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Alejandro González Iñárritu, El renacido (2016)
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Opinión: El renacido. Otra pretenciosa cinta de Iñárritu

enero 25, 2016

Desde Babel (2006) hasta Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (2014), pasando por Biutiful (2010), considero que el cine de Alejandro González Iñárritu ha sido sobrevalorado. Acaso la más redonda de sus películas fue 21 gramos (2003), drama de una complejidad notable donde el director mexicano puso sus dotes técnicos al servicio de una historia —con el guión de Guillermo Arriaga– y unos actores —Sean Penn, Benicio del Toro y Naomi Watts— en verdadero estado de gracia.

El problema con el cine de González Iñárritu es su permanente intención por demostrar maestría en el arte de la imagen en movimiento. Quizá tendría resultados más eficaces si se limitara a tomar proyectos meramente industriales en los que se limitara a componer planos y colocar la cámara en el sitio más conveniente —algo que sin duda sabe hacer—, dejando de lado sus pretenciosas consideraciones formales y narrativas.

En El renacido seguimos la historia de un explorador del siglo XIX (Leonardo DiCaprio) que, tras ser atacado por un oso en una expedición, es abandonado por sus colegas y lucha por sobrevivir. Qué duda cabe: técnicamente cuenta con una calidad insuperable, principalmente su fotografía, a cargo de Emmanuel Lubezki, quien se vale de la naturaleza para  conjugar todas sus variables, mostrando un dominio pleno del uso de la luz.

Sin embargo, es en el trazado de la historia y en las formas narrativas de la cinta donde hay un déficit enorme. En cuanto a los personajes, se evidencia un tono maniqueo propio de los dibujos animados infantiles. Fitzgerald (Tom Hardy), resulta un villano en toda regla: el más malo de todos, sin motivaciones o contrastes. Glass (Leonardo DiCaprio) es la contraparte: un tipo totalmente martirizado del que tampoco se ofrecen contrapuntos, delineado por circunstancias meramente físicas  —retorciéndose todo el tiempo, jadeando, hablando entre dientes, pujando—, cuyo máximo mérito histriónico seguramente radica en que mordió un pescado crudo.

Otro aspecto fallido es el persistente tono de superación personal en el relato, con un protagonista al que todo le pasa y de todo se sobrepone. Su integridad nunca se ve comprometida pues, desde el inicio, parece estar escrito que habrá de sobrevivir pese a todo, y que lo importante es que nunca se dará por vencido. Coronando el panfleto, Iñárritu pone de manifiesto cierta motivación religiosa en la parte final de la película, dejando “en manos de Dios” el desenlace. Al estar basada en una historia real, El renacido fracasa en hacer de lo verdadero algo inverosímil.

Con esta entrega, el cineasta mexicano se queda a medio camino entre el preciosismo lírico de las mejores películas de Terrence Malick (La delgada línea roja, 1998) y la epopeya vitalista de Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975) con un halo permanente de reflexión, muy a lo Paulo Coelho (A orillas del río Piedra me senté y lloré, 1994), arruinando todas las virtudes manifiestas de la cinta al no estar dispuestas en favor del conjunto. Más bien, sus atributos son utilizados al servicio del lucimiento de un director que, obra tras obra, denota un ímpetu por encumbrarse.

Cual buen publicista, Iñárritu parece haber encontrado la medida justa de destreza técnica y tópicos narrativos, como para llenar la pupila de los sesudos críticos cinematográficos y de cierto público masivo acrítico. Allá él y los suyos: que sigan gozando las muchas distinciones que seguramente le quedan por recibir. Al fin, ¿no es ese el objetivo de su obra?


Rodolfo Espinosa Lona. Licenciado en Ciencia de la Comunicación por el Liceo Estudios Superiores de Querétaro. Actualmente estudiando la maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Crítico de cine y analista político en el periódico queretano El Mosquito, así como articulista de la revista bbmundo.

 

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