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Render del proyecto Vía Verde (2016). Tomada de change.org
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Render del proyecto Vía Verde (2016). Tomada de change.org
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Proyecto Vía Verde (2016)
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Miguel Ángel Mancera anuncia plan de reforestación. (Mayo de 2016). Tomada del sitio web de Excélsior
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Anillo Periférico. Tomada del sitio web de emeequis
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Tránsito vehicular en la Ciudad de México. Tomada de animalpolitico.com
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Contingencia ambiental en la Zona Metropolitana del Valle de México en 2016
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Contingencia ambiental en la Zona Metropolitana del Valle de México en 2016. © Reuters
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Saturación del Sistema de Transporte Colectivo Metro por Contingencia ambiental (2016)

Opinión: La catástrofe siempre por venir

agosto 02, 2016

Ecología. La palabra, dicen, la usó por primera vez Ernst Haeckel, naturalista del siglo XIX que desarrolló algunas de las ideas de Darwin. Si la evolución se ha resumido como la adaptación de los seres vivos a su medio, entender las condiciones que cada entorno impone resultan básicas para entender el desarrollo de los organismos que lo conforman. El hábitat, el oikos, palabra con la que los griegos designaban la casa, entendida como el dominio privado, y sus lógicas: la ecología. Aunque hay que precisar: no se trata de una relación de contenedor y contenido: el medio por un lado y los organismos que lo ocupan por otro. Así como oikos en griego designaba la casa pero también la familia que la ocupa y sus bienes, ecología designa un sistema, un complejo en el que, puesto de manera muy simplista pero no por eso falsa, todo se relaciona con todo.

Cuando los conquistadores europeos llegaron en el siglo XVI, México-Tenochtitlán parecía un paraíso de balance ecológico. Por supuesto ni el término ni el concepto existían y probablemente esa visión tenga algo de romanticismo, pero hoy la idea de una ciudad que flotaba entre lagos, con canales navegables y chinampas donde sembrar y cultivar nos parece eso: un claro ejemplo de balance ecológico. Pero acaso nunca tanta inteligencia y tanto esfuerzo se ha invertido en destruir un territorio como el de la actual ciudad de México. Se secaron lagos y cuando la ciudad creció más, se entubaron ríos para hacer calles, porque el automóvil fue rey y ley del desarrollo urbano. A las tolvaneras de febrero y marzo se sumaría después la contingencia, hoy de cada tercer día. La ciudad de México llegó al siglo XXI con una pésima gestión del agua, sea potable, pluvial o las aguas negras, dedicando cada vez menor inversión al transporte público y con una política de desarrollo urbano que en vez de propiciar una ciudad densa e incluyente generó dispersión y exclusión. No hace falta ser un pesimista para pensar que llegamos a un punto casi sin retorno.

Sin embargo, los gobiernos recientes de la ciudad y, en particular, el actual, parecen empeñados en no hacer ni siquiera el intento por revertir poco a poco algunas de esas fallas de planeación que son causa de muchos males que nos aquejan, incluyendo los que calificaríamos como ecológicos, como la contaminación del aire o del agua. Aunque el discurso parezca haber cambiado, se sigue privilegiando en los hechos al transporte privado. Se construyen autopistas sobre autopistas o se tiran árboles para abrirles paso. El agua se desperdicia, la basura no se trata y no hay una política efectiva para producir vivienda accesible en las zonas céntricas de la ciudad o, complementariamente, generar centros urbanos y de trabajo en zonas alejadas y marginadas económicamente. Todo eso, también es ecología. A cambio de esa ausencia de acciones efectivas, el gobierno de la ciudad se presta a otras, efectistas, como la recién anunciada Vía Verde, que pretende envolver en jardines verticales las más de mil columnas del nada ecológico segundo nivel del periférico, a cambio de dedicar una de cada diez a un anuncio publicitario. La publicidad aquí es, quizá, el menor de los problemas. Peor es el uso propagandístico de una medida cosmética para cubrir, literal y simbólicamente, la ausencia tanto de una política ecológica como de una ecología política, falta que parece acercarnos, cada vez más, a una catástrofe anunciada.

Habría que dejar claro que un cambio de nombre no bastará. Menos cuando el cambio, al hacer del ex-Distrito Federal la nueva Ciudad de México, parece ni entender ni atender a la dimensión metropolitana de la megalópolis, con sus 22 millones de habitantes y no sólo 8. Tampoco bastarán, sin duda, nuevas leyes: una constitución, por más de avanzada que se quiera, no podrá remediar males que tienen una dimensión territorial mayor a aquella donde tendrán fuerza sus leyes, si acaso alguien hace que se cumplan. La ecología es el reino de la complejidad, casi por definición, y soluciones a veces tan complicadas como simplonas, no tendrán mayor efecto si no hay un cambio real de prioridades y expectativas, lo que hasta ahora, sigue sin ocurrir.

 

Alejandro Hernández Gálvez (@otrootroblog) es arquitecto. Ha colaborado para periódicos y publicaciones como Reforma Letras Libres. Coautor del libro 100×100 Arquitectos del Siglo XX en México (2011), y autor de Sombrillas, sombreros, sombras [de los principios de la arquitectura] (2013). Actualmente es director editorial de Arquine.

 

[2 agosto 2016]

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