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Rodolfo Díaz Cervantes, Permutaciones, 2014. Cortesía Arredondo-Arozarena.
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Secuencia de Balance, 2014. Cortesía de Rodolfo Díaz Cervantes.
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Rodolfo Díaz Cervantes, Objeto apotropaico 15, 2015. Cortesía Arredondo-Arozarena.

La semiótica de los objetos. Entrevista con Rodolfo Díaz Cervantes

febrero 02, 2018

En una calle de la San Miguel Chapultepec espero a Rodolfo Díaz Cervantes, artista que vive y trabaja en la Ciudad de México. Arquitecto de formación, la obra de Rodolfo se caracteriza por atender a cierto rigor formal de la materia; es decir, la intención que le imprime a cada objeto en perfecta relación con la composición de éste. Su obra se ha presentado en la Bienal de Venecia, en la Casa del Lago en la Ciudad de México y en el Museo de Arte de Sinaloa. Díaz ha sido acreedor a la beca Jóvenes Creadores del FONCA y, actualmente, encabeza el taller de producción TORNEL, del cual, en cuanto Rodolfo abrió la puerta, acercó un banco y se sentó a charlar conmigo, me refirió: «(Este) ha sido un lugar donde hemos sabido compaginar muy bien un negocio y un proyecto personal, digamos, como estudio de artista. Taller TORNEL se llama el proyecto que hace producción: de arte, de arquitectura… Mi profesión, mi experiencia, va mucho por esas dos líneas, entonces ha sido un buen recurso usar mis dos intereses para generar un negocio que me gusta. Parte de nuestro trabajo es fabricarle esculturas a los artistas. Entonces, cuando nos toca fabricar nuestras propias piezas, pues ya sabemos… El problema es saber qué es lo que queremos fabricar, porque siempre nos dicen qué —y, esta vez, lo complicado es partir del vacío, la hoja en blanco.»

Entonces me refirió a los inicios de su carrera, aquel punto donde decidió que quería «trabajar con el arte. O sea, me di cuenta que lo que hacía podía ser visto con una lente desde la línea del arte. Hace varios años decidí que todos los dibujos que había hecho, todas las instalaciones en mi cuarto, mis juguetes y todas las cosas que yo había hecho y fabricado, con sistemas para que “volaran” y cosas así, eran de las cosas que más disfrutaba hacer, no necesariamente como juguetes, sino como experiencia de vida». Como muchos que llegan al medio del arte, Rodolfo declara que no estudió arte, sino arquitectura, «trabajé varios años produciéndoles a diferentes artistas y aprendiéndoles el oficio y de repente no me quedaba con las ganas de hacer mis propias chambas»; como es usual, parece que el impulso por hacer arte es una inquietud que se manifiesta a pesar de las decisiones profesionales —universitarias— que tomamos.

Rodolfo Díaz Cervantes, Los Coleccionistas, 2010. Fotografía por Enrique Macías. Cortesía del artista.

«No tenía un espacio como este, entonces compartía —o más bien, iba a hacer mis desmadres—, digamos, mis estampitas las pegaba en un pedazo de pared en el estudio de un amigo mientras estábamos trabajando… Al estudio de este amigo iban curadores o compradores, coleccionistas y así. Un buen día, llegó un curador importante (el cual permanece anónimo) y dijo “quiero esa pieza para participar en una sección de la bienal de Venecia”. Y así, una obra mía se fue a la bienal sin yo ni siquiera haber conocido al curador o haber tenido la intención de que eso funcionara sino que, más bien, alguien lo vio y lo reconoció. Eso me dio la pauta a querer trabajar más.» He ahí una concatenación de causalidades que lo llevaron a presentar una obra en una de las plataformas más reconocidas del arte contemporáneo. Se podría decir que eso catapultó su carrera; pero más que eso, elevó a la estratósfera su interés por las posibilidades que el arte ofrece. «Luego hice una exposición que fue un resumen de muchos años de haber pensado cosas. Pensé “quiero hacer todas las piezas que no he hecho” e hice unas cosas bien complejas, como con sistemas, bombas, agua, cortes, luz, y funcionó muy bien, terminó siendo una exposición bien bonita que hice aquí en México que se llamó Pescado de abril, que es una cosa como…» Le poisson d’avril. La manera francesa de llamarle a las bromas ejecutadas el primer día de abril. Con esto quiero recalcar la relevancia de lo lúdico en la obra de Rodolfo, pues presenta con lo que hace no sólo artificios del ingenio, sino una bocanada de aire fresco que nos recuerda los placeres de consumir arte —y que, además, combate la solemnidad, recordándonos que también puede ser divertido.

