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Teresa Margolles, Limpieza (2009). Vista de instalación ¿De qué otra cosa podríamos hablar?
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Teresa Margolles, Narcomensajes (2009). Vista de instalación ¿De qué otra cosa podríamos hablar?
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Teresa Margolles, Bandera (2009). Vista de instalación ¿De qué otra cosa podríamos hablar?
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Jonathan Hernández, Descabezados (2016). Cortesía del artista y kurimanzutto
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Jonathan Hernández, Extinción de dominio (2016). Detalle de pieza. Cortesía del artista y kurimanzutto
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Jonathan Hernández, Extinción de dominio (2016). Vista de instalación. Cortesía del artista y kurimanzutto
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Yoshua Okón, Látex (2012). Fotograma. Cortesía del artista
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Yoshua Okón, Látex (2012). Fotograma. Cortesía del artista
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Yoshua Okón, Látex (2012). Fotograma. Cortesía del artista
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Enrique Ježik, Silogismo (2015). Vista de instalación, formada con citas de "El arte de la Guerra" de Sun Tzu, "De la Guerra", de Karl von Clausewitz y la conclusión del artista. © Enrique Ježik. Cortesía del artista
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Enrique Ježik, Mapa trazado con herramientas de destazar (2013). Trazó del mapa del penal federal de alta seguridad CEFERESO 1 "Altiplano", con herramientas utilizadas por los cárteles de la droga en México. © Leo Luna. Cortesía del artista
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Sam Durant, Dreaming Mantas (2016). © Yvonne Venegas
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Sam Durant, Dreaming Mantas (2016). © Yvonne Venegas
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Teresa Margolles, Ya basta hijos de puta (2012). © Teresa Margolles
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Teresa Margolles, 21 (2007). Serie de joyas que portan un pedazo de cristal extraído de diferentes cuerpos asesinados durante un ajuste de cuentas entre narcotraficantes
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Edgardo Aragón, Efectos de familia (2007-09). Cortesía del artista y de la galería joségarcía, mx

Opinión: Guerra contra el narco: la década perdida

Diciembre 19, 2016

 

El horizonte crítico del arte en México podría ampliarse hacia problemáticas sociales y políticas tensas. Sin embargo, la obra que aborda de forma más compleja temas relacionados a la inequidad, la corrupción y la violencia con respecto al crimen organizado y al narcoestado es escasa. El número de ejecuciones en los últimos años obliga a un luto que tomará décadas sanar. Aun así, la producción artística que aborda sus efectos brutales no es muy común. Y la que hay —con excepciones— es poco clara y accesible. No se trata de hacer obra de denuncia explícita, sino de generar diálogos más profundos en este tipo de temas.

México padece, de manera simultánea, tres formas de crisis: de acumulación: hay nulo crecimiento; de gobernabilidad: nuestra supuesta democracia no funciona como debería; y de consenso: la gente no se siente representada por la clase política. Esta realidad reclama a la producción artística una posición más crítica, pero no. El arte podría formar parte de un diálogo político a mayor escala, pero los artistas con más presencia comercial o institucional parecen no estar interesados en construir paradigmas críticos ante la realidad. Su relación con experiencias sociales inmediatas es muy vaga.

Procesos relacionados a medios de comunicación, redes ciudadanas y/o movimientos sociales independientes, por poner tres ejemplos, son referidos con ambigüedad. Habría que ampliar el horizonte crítico.

Teresa Margolles (Culiacán, 1963) es una de la excepciones más conocidas y se acerca al tema de la violencia de manera directa en trabajos recientes. Su enfoque no es el narcotráfico, sino las muertes relacionadas al crimen organizado y sus secuelas. Luego de haber desarrollado una suerte de minimalismo escatológico en obra previa, Margolles se interesó por los efectos de la violencia agudizada a finales de la década pasada. Lo ha hecho representando el imaginario violento de la calle con poderosísima eficacia: el ejemplo más conocido es ¿De qué otra cosa podríamos hablar? (2009). Una de sus piezas en la Bienal de Venecia consiste en dos telas impregnadas de sangre recabada en la escena de dos ejecuciones, una en Culiacán y la otra en Ciudad Juárez. Las telas fueron colgadas por la artista en un edificio oficial de la Bienal, frente al pabellón de Estados Unidos. Como Cuauhtémoc Medina señaló, «ha dejado la morgue donde había localizado su estudio, para absorber la ampliada infección de la muerte en el cuerpo social». De este modo, su obra no sólo propone una estética a partir de la “materialidad degradada”, sino del tejido social descompuesto y politiza de manera explícita. Los recolección que hace de residuos en las escenas del crimen son parte de una arqueología que podría dar sentido al luto colectivo. A pesar de la atención que se le ha dado, sorprende que no haya más artistas mexicanos estableciendo algún tipo de diálogo con su trabajo.

El performance que documenta la videoinstalación Látex (2012), de Yoshua Okón (Ciudad de México, 1970), critica la espectacularización de la violencia como estrategia política. Okón retoma la campaña de miedo que se propagó antes de las elecciones presidenciales de ese mismo año. A partir del montaje de una obra de teatro, un grupo de hombres con aspecto de delincuentes se mezcla entre el público. Las dos puestas en escena se funden hacia el final. Okón expone que el tema ha sido utilizado para extender una especie de terrorismo de Estado con el fin de generar lucro político. Su crítica plantea la pregunta de si el arte debe o no participar en la propagación del imaginario violento mexicano.

