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Retrato Franco Berardi “Bifo” ©Cristina Piga
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Marcha de Acción global por Ayotzinapa. Zócalo de la ciudad de México (2014). © Eduardo Miranda/Proceso. Cortesía del fotógrafo
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Piñata con figura de Enrique Peña Nieto, Zócalo de la ciudad de México (2014). ©Adolfo Vladimir/Cuartoscuro

Entrevista con Franco Berardi “Bifo”. Ayotzinapa y los cuerpos reactivos

febrero 20, 2015

Durante su visita a la ciudad de México, territorio que describió en su cuenta de Facebook como “un monstruo metropolitano de 2, 500 metros de altura”, Franco Berardi “Bifo” conversó con Código sobre las posibilidades del arte para reactivar los cuerpos. Una medida urgente en tiempos convulsos como los que vivimos.

En las últimas semanas, en México se han producido una serie de manifestaciones que, entre otras cosas, exigen la aparición con vida de 43 estudiantes normalistas o la renuncia del presidente del país. En las marchas de la capital se han realizado acciones que han dado como resultado figuraciones poderosísimas, como una piñata de Enrique Peña Nieto quemada en el Zócalo. A pesar de que circulan a través de Internet con cierto éxito, las imágenes no trascienden a otras esferas. ¿Qué hacemos para que acciones artísticas como estas ayuden a una transformación política, económica, social verdadera?

Esta cuestión nos obliga a hacer una consideración específica sobre el arte. ¿Qué es el arte? No quiero responder a esta pregunta desde una perspectiva metafísica porque el arte es una invención continua. ¿Cómo podemos definirlo hoy? Se puede hacer de dos maneras. La primera, simbólica. Una fuerza donde se cristalizan sentimientos, ideas, convicciones. La relación entre arte y activismo puede abordarse desde este punto de vista. Pero hay una segunda posibilidad, más importante en estos tiempos. El arte no tiene que ser solamente una imagen, ni tampoco debe reducirse a la denuncia: debe reactivar el cuerpo para vincular las emociones con la inteligencia, o entender el nexo erótico entre un cuerpo y otros para ocupar la ciudad o hacer vida en el espacio urbano. Ésa es la manera en que debemos entender la potencia política del arte.

A pesar de que la función simbólica del arte tiene una importancia innegable en el ámbito ideológico o como agente de denuncia, prefiero analizar su potencia reactiva. Por ejemplo, a Peña Nieto le da igual las manifestaciones artísticas simbólicas, porque es un ciervo de la dictadura financiera.

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¿Qué debemos hacer para intentar otro camino? No lo sé. Veo muy bien el problema pero no puedo intentar ninguna respuesta. Las manifestaciones españolas han sido obras de arte colectivas que reactivan los cuerpos. La consecuencia de ello es que España es el único país europeo donde existen organizaciones como Podemos o formas de política y de interacción social no deprimidas.

Sobre la clase política contemporánea se puede decir que no tiene vergüenza. Y aunque evidentemente no la tiene, esta denuncia es banal. La clase política está consciente de su impotencia. Por ello, sus respuestas son la represión y la corrupción. Pongamos como ejemplo a Barack Obama. Seguramente es una persona intelectualmente honesta que realmente quería cerrar Guantánamo, terminar con las guerras en las que Estados Unidos está involucrado, cerrar las tiendas donde se ven-den armas, etc. Pero no pudo hacer nada. La prueba de esta situación de impotencia se puede ver en el hecho de que el hombre más poderoso del planeta se presentó diciendo Yes, we can. Esta declaración es la conciencia de la política contemporánea de su impotencia.

No obstante, el problema no es de los políticos. Nosotros podemos votar por el centro, la izquierda o la derecha: ¡son totalmente lo mismo! François Hollande se presentó con un programa para cambiar a Francia. ¡No cambió nada! Es la persona más inútil de la Tierra. Los políticos deberían decir que son ciervos del sistema financiero, un sistema de automatismo tecnolingüístico. La política no puede cambiar nada. El cambio debe originarse en la capacidad cognitiva y emocional de millones de trabajadores cognitivos precarios. Los políticos deben ser totalmente ignorados, despreciados y olvidados. Debemos concentrarnos en reactivar el cerebro y el cuerpo y, a su vez, hacer lo mismo con el cuerpo colectivo.

Por otra parte, la acción de gobernar es la inscripción de una relación social de dominio al interior de los automatismos técnicos y tecnolingüísticos. No hay un gobierno político. Hay variables dependientes que propician situaciones como la siguiente: si pagas tu deuda puedes estudiar. Por el contrario, si no lo haces no se te permite prepararte profesionalmente. Existe una relación lógica y automática de los acontecimientos sociales al interior de los automatismos técnico financieros que no se pueden gobernar. La prueba es que la dinámica financiera no puede ser controlada por los Estados. Esto es evidente en Europa. Hollande, Merkel… no son malas personas, pero son apenas una pequeña parte de un sistema de automatismos tecnolingüísticos.

 

En México, las redes sociales han jugado un papel importante de transmisión de información para que una minoría, donde se encuentran los artistas, se mantenga al tanto de situaciones críticas. Sin embargo, nuestra población no necesariamente tiene acceso a Internet. ¿Qué hacer para que la gente intente un cambio que trascienda los medios digitales?

