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Bordado colectivo, por Mariana Lorenzo y Marina Corach (2017).
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Laura Farlete, Sin miedo a envejecer. Imagen tomada de proyecto kahlo.com
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Yolanda Oreiro aka Mitucami mituca, Imagen tomada de proyectokahlo.com
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Bordado colectivo, por Mariana Lorenzo y Marina Corach (2017).
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© Sara Fratini. Imagen tomada de su página oficial en Facebook.

Opinión: La amistad como transformación

agosto 28, 2017

Las complejas formas en que la violencia ha irrumpido en nuestras vidas son, en muchas maneras, un signo de los tiempos. Opresión del Estado contra la ciudadanía, políticas extractivistas que desmantelan los recursos naturales favoreciendo a empresas o conglomerados de capital internacional. El mundo parece ser un espacio en proceso de aniquilación. En medio de este panorama desolador, la violencia contra las mujeres ha adquirido, a decir de algunxs, el rasgo de una pandemia. Dan pocas ganas de estar aquí, dan pocas ganas de pertenecer a este presente. Sin embargo se está, y quizá más que nunca sea necesario encarnar el espacio, poner el cuerpo y dar voz a la voz misma. La voz que se levanta y que se expresa o grita desgarradamente, la voz que pide ni una más, la que aclara: vivas nos queremos.

Esa voz es una voz latinoamericana que se hizo escuchar desde años atrás pero ha vuelto a surgir en fechas recientes y, a momentos, parece la única lucha radical vigente, no por falta de movimientos sino porque aparentemente el enemigo —el poder dominante— vence por cansancio o por apabullamiento, o porque todo su aparato es sumamente denso, enorme e imposible. Como sea, cuando sobrecoge el silencio, aquel que acompaña a la sensación de parálisis, es cuando, inesperadamente —porque ya no hay otro recurso—, ha surgido también una acción, un impulso que redobla fuerza.

La presencia de los feminismos se percibe en todas las latitudes del planeta; han modificado de manera contundente la forma en que estamos presentes las mujeres, y aparecen por una urgencia. Y aunque esto parece alentador, no hay que dejar de ver que también han sido minimizados, satanizados, ridiculizados o combatidos, incluso han sido fagocitados por el mismo neoliberalismo (para leer una crítica al respecto, se puede recurrir a la inglesa Nina Power). Pero al margen de todo esto, al margen de que ser feminista implica renovar cada día la lucha; muy al contrario de batallas ganadas, como a veces dicta el optimismo confortable de quien quisiera que la realidad fuera una línea argumentativa bien escrita y nunca distorsionada, sostener la causa feminista implica un proceso de desmontaje, si se quiere vivir en pleno.

Y hago sentido: en una muy reciente entrevista, Raquel Gutiérrez, académica y exguerrillera, una de las voces imprescindibles del feminismo latinoamericano, señala la vigorosidad y la energía de la lucha feminista actual defendida por cientos de mujeres jóvenes que toman las calles tanto en Madrid como en Buenos Aires o México. Aunque las condiciones son distintas en cada ciudad, en todas se tocan las fibras: esa muestra multitudinaria que busca detener la oleada de violencia contra las mujeres. En Argentina surgió con poderoso empuje la campaña «Ni una menos», simbolizada a través del paro de actividades, y, como apunta Gutiérrez, estableció una reflexión crítica en el lazo que une trabajo, precariedad y la lucha feminista. (¿Cómo sería un día sin que las mujeres nos hagamos cargo de nuestras labores? Lo que arroja una luz en torno al asunto, también necesario, de hablar del trabajo doméstico, ese que se ha adjudicado a nosotras históricamente, como si se tratara de un bien común —analiza Silvia Federicci—.) Y en esa acción de paro, en esa metáfora: las mujeres de veinte, de treinta, de cuarenta, cincuenta y más, nos encontramos en las calles, indignadas, representando la voz de nosotras y de cada cuerpo asfixiado por el patriarcado; la lucha no parece cejar.

Pero hay otro gran enemigo a vencer, y es un dispositivo de rencor y competencia, esa semilla que el neoliberalismo nos deposita en el paladar al nacer: eso que nos lleva a combatir a la otra como si fuera la peor enemiga. A esa sombra alude un texto hermoso recientemente publicado por Pensaré Cartoneras: A nuestras amigas. El título alude al texto de Tiqqun, y es una intervención a éste (A nuestros amigos). A nuestras amigas, escrito por Edda Gaviola, tiene como subtítulo sobre la amistad política entre mujeres y es una carta que honra la memoria de una amiga, tal cual, la feminista chilena Margarita Pisano.