El arte contemporáneo mexicano puede y debe formar parte de la construcción de un imaginario crítico para el futuro. La producción de nuestros artistas podría y debería participar en una transformación colectiva a largo plazo: como Látex, que sean parte de lo que algunos intelectuales llaman “políticas de anticipación”. La obra que pretende reflejar las realidades coyunturales se enfrentan a un reto complejo: mediar entre subjetividad y universalidad. Algunos artistas enfrentan este dilema con mayor intensidad: ¿debe o no su obra participar en la construcción de un destino (e imaginario político) colectivo? ¿Debe o no el arte crecer hasta poder ejercer un poder paralelo al Estado? El arte podría pasar de ser una experiencia subjetiva a ser un medio que une subjetividades. El arte, además, podría ofrecer paradigmas nuevos de sentido común, más allá de las circunstancias individuales de cada creador. De no encarar esta misión, el artista se vuelve cómplice de la falsa política que caracteriza a nuestros actuales gobiernos.

El narcotráfico, en el contexto del crimen organizado y la violencia que desata, es una forma de fascismo capitalista. El narcotraficante cree que la vida, la libertad y la dignidad del otro pueden ser aplastadas para obtener poder a su beneficio. El cártel ejerce, mediante una violencia feroz, supremacía sobre otros grupos sociales. Así acumula riqueza y se apodera de todos los medios económicos habidos y por haber. La filosofía del narco es la explotación del otro.

El narcotráfico produce crecimiento económico y sufrimiento simultáneamente. Crecen economías regionales, como en Quintana Roo, Sinaloa, Chihuahua, pero la oferta de empleos disminuye. Y es que el narcotráfico, al igual que el resto del mercado, está automatizando sus modos de producción. Desde la cosecha de mariguana, hasta la fabricación de metanfetamina, los procesos se están mecanizando. El narco cada vez ocupa menos mano de obra, y cuando la ocupa es bajo regímenes muy parecidos al de la esclavitud. En los pueblos sierreños del Triángulo Dorado (Chihuahua, Sonora y Sinaloa), así como en Nayarit, Michoacán y Guerrero, la explotación no es muy distinta a la de épocas de la colonia.

El narcotráfico pertenece a un neoliberalismo paradójico: precisa de gobiernos de derecha para florecer. Gobiernos en los que el flujo de personas se reduce de manera drástica, en los que las fronteras se cierran al igual que los tratados comerciales entre naciones. De manera simultánea, el flujo de grandes capitales internacionales se abre. El narcotráfico es perfectamente adaptable a los neoliberalismos autoritarios (Trump, Calderón, Peña Nieto…) porque la violencia generada por el narco es una defensa feroz de la propiedad privada.

El reflejo del imaginario del narco en las artes visuales en su mayoría es documental. En la exhibición Extinción de dominio (2016), Jonathan Hernández (Ciudad de México, 1972) presenta objetos recolectados en subastas públicas en donde se rematan artículos usados anteriormente por el crimen organizado: cables, mangueras y cuchillos, entre otros objetos. De acuerdo a la hoja de sala, la muestra busca «reflexionar acerca de la turbulenta realidad mexicana (…) El paisaje nacional queda retratado en las transacciones que trazan la vida de estos objetos, en un ir y venir se generan preguntas que van más allá de nuestro contexto y circunstancia: ¿cuál es la relación entre lo legal y lo ilegal en la economía mundial?; ¿cómo ocurre la asimilación cotidiana de lo ilícito?; ¿cómo funcionan los mecanismos de blanqueo de capitales?; ¿qué es un paraíso fiscal? y ¿cuál es el papel del arte dentro de este panorama?».

Las narrativa de la guerra contra el narco ha sido documentada y reinterpretada por Mexican Jihad, alias de Alberto Bustamante, un músico y artista que poco antes de que terminara el sexenio de Felipe Calderón publicó un Tumblr bajo dicho seudónimo. En el sitio web se compilan imágenes tomadas del despliegue militar y policiaco durante la llamada «Guerra contra el narco». La disposición y replicación de imágenes muestra, entre líneas, la hiperviolencia promovida por el Estado en aras del combate al narcotráfico.

Reuben Torres (sic) y Simón Pecco han hecho una serie de propuestas visuales muy similares para las portadas de los grupos Los Macuanos y Espectro/Caudillo, del sello NAAFI, una disquera independiente cofundada por Bustamante y Tomás Davo, que produce música electrónica con un fuerte componente de protesta.

Por su parte, el trabajo de la artista Fritzia Irízar plantea interrogantes respecto al dinero y al flujo de capitales en los mercados legales e ilegales. Con ello revela el componente esencial de la delincuencia organizada y los mercados ilegales: la propiedad privada. La eliminación de la propiedad privada es el verdadero reto que plantea el poscapitalismo. La inequidad monstruosa en la que vivimos tiene que acabar.

En este contexto, el arte debe generar nuevos públicos mediante vías inéditas. La tecnología puede ser una de las herramientas principales para construir diálogo fuera de las galerías, colecciones y museos. Los nuevos medios son la vía de aniquilación de la propiedad privada. Pero la producción de arte no deben limitarse sólo a una visión de futuro. El objetivo tiene que ser la modificación de poderes a largo plazo: básicamente hacer posible lo imposible.


Juan Carlos Reyna es periodista, músico y crítico de arte. Ha colaborado en Reforma, Letras libresLa Tempestad y Gatopardo. Recibió el Premio Estatal de Literatura por La(s) Estética(s) de la mundialización (2008).


[19 diciembre 2016]

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