«Le poisson d’avril, exactamente. Que pasa en Europa y pues, era esa época, era abril, y me pareció chistoso. Desde ese momento he trabajado mucho en mis propios intereses pero no quise —y trataré de explicar esto lo mejor que puedo, sin prejuicios: se puso de moda de repente la idea de hacer arte o de tener una galería o de volverte artista, no de moda, pero de repente mucha gente podía estar haciendo eso… y esa avalancha, en lugar de subirme —si bien, me doy cuenta que por supuesto puedo formar parte de eso—, no quise jugar ese mismo juego, que era un poco esa cosa de “¿cuántos cientos de exposiciones hiciste este año?” o “¿quiénes te han comprado?”, ¿sabes? Como una especie de mame, por explicarlo de alguna manera. Entonces me dije: “No, yo voy a trabajar a mi propio ritmo, no me voy a meter a jugar al mercado. Que no estoy para nada en contra del mercado, cuando veo, por ejemplo, que hay variantes o derivaciones o ediciones… pero de repente me sentí muy ajeno al hecho de estar exhibiendo y exhibiendo y exhibiendo.

Vengo desde otra línea. Al no estudiar arte, podría decir que mi acercamiento al realizar una pieza es menos profesional, porque también en la escuela te enseñan los trucos para llegar más fácil a un lugar, como te lo enseñan en cualquier carrera, te enseñan el oficio. Desde entonces lo que he hecho es plantearme yo mis propios temas y entonces desarrollarlos y después si se exhiben o si salen o no salen, o si los rompo o si se me olvidaron, queda en mí. Si yo veo mi trabajo en retrospectiva veo muchas etapas y puedo reconocer todo mi trabajo, pero si hay alguien exterior que vea mi trabajo, es muy difícil encontrar un hilo conductor; eso tiene que ver con que cada vez que hay un proyecto, es una cosa que yo mismo decido. Por ejemplo, tuve una exposición en Casa del Lago hace unos dos años, Tocar Madera. Fue una exposición rarísima que hicimos con amuletos, objetos apotropáicos[i] —cosas que están impregnadas en nuestra cultura latina, lo veo en todos lados—; construí muchos objetos así, eran inventados, composiciones o poemas hechos objetos. En ese entonces me pareció muy interesante la estética y la manera de componer estos amuletos.»

Rodolfo Díaz Cervantes, Objeto apotropaico 15, 2015. Cortesía Arredondo-Arozarena.

Ya entrado en la entrevista, me aventuré a preguntarle a Rodolfo, de primera mano, algo que suele dejarnos siempre atónitos: qué es para él el arte y si cree que nos define como especie. La pregunta, sin duda, parte de un interés personal, pues pienso que somos seres simbólicos y que, a través del arte, nos hemos enfocado en dejar una marca de nuestro paso por la existencia. «Me atrevo a decir que nos define mucho como especie. El arte tiene un millón de definiciones e interpretaciones y acercamientos, pero algo que sí creo es que el arte tiene una intención de ser. Por ejemplo, en la naturaleza puedes ver cosas bellísimas —no digo que el arte sea bello— que no son arte porque no tienen intención de serlo. Puedes encontrar estética, acción, performance en un animal, pero no creo que sea con una intención de expresar sus intereses, y creo que el arte, como vía de comunicación, necesita de quien lo exprese y de quien lo reciba, porque creo que si no se queda como mocho, como cojo. Por eso realmente creo que el arte puede ser una gran definición de lo que puede ser el humano.»

