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Opinión /Arquitectura: La rebelión del contenedor

enero 14, 2014

La idea de educar a través de los museos fue parte del discurso de la arquitectura moderna en México. Tras la etapa del régimen post-revolucionario mexicano que fue llamada por José Vasconcelos como un período de “construcción de instituciones”, consumada con el lema que propone para la Universidad Nacional Autónoma de México: Por mi raza hablará el espíritu, la confluencia de esfuerzos modernizadores para promover el progreso de la nación se forjó con la cultura. En los años cuarenta Jaime Torres Bodet dio continuidad a una visión educativa y fundó el organismo que habría de proyectar y construir en todo el país “los espacios educativos que México requería” con el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE). En los cincuenta, la creación de la Ciudad Universitaria y más adelante el Instituto Politécnico Nacional serían antecedentes de la infraestructura educativa de modernización nacional, a la par del desarrollo cultural que continuó con la transición del medio siglo. Una de las líneas de evolución del país se dio a través de la afirmación de los valores nacionales con el fortalecimiento de museos, bibliotecas y centros culturales, construidos en la segunda mitad del siglo 20 por Pedro Ramírez Vázquez, así como las “grandes” obras subsecuentes en los últimos sexenios de gobierno, como el Centro Nacional de las Artes, la Biblioteca Vasconcelos o la nueva Ciudadela.

Pero más allá de nuestro contexto local, y la construcción de una cultura dispersa y sesgada por periodos de poder, el museo se ha convertido en el foco de atención del proyecto más reciente de la arquitectura de la ciudad en el que los arquitectos son los “creadores” de la nueva escenografía urbana. En los museos, el arquitecto sigue apareciendo como el genio único y grandilocuente. En Un tiempo de rupturas (Crítica, 2013), el historiador Eric Hobsbawm escribió que una de las grandes artes a la que le va bien en la actualidad es la arquitectura, y vaticina que así seguirá siendo en el siglo XXI por la necesidad de edificios estrella:

“En el transcurso del siglo XX, el arquitecto —en especial, de los grandes edificios públicos— se ha convertido en el soberano del mundo de las Bellas Artes. Sabe expresar de la forma más adecuada (es decir, la más cara e impresionante) la megalomanía de la riqueza y el poder, así como la de los nacionalismos. Pero ¿qué tipo de edificios se convertirían en símbolos del siglo XXI? Algo sí está claro: serán grandes. En la era de las masas, es menos probable que sean las sedes de los gobiernos, ni siquiera las de las grandes empresas internacionales, aunque sigan prestando sus nombres a los rascacielos. Es casi seguro que se tratará de edificios (o complejos de edificios) abiertos al público”.

Y como bien público, siguiendo a Hobsbawm, el museo condensa las funciones de los antiguos y “grandes recintos de espectáculos” —las iglesias, catedrales o teatros— que ahora se pueden acotar también en colosales centros comerciales o espacios deportivos.

Así, el museo es entendido como soporte ambiental y urbano y no como máquina de información perceptiva, aunque a veces suceda lo contrario. No es casual, para bien o para mal, que las últimas dos “notables” piezas de infraestructura museográfica en México sean más debatidas y discutidas por su forma —escandalosa, suntuosa o escultórica— que por sus vastas colecciones y curadurías. “El museo ya no es un limbo”, decía el curador Cuauhtémoc Medina en una conversación con Javier Barreiro hace un par de años:

“El arte contemporáneo ha tenido que absorber el efecto de su significación social, de la demografía de sus públicos, de la institucionalización y del prestigio que representa. Al mismo tiempo, ha ampliado sus estructuras, ocupando espacios enormes de exhibición, que provienen tanto de la adaptación de edificios industriales o históricos como de la arquitectura institucional emblemática. De manera muy esquemática, el modelo que señaló el Pompidou en los años setenta se generalizó; la concepción de ese contenedor enorme, flexible, que combina espacios de exhibición, de acumulación de información y de centro cultural público”.

El discurso de años recientes ha reiterado insistentemente que el museo ya no es un contenedor de patrimonio ni alarde de colecciones y que debiera apoyarse en el potencial espacial de su edificio, en sus posibilidades de producir —desde al arte— situaciones públicas aún sin consolidarse. Lo relevante, parece, es la contraparte, la proliferación de pequeñas instituciones alternativas y la amplitud de tácticas que han rebautizado el blanco canónico del famoso “cubo blanco” por dispositivos en continua transformación y construcción de identidad que, en su mayoría, destaca un espacio público más significativo ante la crisis de la noción de la plaza y la calle. Aunque aún como esfuerzos aislados o proyectos intermitentes, colectivos, galerías y talleres buscan el cambio de percepción, ante la misma profusión de museos escenográficos y la batalla con los centros comerciales como “grandes recintos de espectáculos”.

Recientemente, la pequeña exhibición en el Museo Tamayo del GRAV Groupe de Recherche D’Art Visuel 1960-1968. Una visión otra contagia un ambiente singular que permite al visitante un acercamiento espontáneo al arte. Sin el tiempo y espacio para citar más exposiciones —aunque postularía Vanguardia en México: 1915 -1940 en el Museo Nacional de Arte como la más relevante del año pasado en un contexto historiográfico y documental—, el debate sobre estas reflexiones museográficas pudiera concluir en el modelo o formato de estos espacios. Los museos experimentales, como El Eco; fábricas de trabajo, como La Tallera; fábricas reinstaladas, como el Centro de las Artes de San Agustín Etla; así como modelos de fuera como las fábricas de creación Fabra i Coats; esquinas sociales-críticas como el Storefront for Art and Architecture; o centros de investigación documental y exhibición como el Canadian Centre for Architecture, son sólo algunas buenas tipologías para recomenzar.

El fin último de esta rebelión contenida del espectáculo cultural podría figurar en una ciudad de palabras y aliento vislumbrada por artistas (y su público) hacia un cambio de giro sobre los procesos constructivos, las posibilidades sobre el potencial de espacios simbólicos y del propio concepto de museos en la ciudad. Al igual que la vivienda (en serie), un salto de cantidad a calidad. Un movimiento artístico en ruptura con las convenciones establecidas del arte, no de la sociedad. Un acercamiento al arte desde nociones urbanas cotidianas, de paisajes emergentes y moldes sin hornear.


[14 de enero de 2014]

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