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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Secretaria Gobierno de Bogotá
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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Nelsón Cárdenas - SIG, Sistema Informativo del Gobierno
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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Secretaria Gobierno de Bogotá
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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Nelsón Cárdenas - SIG, Sistema Informativo del Gobierno
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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Nelsón Cárdenas - SIG, Sistema Informativo del Gobierno
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Doris Salcedo, Sumando Ausencias (2016). © Nelsón Cárdenas - SIG, Sistema Informativo del Gobierno

Lo mejor de 2016 en artes visuales

diciembre 15, 2016

Durante la segunda semana de octubre de 2016, Doris Salcedo realizó una intervención a gran escala en la Plaza Bolívar, la principal de Bogotá ubicada en el centro de la ciudad sudamericana. Un esfuerzo colectivo confeccionó una inmensa bandera blanca para cubrir todo el suelo de la plaza, construida con trozos de tela blanca —cada uno del tamaño de un cuerpo—, aguja, hilo y ceniza que sirvió como tinta para escribir los nombres de miles de víctimas del conflicto armado colombiano, que lleva más de cincuenta años activo. La plaza llevaba unos pocos días invadida por carpas de ciudadanos de diversas partes del país que se negaban a aceptar la continuación de la guerra y se mezclaban con las múltiples manifestaciones de rechazo a la victoria del NO.

La iniciativa de Salcedo, Sumando Ausencias, dice responder a la victoria del NO en el plebiscito celebrado días antes en Colombia, que buscaba firmar el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, después de casi cuatro años de negociaciones y trabajo conjunto en La Habana. Doris Salcedo lleva trabajando las consecuencias del conflicto, el paisaje político y social colombiano durante décadas, y con esta obra de nuevo pretende dar a las víctimas la posibilidad del duelo.

Las FARC sería uno de los últimos grupos armados de ideología de izquierdas en Latinoamérica: en los  cincuenta deciden tomar las armas para ejercer una lucha política y acceder al poder, y hasta el día de hoy continúa activa y armada, convirtiéndose en uno de los ángulos de un complejo caldo de cultivo en el que junto con paramilitares, estado y otros grupos guerrilleros, y condimentado por el narcotráfico, ha causado miles de muertos, desaparecidos y desplazados. Permitir la representación política a un grupo armado con este historial, y en general la inserción social de toda esta gente sin juzgarlos con cárcel si confiesan los crímenes (asignándoles penas alternativas), no es fácil de aceptar para una población que ha sido víctima por décadas de esta guerra. El equipo del NO convenció a sus votantes de que con los acuerdos sería premiado un grupo terrorista y el país sería súbitamente tomado por una especie de dictadura «castrochavista» (en palabras de la campaña NO), así como de una ideología de género que dejaría al país en manos de la homosexualización. Tan absurdo como suena y, sin embargo, es claramente el mismo populismo con el que en otras latitudes extremas derechas ganan las elecciones y deciden separatismos geopolíticos. No obstante, no deja de ronronear que el éxito del acuerdo sería el fin del conflicto, el cese al fuego bilateral (que desde que se firmó como medida temporal ya ha salvado cientos de vidas), acuerdo sobre las víctimas, un plan para solucionar las drogas ilícitas, una participación política a oposición y minoritarios, y, sobre todo, la posibilidad de trabajar hacia la paz. Una decisión que conlleva a resistirnos a la deshumanización del otro.

Como es de imaginarse, el plebiscito dividió el país: discusiones ideológicas entre izquierdas y derechas, laicos y cristianos, entre clases que apuntan a las discusiones por las que esta guerra de hecho tuvo un inicio. Recorriendo este problema por las orillas y sin ánimo de simplificar la complejidad de este asunto, el acuerdo de paz de 2016 es un hecho histórico para ser analizado, no sólo por parte del ciudadano colombiano o quien haya sufrido una consecuencia de la guerra (o cualquiera otra), sino porque es un caso a examinar e indagar por todos los que estamos atentos —y  muchas veces consternados— sobre el clima político que permea al mundo en la actualidad, desde la apatía política hasta las activas perspectivas polarizadas (como el acontecimiento de Brexit en Gran Bretaña, o la actual campaña Clinton vs Trump en los Estados Unidos).

Es aquí, dentro de este grupo de consternados, o no muy lejos, que imagino a Doris Salcedo intentando contribuir en la realidad como artista. Es decir, Salcedo decide utilizar ese espacio que se le otorga al arte como herramienta para abordar un problema de índole social e incidir en lo cotidiano. El éxito de la obra es discutible: produjo mucha controversia local —el trato a los voluntarios, el desplazamiento forzado de los que estaban en la plaza exigiendo retomar los acuerdos de paz para colocar la obra y el aparente oportunismo de Doris para ser la protagonista, fueron algunas de las duras críticas hacia la artista. No obstante, desde la distancia en la que estoy, la controversia es importante. Una de las críticas recurrentes a Salcedo radica en su insistencia en enfocarse en el duelo de los muertos —cuando es el momento de pensar en los vivos—  y priorizar la espectacularidad del acto artístico, «limpio, formalista y puro», sobre el activismo urgente de aquellos que necesitaban salir en las fotos habitando esa plaza ahora blanca y pulcra bajo el manto blanco de Salcedo. Y su gran éxito radica, quizás, en que es precisamente esta torpeza la que ha fomentado y mantenido la discusión no sólo en el contexto colombiano, sino que en ella se pueda encontrar una invitación adicional a indagar a través de una propuesta artística sobre la verdadera controversia que nos concierne a todos: ¿Para qué y quién está al servicio un plebiscito (o por extensión un bipartidismo)?

 

Manuela Moscoso es curadora de arte.Su práctica curatorial está enfocada en generar espacios para la investigación, producción y exhibición. En 2014 fue curadora adjunta de la 12ª Bienal de Cuenca.

 

[15 diciembre 2016]

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