Y es que nos encontramos constantemente atribuyéndole significados a las cosas, un poco lo que ocurre con los mentados objetos apotropaicos: se le atribuye un valor simbólico a algo. Y lo mismo ocurre con el arte y los valores que le atribuimos: «lo apotropaico es esto que tiene una carga mística-simbólica, referente a la búsqueda de la buena suerte. El arte quizá no funciona hacia esta búsqueda de la buena suerte; pero sí, el objeto artístico tiene una carga simbólica atribuida y un valor; no sólo económico, un valor cultural, un valor temporal. Pensemos en esto: un amuleto presentado como una escultura ¿qué es primero, un amuleto o una obra?»

Dentro del laberinto que es esta conversación, encuentro una idea recurrente que quizá sirve como guía para conducirnos a lo largo de ella: el arte como una manifestación intencionada. Metafísicamente hablando, como una voluntad de ser. «Una de sus definiciones podría por supuesto tener esa línea. Creo que no se puede definir el arte con una pero sí, claro, la intención es primordial. No pues, digamos, tropezarte y decir que fue arte si no tiene la intención de serlo; necesita ese catalizador que activa que vuelva que algo se vuelva arte.» Un poco como la idea del objeto-encontrado, el Objet-trouvé tan revisitado y choteado en nuestros días. «Exacto, necesita una intención para convertirse en otra cosa, y necesita un contexto. Necesita una intención y el lugar (donde se manifiesta) le va a ayudar mucho.» Así, se puede entender que el arte y su intención están ligadas indiscutiblemente a un contexto, el cual establece fronteras interpretativas. Esta idea problematiza la cuestión de las intervenciones, pues implica irrumpir en un espacio o en un objeto, buscando significados específicos.

Rodolfo Díaz Cervantes, Permutaciones, 2014. Cortesía Arredondo-Arozarena.

«Uno (de estos significados) es que te lo apropias. Le cambias la semiótica—con semiótica me refiero al significado— al espacio, a la arquitectura, al objeto intervenido. Te voy a contar, y creo que lo soñé —no quiero sonar new-agero, Javier—, pero muchas veces pensé ver el arte como conocimiento. Imagínate ver el arte como una piedra pesada, y alguien la toma y camina de aquí a tres cuadras, entonces se muere y ahí dejó la piedra pesada. Entonces yo puedo volver a empezar donde ese señor agarró la piedra pesada o agarrarla del señor y seguir camino. Veo la piedra como un conocimiento que vas heredando y vas llevando más y más y más lejos. Entonces esta idea de apropiar muchas veces tiene que ver con eso. Parte de mi responsabilidad es llevar más lejos —no sé en qué dirección; no es que haya una dirección mejor que otra— esta piedra hacia otro lugar cuando vi que alguien ya la avanzó. Es casi un juego en equipo. Y me gusta pensar en la semiótica del objeto: agarro la frase, el objeto cargado de significado y uso el significado para dar una segunda opinión, o modificarla. Como la poesía neo concreta. Una manera de encontrar abstracciones, puntos de partida.»

Y vivimos rodeados de puntos de partida; en el contexto en el que habitamos, en el tiempo en que habitamos, cualquier estímulo puede fungir como un paso dado para enfrentar el vacío. Vivimos rodeados de objetos semióticos, ideas que se manifiestan claramente en las obras de Rodolfo: esta pesquisa de significados. «Creo que justo, por lo menos en la ciudad donde vivimos, que es un lugar totalmente inventado y construido y forzado a estar-aquí, estamos expuestos a un bombardeo gigante de significados, de objetos, de lo lingüístico. En el tema de poner ciertos reglamentos a mis acciones escultóricas o de dibujo creo que el lenguaje o la semiótica ha sido un gran elemento para lograr dichas instrucciones. Pienso esto como una herramienta: es encontrar los códigos para poder convertirlos en otra cosa y pues es de nuevo decir, apropiarse de elementos. Me apropio de un lenguaje, de una lectura, del significado y del valor que tiene un objeto.»