La reactivación a la que me refiero es posible cuando una red de activistas, que puede encontrarse en la web, es capaz de salir de la dimensión virtual. Estoy hablando de millones de trabajadores que pasan su día al frente de una pantalla, percibiendo un salario cada vez más pequeño, produciendo cada vez más valor, pero al mismo tiempo incapaces de crear una relación de solidaridad porque no encuentran un lugar de acercamiento erótico. La organización política, económica, solidaria, es un fenómeno erótico. Un fenómeno de placer de la presencia del otro. Aunque finalmente fracasó, Ocuppy es importante porque demostró las posibilidades de las relaciones eróticas. Por el contrario, el trabajo precario deserotiza la relación entre trabajadores y reduce sus vínculos a la competencia.

Ahora que mencionas las virtudes y la inoperancia de Ocuppy, ¿qué tendríamos que aprender en México de los movimientos sociales estadounidenses o europeos si queremos propiciar un cambio en nuestra sociedad?

Antes de contestar esta pregunta, debo decir que en Europa fue muy importante la experiencia zapatista respecto a los movimientos políticos. Evidentemente el contexto mexicano tiene sus propias características, pero Europa todavía tiene mucho que aprender de él y, probablemente, tenga que hacerlo en caso de que surja una especie de movilización neozapatista en otros lugares de México. Podríamos asimilar la fuerza que se genera a partir de las comunidades.

Por su parte, México debe estudiar las formas de cooperación cognitiva originadas en otros territorios, aunque vale la pena decir que algunas de estas experiencias han sido endebles. A principios de siglo XXI se vivió un período de activismo interesante, que puede interpretarse como el comienzo de formas autónomas del trabajo cognitivo. Sin embargo, las grandes corporaciones virtuales tomaron una posición dominante en ese entonces: el trabajo cognitivo no pudo emanciparse. Hoy, por ejemplo, no se puede vincular la autonomía cognitiva con Internet, un espacio que ha sido cancelado, borrado, por la hiperpotencia de las corporaciones virtuales.

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Nos enfrentamos a un reto: debemos reanudar la autonomía de la red. Necesitamos reiniciar la autonomía de la cooperación colectiva. La capacidad de autonomía colectiva debe oponerse a la relación entre automatismos cognitivos producidos por las corporaciones virtuales. ¿A qué me refiero? Tenemos que enfrentarnos a la patología de aceleración.

Me interesa subrayar el hecho de que en las redes sociales, por ejemplo, existe la posibilidad de poner “Me gusta”. El problema no es que no exista el “No me gusta”, sino que esta dinámica ha producido un cambio importante a nivel evolutivo: un automatismo alrededor del sentimiento de la amistad. Hay una nueva generación de jóvenes que cree que la amistad es dar click sobre un objeto automático. Esta generación se aleja de la complejidad de este sentimiento. La amistad es una relación infinitamente compleja que no puede ser reducida a un código digital 0-1. Restringir las emociones humanas a este sistema es un peligro no sólo político sino también cognitivo que enfrenta la generación de personas que nació en los tiempos de la computadora.

Ocuppy fue un movimiento esencialmente de reapropiación del espacio de la vida colectiva. Pero no sólo debe considerarse a los lugares, sino también al tiempo. El semiocapitalismo está fundamentado esencialmente por una aceleración continua de tiempo productivo. Esto significa que tenemos cada vez menos tiempo para nuestras relaciones emocionales y solidarias porque lo ocupamos para fines productivos. No sólo en el trabajo, sino también en Facebook o LinkedIn, espacios virtuales íntimamente ligados a propósitos salariales. Incluso el tiempo que dedicamos al divertimento personal está invadido por una preocupación de competencia laboral. El efecto de estos procesos son claros: desorden de deficiencia de atención o depresión. La psicopatía de la generación cognitiva está sumamente vinculada con la aceleración del tiempo. Por otra parte, el tiempo de producción laboral tiende a invadir los espacios de intimidad. ¿Qué hacemos para revertir la situación? ¡No lo sé! No es un problema ideológico ni político. Es un fenómeno que le pertenece a la terapia y la poesía.

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En el pasado, recordando a Bertolt Brecht o Antonio Gramsci, se podía hablar del compromiso político que tenían el arte, la poesía o el psicoanálisis. Sin embargo, en los tiempos actuales es imposible hacerlo. Estos ámbitos que eventualmente se relacionaban, ahora están en la misma esfera. De esta manera, un proceso de emancipación debe provenir del interior.

 

En el intento por asimilar la realidad contemporánea, Franco Berardi “Bifo” ha expuesto algunos de los argumentos más deslumbrantes de nuestro tiempo. Teórico y activista, el pensador italiano nacido en Bolonia en 1949 analiza fenómenos como el semiocapitalismo, las dinámicas de productividad cognitiva, el tiempo, la tecnología y los movimientos sociales, para entender los colapsos del presente. Sus libros, entre los que se pueden destacar La fábrica de la infelicidad (2000), Generación Postalfa (2008), El alma y el trabajo (201) y La sublevación (2014), ofrecen brillantes ideas que siguen el legado de filósofos como Félix Guattari o Michel Foucault. “Bifo”, que participó en el movimiento estudiantil del 68, entiende que los sistemas de signos económicos vacíos han propiciado en buena medida las crisis financieras y las desigualdades sociales de los años recientes. Para enfrentar este fenómeno es necesario reactivar los cuerpos a través del placer, para reapropiarse de los espacios públicos e intentar un futuro diferente. 


Este texto fue publicado en Código 85 — Economías para un mundo posible, ahora en circulación.

 


[20 de febrero de 2015]

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