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Adrienne Marie Louise Grandpierre- Deverzy, L'Atelier d'Abel de Pujol (1822). Museé Marmottan Monet, París.

Opinión: #MuseosFeministas

julio 28, 2017

Parece que en estos días la palabra feminismo está en boca de todos. Sin embargo, tristemente, los feminicidios se incrementan mientras los medios de comunicación y redes sociales los atienden como un tema extenso, normalizado y apremiante. Éste es, entre otros, uno de los problemas que el feminismo lleva décadas poniendo sobre la mesa.

Hablar de la situación y las condiciones actuales que rodean el papel de la mujer en el ámbito de la cultura y el arte implica hacer una amplia radiografía que toque todos los niveles de la vida social —el trabajo, la producción estética, la educación y un largo etcétera—, ya que hablar sobre género y las desigualdades que viven las minorías es un asunto transversal. El panorama, contra lo que algunos suponen, no es más alentador en las artes.

Desde las sobadísimas referencias bibliográficas en los textos críticos de arte que citan mayoritariamente teorías escritas por varones, los programas escolares donde hay una predilección por enseñar la visión patriarcal del arte, mesas de discusión en los simposios donde las mujeres fungen como moderadoras y no como ponentes, hasta galerías y ferias de arte que presentan en su mayoría obra realizada por hombres; una lista que se extiende sobre momentos y situaciones de las que pocas veces somos conscientes. Queda claro que el tema del género es una problemática que se prefiere no atender de manera frontal ni directa dentro del arte.

El machismo es un problema que demasiados museos, curadorxs y artistas ven como ajeno, fuera de su campo de acción y responsabilidad. Al parecer, es una problemática de la que nadie se quiere hacer cargo.

Recientemente el Walker Art Center en Mineápolis se vio inmerso en una controversia debido a la pieza Scaffold de Sam Durant, una instalación que remite a las horcas que el gobierno norteamericano usó desde 1859 hasta 2006 para realizar ejecuciones públicas. Si bien la pieza buscaba hacer énfasis en el racismo institucionalizado y funcionar como punto de partida para una nueva reflexión, y condena de este tipo de prácticas, la reacción y movilización de las primeras naciones descendientes de las comunidades violentadas en la Masacre de Dakota (una de las ejecuciones que menciona la pieza de Durant) fue de descontento y de rechazo. De esta controversia me interesa rescatar la postura del artista, la curadora y el museo, ya que hicieron pública su respuesta hacia las comunidades afectadas y reconocieron haber actuado sin pensar, sin cuestionarse o considerar la visión de las personas íntimamente ligadas a lo que la pieza deseaba reprobar. Más que alarmarnos u oponernos al descontento y las reacciones de quienes levantan la voz, veo esta protesta como una oportunidad de situar al museo en un diálogo real para que se cuestione cuáles son los privilegios que defiende, y una oportunidad para revisar los supuestos que el museo da por hecho en relación a las minorías, ya sea que se trate de pueblos indígenas, mujeres, comunidad LGBT, discapacitados, etc.

Otro dato interesante que me parece importante señalar es que, si bien la función del curador dentro de las instituciones es ocupada frecuentemente por mujeres, los artistas exhibidos en los recintos siguen siendo mayoritariamente varones; muy probablemente tampoco somos conscientes de esta situación. En su texto Home Economics, Nanne Buurman compara al museo con el hogar y habla sobre la economía política de las exhibiciones, relacionando la división del trabajo no remunerado en el hogar (love labour)1  con una labor curatorial que prefiere dar visibilidad al trabajo de otros (los artistas), dejando el suyo (curadorxs) en un espacio poco visible. Aunque Buurman habla también de la diferencias entre este tipo de curaduría y la curaduría de autor (donde el curador es protagonista), es una postura que vale la pena revisar.

Finalmente, el ejercicio curatorial dentro de una institución —y sobre todo una institución pública— tiene un compromiso público, ya que es uno de los lugares desde donde se escribe la historia del arte actual. Es necesario que desde la práctica curatorial hagamos conciencia de este problema y aceptemos que aún no existe igualdad.

En el 2015 inicié Satélite, un proyecto curatorial donde se cuestiona y reflexiona sobre la institución del museo. Para febrero de este año invité al colectivo (e)stereotipas a colaborar con un video titulado El machismo en el mundo del arte.2 El video tiene un tono fársico y paródico, como algunos de los videos que ha realizado este colectivo compuesto por Catalina Ruiz Navarro, Estefanía Vela y Marcela Zendejas, y que tiene como colaboradoras a Eréndira Derbez y a María José Sesma. En la pieza nos interesó abordar el machismo desde el contexto de las exhibiciones y los museos, resaltando la escasa inclusión de mujeres. Quisimos hacer hincapié en lo que curadoras y/o artistas como Karen Cordero, Magali Lara y Mónica Mayer (por citar algunas) han venido trabajando por años en México, subrayando la falta de oportunidades, las descalificaciones machistas usuales y el problema de legitimación que se tiene como mujer artista.

Ser feminista es creer en la igualdad, identificar y denunciar las desventajas, exigir el cese de la inequidad de oportunidades profesionales y, en general, luchar por el fin de las desigualdades contra las minorías. En el arte y sus instituciones, el feminismo debería ser un compromiso constante y cotidiano que no se supedite, por ejemplo, a las retrospectivas que funcionan casi como cuota para incluir a las mujeres y a las minorías. Debemos fomentar y alentar, desde dentro y fuera del museo, acciones y proyectos que busquen como fin esta justicia social.

La violencia de género, la homofobia, el racismo y clasismo que se viven en el país son evidentes. Mas allá de la preocupación por el número de visitantes por año que tiene cada museo, ¿no sería más próspero y comprometido preguntarnos cuál es la postura del museo ante estas problemáticas?

Dentro de Satélite, y en colaboración con el CIEG, en meses próximos estaremos iniciando el proyecto #MuseosFeministas, que funcionará como una especie de certificación anual para museos. La idea es hacer un análisis cuantitativo con los datos que arrojen las exposiciones que cada museo en México haya albergado desde su fecha de apertura. Este proyecto tiene como inspiración el trabajo de Guerrilla Girls y W.A.G.E. y, si bien los resultados hasta ahora desalientan, se logra percibir cierta diferencia favorable en los últimos años en algunas instituciones. Aun así, el panorama sigue siendo preocupante. Para no adelantarme, pero sí dar un breve ejemplo, observamos que algunos museos tuvieron un 6% de mujeres exhibidas durante su año de apertura. Sin embargo, creo que este tipo de ejercicios nos dará una instantánea, cuya intención es aumentar el ánimo por cambiarla.

#MuseosFeministas buscará hacernos conscientes de que allá afuera hay otro mundo que nos resistimos a conocer, una comunidad artística llena de profesionistas talentosas: teóricas, curadoras y artistas que también deben ser nombradas.

1. Nanne Buurman, «Home Economics», Esse, mayo 2017.

2. (e)stereotipas y Satélite, «El machismo en el arte», video de YouTube, 4:40, publicado por (e)stereotipas, 10 de febrero del 2017. 

Violeta Solís Horcasitas es curadora independiente. Fue curadora de La Tallera y formó parte del área de Investigación y Programas Curatoriales de la Fundación / Colección Jumex. Dirige la iniciativa curatorial Satélite, que reflexiona sobre la institución del museo.

[ 28 de julio de 2017]

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