Etiquetamos, marcamos, clasificamos, trazamos fronteras entre nosotros. Vivimos en una época que le da muchísima preponderancia a la lógica. «Creo en mi propio criterio. Eso es lo que me ayuda a entender esos límites. Soy bastante urbano, soy peatón. Me encuentro una virtud de la que me he dado cuenta con el tiempo, y es que soy muy horizontal, esa parte de no ponerme un límite social me permite ver las cosas desde otro horizonte. Me gusta ponerme mis propias fronteras; es muy peligroso, me doy cuenta, porque si tienes un miedo arraigado, lo primero que haces es poner una frontera con un muro, que no necesariamente debe de estar ahí. Me caen muy bien las nuevas generaciones que parece que carecen de esas fronteras, cosa que nos impusieron antes: por la manera en que fui educado, extremadamente conservador, me di cuenta que me gusta romperlas, siempre con miedo. Y lo que siempre me dijeron que estaba mal, quiero ver por mi propia cuenta si está bien o mal, pero lo quiero saber yo.»

 

Le pregunto a Rodolfo de qué manera le ha influido el ser chilango, más allá de la horizontalidad social a la que refiere; de qué modo vivir en esta ciudad forzada a estar-aquí, influye en su obra. Lo primero que hace, como respuesta, es toser, «Así», dice, en alusión al espectro de coloides que aspiramos diariamente. «Creo que el lugar que habitas te influye mucho en la manera de pensar, culturalmente, socialmente, económicamente. Muchas veces me planteo, no sé, irme a vivir a París y me digo “Sí, güey, ¿y cómo vas a trabajar?” Porque aquí es muy fácil encontrar la informalidad o los espacios abiertos donde puedes dar con un lugar para trabajar. Creo que todo eso te influye. Vivir en la Ciudad de México me influye, en lo particular, en pasar mucho tiempo en lugares cerrados, o contenidos más que cerrados. No es tan fácil estar afuera; bueno, es sencillo, pero hay mucha gente, mucho bullicio, mucho ruido, y de repente poder estar en un lugar contenido te obliga y te lleva a cuestionar otras cosas. Me gusta reconocer la cultura popular, que se ve principalmente en la calle, me gusta observar cuestiones de lenguaje corporal, verbal, a diferencia de otros estados de la república: reconocer culturalmente lo que significa ser chilango me fa-sci-na. O sea, el título de mi próxima exposición, ¿Vamos al parque?, a lo mejor a mí, por chilango, por malpensado, por alburero, me lleva a varios sentidos de la pregunta y si se la haces a alguien que no vive en esta ciudad, la encuentra de lo más…. Inocente.»

Y comprendo de manera muy cercana lo que dice. Realmente siento que vivimos en un entorno muy violento —no sólo socialmente, pero por la cantidad de estímulos a los que nos vemos enfrentados y por la forma en que las dinámicas urbanas intervienen en nuestra vida cotidiana. Una respuesta, a mi parecer, para hacer de la vida urbana más vivible, se encuentra en las manifestaciones artísticas. ¿El artista tiene alguna responsabilidad por hacer del espacio más habitable? «No. No, ese es trabajo de los urbanistas, de los arquitectos, digamos, del gobierno. No, el artista no tiene esa responsabilidad. El artista puede participar si es invitado. Creo que al artista no hay que verlo simplemente como el que genera una escultura; hay que verlo como alguien que puede generar un taller y que enseña, no sé, a hacer pan. Otra vez, desde qué intención haces que tu obra sea. No, no creo que tengan una responsabilidad en hacer que las ciudades sean más habitables, para nada, lejos está de eso. Malo sería si lo pensara, porque se volvería bastante condescendiente e influenciable. Te hago la contra pregunta —y te voy a poner la peor— ¿tú crees que el trabajo de Sebastián hace más habitable esta ciudad? y todas las ciudades del país, porque en todas hay obra de él…

