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Pia Camil. Entrecortinas: Abre, jala, corre (2014). Performance para la feria Frieze NY. Cortesía de la Galería OMR y de la artista
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De izquierda a derecha: Hilda Campillo, Mónica Mayer y Maris Bustamante (1991) ©Ana Victoria Jiménez

Opinión: ¿El tiempo de las mujeres?

junio 09, 2015

Según Julia Kristeva el tiempo de las mujeres es cíclico y atemporal. El problema de esa aseveración es que además de ser un concepto, mujer también es cuerpo y su tiempo se acaba. Fin. Hoy desperté pensando en Kathy Acker, una gran artista que se quedó sin tiempo. Una novelista verdaderamente revolucionaria, ácida, tatuada y con piercings, feminista pro-sexo y reina de la contracultura en su momento, que dejó de serlo y, para muchos por esta razón, quedó en el olvido. ¿Cuántas mujeres artistas así hay en México? Incontables.

Hace poco escribí un artículo breve —siempre es demasiado breve el espacio en los medios para las mujeres de un país como México— acerca de las pioneras del arte acá: hablé de Maris Bustamante y de Mónica Mayer, de Pola Weiss y de Sara Minter, y hablé de mi omisión de Helen Escobedo, de Magalí Lara, de tantas otras antes y después. Hablé de cómo una galería de arte que tuviera una lista de artistas con estas omisiones sería una maravilla. Hablé de la falta de una retrospectiva del arte feminista en México al estilo de la gran muestra WACK! Art and the Feminist Revolution (de 2007, en la cual se incluye a Mayer, por cierto). Allí le paro. O no. Propongo un ejercicio: piensen rápido en artistas contemporáneas mexicanas vivas y trabajando. ¿Quién les viene a la mente? ¿Y después? ¿Y después? ¿Cuándo se agota su lista sin tener que consultar Internet?

Si hacemos caso a los listados de artistas mujeres en las galerías prominentes de la ciudad, la lista es corta. Si hacemos caso a las mujeres mexicanas incluidas en catálogos de arte en el mundo o en exposiciones de museos, es muy corta. De Frida a Teresa Margolles pareciera que sólo hay un paso y tres artistas. Y claro está que esta ausencia en las listas no es una ausencia real. La pregunta que me viene a la mente es: ¿cómo es posible que con mujeres a la cabeza de muchas de las instituciones más prominentes de la ciudad (no solamente galerías, sino también museos), con mujeres dirigiendo, curando y ocupando posiciones de poder —por ejemplo en el Eco (Paola Santoscoy), hasta hace muy poco en el Tamayo (Carmen Cuenca) y ahora en Jumex (Julieta González), por nombrar tan sólo unas cuantas instituciones públicas y privadas—, y con una mujer que leo y admiro, como la mejor crítica de arte mexicana, no se ha hecho más visible el arte hecho por mujeres?

Quizás en un país donde los feminicidios son cosa de todos los días, preguntar por la visibilidad de las prácticas artísticas hechas por mujeres es ridículo o necio. O tal vez es esencial. Por algún lado hemos de empezar. Otra anécdota: está a la vista en su tercera y última entrega una gran exposición en un espacio llamado Lulu, aquí en la Ciudad de México: Lullennial es una suerte de microbienal ambiciosísima y excelentemente curada. En varios de los artículos y reseñas que han aparecido sobre ella, se ha omitido el nombre de la curadora mujer: Fabiola Iza. Se menciona a Chris Sharp y se borra de la memoria a la mujer mexicana que hizo la labor en conjunto. Incluso la última vez que visité la Lullennial, Chris Sharp me pidió encarecidamente no olvidar que fue una labor de dos. ¡Qué bochorno! Nada nuevo bajo el sol. Pero más allá de hacer una lista de omisiones o de microagresiones en contra de la mujer artista, ¿qué quiere decir todo esto para la escena del arte (si no es que para la realidad mexicana)? ¿Cómo empezar a cambiar la situación?

Me tomo la libertad de ocupar este espacio para hablar de las que no se habla. Para dejar huella de que allí están. Existen iniciativas como el grupo de trabajo queer-feminista invasorix, todas artistas, que conjuntamente hacen videos, canciones y generan situaciones-eventos para llevar el arte a la calle y hablar de género. Pero también miremos lo que está pasando a nuestro alrededor este mes, como la exposición de Tania Pérez-Córdova en Proyectos Monclova, una reflexión inteligente y aguda sobre el intercambio: entendido desde su tarjeta de crédito impresa en el barro, hasta los pupilentes de colores que portan amigos suyos durante la inauguración y después descansan en su elegante repisa de mármol, o los vidrios doblados e intervenidos de las ventanas de su estudio. Explora el intercambio no sólo de valores y de materiales, sino también de miradas, de perspectivas.

Otra artista que sale a la luz este mes es Pia Camil con su proyecto especial para Frieze Projects, en Nueva York, donde creó miles de ponchos al estilo de sus pinturas Espectaculares,
con retazos de telas, para regalar y que la gente los lleve puestos o los use como manteles de picnic coloridos. Son piezas de conversación y buscan otro tipo de intercambio que el que se genera en las ferias de arte.

Al final no es totalmente fortuito que haya pensado en Kathy Acker: en su época se la apodó Kathy Hacker, no sólo por ser un icono del cyberpunk, sino también porque para lograr un intercambio hizo que sus textos estuvieran conformados por textos robados del canon de los autores varones pero hackeados, recortados, deconstruidos. Una manera más de buscar un intercambio como mujer, de intervenir como artista. Tres ejemplos de artistas mujeres: tres lecturas de su obra como un intercambio que interpela su contexto y nos sigue interpelando. Hace falta responder.

 

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Gabriela Jáuregui es poeta y traductora, es doctora en Literatura comparada por la Universidad del Sur de California. Ha colaborado para publicaciones como Frieze, Art Review, AnOther y Tierra Adentro. Es miembro fundador de SUR+ ediciones y editora de arte de Frente.

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