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Emilia & Ilya Kabakov, El barco de la tolerancia en Siwa, Egipto (2005) ©Ilya & Emilia Kabakov

Opinión: ¿Por qué se van los artistas?

Enero 06, 2015

Mariana Castillo Deball es una artista nacida en la ciudad de México que estudió en la ENAP pero que actualmente radica en Europa, donde ha realizado gran parte de su carrera. La tapatía Claudia Cisneros, por otro lado, complementó su educación artística en la capital para luego regresar a su ciudad natal —actualmente presenta Estudio abierto 4: Máquina del tiempo en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ). Un caso similar es el de Chantal Peñalosa, de Baja California, cuya obra reflexiona sobre la percepción del tiempo en la ciudad de Tecate. La artista ha trabajado en el centro del país y en el extranjero, y reside en la ciudad norteña por la estrecha relación que tiene su obra con el contexto.

Por su parte, Raúl Merla, artista regiomontano, está pensando seriamente en venir a trabajar a la ciudad de México porque, desafortunadamente, no ha encontrado los suficientes espacios de difusión, crítica y de educación complementaria en su lugar de origen. Y Kimberly Cordova es una artista norteamericana que viajó a México para cursar el Educativo de SOMA. Aunque tenía trabajo en su país natal, no sería extraño que decida permanecer en esta ciudad.

Aunque el fenómeno de migración de artistas no es exclusivo de esta época, sí lo son sus motivos. Más allá de la comprensión de las motivaciones individuales de los artistas nacionales para movilizarse dentro y fuera del país, así como de la llegada de extranjeros para vivir de manera temporal o permanente en México, este fenómeno tiene que ver con uno mucho más amplio: el de la deslocalización de los procesos artísticos que comenzó en la década de los 90.

Dadas las limitaciones de este espacio, me detendré solamente en señalar al menos tres factores que han provocado la movilidad: el primero tiene que ver con el ya conocido motivo de la educación artística y con las posibilidades laborales a descubrir fuera del país. Como lo declaró recientemente Castillo Deball, la educación artística de México es deficiente y no permite reflexionar sobre el arte contemporáneo como a muchos de los artistas les gustaría.

En busca de formación complementaria, los artistas viajan, sobre todo a Estados Unidos y a Europa —algunos de ellos nunca regresan, mientras otros lo hacen provechosamente. Algunos se trasladan al exterior para trabajar o realizar residencias en el extranjero, situación que les permite mayores beneficios económicos por su trabajo, así como la posibilidad de formar parte de redes internacionales.

La mismas razones educativas han atraído a diferentes artistas de otras partes del mundo pero por motivos que no son exclusivamente académicos: la reputación que tienen algunas instituciones de educación superior como la UNAM, así como las becas que ofrece el gobierno mexicano permiten estudiar a bajo costo beneficiándose no sólo de los servicios que ofrecen dichas instituciones sino además del campo del arte local. Lo que me lleva a la segunda variable: México, y en particular su capital, ha logrado consolidar un campo propicio para el arte contemporáneo —en relación con el mercado, la exhibición y la producción—, donde confluyen intereses que permiten una relativa visibilidad tanto del artista como de su práctica; es un lugar de circulación de obras y de personas.

Por último, es claro que la práctica de arte contemporáneo es cada vez más recurrente al interior de la República. Sin embargo, a falta de una infraestructura local que sustente dicha práctica, muchos artistas viajan al centro o al exterior para poder trabajar, o deciden quedarse para construir redes desde allí, en contacto con otros lugares. Es evidente que la movilidad en y del arte ya no sólo es recurrente sino que se ha convertido en una condición misma del ejercicio disciplinar. Valdría la pena preguntar: ¿qué tipo de efecto (y afecto) es generado por el movimiento de la resituación geográfica, en tanto transformación y entendimiento del campo artístico?


Daniel Montero es doctor en Historia del Arte. Ha sido docente en varias instituciones de educación superior y ha participado en diferentes proyectos de curaduría y promoción cultural. Publicó El cubo de Rubik, arte mexicano en los años 90 (2013).

 

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