Mónica Amieva, David Miranda y Felipe Zúñiga.

[1] Camnitzer, Luis. «La educación artística como fraude» (2009). Cuadernos Grises #4: Educar arte / Enseñar arte.


[8 de febrero de 2017]

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