Creo más bien que el artista tiene otro tipo de responsabilidades; por ejemplo, dar una opinión —y es muy importante. Y la puedes dirigir a muchos sentidos. No está obligado, y también hay que ver el tipo de obra que realizan diferentes artistas, cuáles son sus intereses. Hay gente que tiene simples intereses estéticos, o musicales, y que no tienen porqué estar influidos por lo que pasa a su alrededor. Me lo he preguntado muchas veces; por ejemplo, cuando algunos artistas han tenido exposiciones fuera, con muy buenas oportunidades y plataformas para exhibir su trabajo, me pregunto si allí no habría responsabilidades de dar una opinión. Y me lo he preguntado, porque los veo y pienso, “es el lugar, si quieren hacer algo”. Y luego digo “no, no porque si quieres hacerlo es un gran escenario para hacerlo, pero si tu trabajo está enfocado en otros intereses, también es muy válido.El trabajo del artista es muy libre, es lo que lo hace muy atractivo también; te permite dibujar lo que quieras en la hoja blanca, a la hora que quieras, con los colores que quieras, del tamaño que quieras. Creo que esa libertad, volviendo a la pregunta, le permite decir si quieres o si no. Respecto a mi trabajo tengo una gran responsabilidad, merece todo mi respeto y atención y cuidado. La tengo que cuidar. Por otro lado, si mi obra tiene el interés de dar esa opinión de la que hablábamos: no. A ver si me explico: puedes llegar al centro desde muchos puntos, ¿no?, entonces quizá sí tiene cierta responsabilidad social o de opinión: si le encuentras el camino para llegar ahí. Yo no lo veo tan directo. Pero sí veo que mi trabajo puede generar preguntas al espectador que pueden encaminar a que cambies tu opinión sobre algo; por ejemplo, los objetos apotropaicos: de repente, a lo mejor, la gente que nunca se había preguntado por qué afuera de casa de su mamá o su abuela había una sábila con un moñito rojo, entonces cuando lo presento de esta manera, cada quien lo cuestiona. ¿Sabes? Puede generar ciertas acupunturas para que se hagan ciertas preguntas y que después puedas aplicar para cambiar ciertas estructuras a nivel social

Secuencia de Balance, 2014. Cortesía de Rodolfo Díaz Cervantes.

Rodolfo está próximo a inaugurar una exposición en la galería Arredondo-Arozarena, titulada (como ya se mencionó), ¿Vamos al parque?, la cual inaugurará el día 5 de febrero. Me comenta, al respecto, «Decidí sacar un proyecto de la libreta de apuntes. Me di cuenta que tenía interés por los playgrounds —no me gusta hablar en pocho pero es una palabra que lo define muy bien, los parques de niños—. Creo que es un muy buen lugar para explorar muchas cosas: decidí que íbamos a meter este ensayo de jardín de juegos a la galería, lo cual me da una intención, la sensación de cambiar espacios; lo que estás acostumbrado a ver afuera ahora lo vez adentro, introducir lo externo —eso me pareció muy interesante a nivel de percepción espacial y provocación. Me parece muy bonito entender estos elementos como escultura, que es al final lo que la galería ocasiona —no por exhibir algo en una galería es escultura, pero es la hoja en blanco que te recibe y dice “lo que pongas aquí se va a ver con cierta intención”. Famosísima percepción de la Caja de zapatos: sácala del contexto donde está y es una caja de zapatos, métela en su contexto actual y lo que te está enseñando no es la caja, es el lugar donde está puesta. Me parecía interesante meter entonces estos juegos a la galería, en un sentido de esculturizarlos y de darle otra vida al espacio, quitarle un poco lo solemne que pude llegar a ser una galería. Eso es básicamente la cuestión de esta expo, ¿Vamos al parque? Quise ponerlo en interrogación porque, por ejemplo, si yo estoy con mi hija, le agarro la mano y le digo ¿vamos al parque? Queda muy claro que es una pregunta con intención bondadosa, ilusoria; me gusta la frase porque depende mucho del contexto donde la digas: pude ser un poco kinky, puede ser un poco oscura ¿sabes? Eso me parece interesante, jugar con esa parte al pensar en el título.

Me gusta la cuestión lúdica, mucho, que las cosas se puedan mover, que tengan distintas presentaciones, que tengan diferentes reglas. Las obras presentadas serán lúdicas y didácticas. La gente va a poder interactuar con ellas.»

 

[i] Apotropaico es una palabra que nos es heredada del griego apotropaios, que quiere decir alejar, así, un objeto apotropaico es un objeto que aleja, en específico, que aleja el mal. Un objeto apotropaico es aquel al que se le atribuye un poder de talismán o amuleto.

 

Javier Villaseñor V. es licenciado en Arte por la UCSJ. Se ha desempeñado como escritor y curador en el estudio de un escultor y como artista digital de manera independiente. Es fiel seguidor de David Foster Wallace y cree en las letras como un medio de redención. Instagram / Twitter: @filantropofago

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