Tengo, al escribir, la sensación de que hablar del texto sería demeritarlo, pasarlo a segundo plano. Lo que quisiera es reescribirlo completo para memorizar varios de sus pasajes y discutirlos con mis amigas y mis no amigas, con todas las mujeres que quieran hablar de cómo subvertir esos mecanismos que nos distancian. Me gustaría leerlo pero desde la naturaleza misma, no idealizando, sino aceptando las posibilidades y los fracasos que puede implicar el ejercicio de repensarse a una misma: la amistad política se entiende como «la necesidad urgente de cambiar de signos la vida y la historia, pasando por la construcción respetuosa de confianzas y querencias mutuas que se van perfilando en el camino del descubrimiento de la otra, de una misma y de una genealogía de mujeres», y en esa urgencia Edda señala la importancia de despojarse de la animadversión, las envidias y las rivalidades, así como de «mantener presente que es necesario trabajarlas, desmenuzarlas y estar atentas para que no vuelvan a aparecer como parte del mandato histórico de la enemistad entre mujeres y la misoginia internalizada». A primera vista parece, y lo es, una labor titánica. Luego se me ocurre pensar las muchas posibilidades que este pensamiento arroja, la propuesta de inventarse otra forma de estar, y, de repente, la idea parece no ser descabellada… Porque es necesario actuar con urgencia y esa urgencia está latente en todo espacio, llámese país determinado, llámese territorio. ¿Por qué pensar que las formas afectivas impuestas por el capitalismo tienen que perdurar cuando este sistema económico se desmorona por todas partes? Quizá plantear la posibilidad de una recomposición de los afectos repensándolos desde los feminismos sea más que pertinente ahora. Gaviola habla de construir complicidades políticas, lo que implica pensar juntas, reconociendo los saberes de cada una, dando el espacio para que cada una esté y poner este espacio a disposición para el aprendizaje mutuo. ¿Suena acaso más complejo que encontrar un lugar en el mercado (ya no espacio) a partir de competencias desleales?, ¿es más complejo fincar muros que proponer un espacio de respeto mutuo? ¿En qué momento los principios de una convivencia en armonía con el entorno y con lo que una misma requiere se convirtieron en defensa compleja de un yo que «necesita» más cosas de las que en realidad necesita? ¿Suenan ingenuas estas preguntas? Quizá, pero son tal vez las mismas que Margarita Pisano pudo haberse hecho. Pueden ser esas mismas preguntas el punto de partida de muchas feministas que mapean su propio cuerpo, proponiendo borrar la huella de la medicina obstétrica —otra historia de abusos— y pensando el acto de renombrar sus zonas con nombres que hacen homenaje a las mujeres utilizadas por los médicos ginecólogos que, a partir de la tortura a esas mujeres, inventaron un territorio corporal ajeno. Y estas reflexiones se desprenden de un texto que da cuenta de años de una amistad entre mujeres, y de lo que éstas conversaron e imaginaron durante caminatas y estancias juntas. Eso que hacemos cuando en los espacios públicos estamos indignadas, eso es lo que urge proponer en lugar de seguir contando cuerpos.

El texto de Edda da cuenta de una decepción ante los feminismos. Ella misma señala la institucionalización como uno de los grandes fracasos y raptos de las ideas del repensarse como mujer autónoma, mujer rebelde. No estoy muy segura de suscribir ese fracaso porque, ante esta oleada intergeneracional, ante este dramático ascenso en los niveles de violencia, es necesario estar, y no concibo otra forma de estar que no sea con los feminismos, los muchos, los que chocan entre sí, incluso. Pero estar, como estamos juntas, diciendo ni una más y vivas nos queremos. A nuestras amigas ilustra las oscilaciones de vida, las construcciones y las decepciones, y en sí mismo el texto articula cómo esas herramientas —a las que al principio de este texto adjetivé como sofisticadas, porque lo son— de la violencia, esas sofisticadas, complejas y voraces herramientas parecen devorarnos. Pero también creo, como escribe en un texto Verónica Gago, que «hay formas de pensar que invitan a la travesía, a la aventura, a un deslumbramiento que deja temblando el cuerpo. Son prácticas del saber que comunican un estado de revuelta, de insumisión. Un estado sensible». Con todas sus decepciones y sus magníficas construcciones, el texto de Edda clarifica el espacio donde es preciso detenerse a construir con atención, con auto-observación y sin complacencia, pero con complicidad y con la idea de que esa es una revuelta que se da en un nivel íntimo y, por lo tanto, profundamente político.

Mónica Nepote es poeta, ensayista y editora. Autora de los libros Trazos de noche herida, Islario y Hechos diversos. Está a cargo del proyecto de E-literatura en el Centro de Cultura Digital.

[28 de agosto de 2017]

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