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Libros de editorial Alias. Imagen tomada de elpais.com
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Una página de chistes, editorial Alias. Imagen tomada de aliaseditorial.com.
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Francis Picabia: poemas. Imagen tomada de aliaseditorial.com
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Marcel Broodthaers, Editorial Alias (2016). Cortesía.
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Coordinado por Sol Henaro. Melquiades Herrera, (2014).
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Rubén Gámez, La fórmula secreta (2014). Cortesía Paperworks / GWM

De la edición como diálogo crítico. Entrevista con Damián Ortega.

diciembre 08, 2017

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¿Puede un libro ser una escultura? ¿Cuál es la pertinencia de romper los límites de una disciplina con respecto a otra? En esta época en que nos sobrepasa la abundancia de información en relación con la que podemos aprehender, analizar y cuestionar ¿cómo identificar aquella con un valor cultural?

Desde 2006 Alias Editorial ha publicado en español veintisies títulos que, en voz de su director, el artista mexicano Damián Ortega, «considera referencias valiosas del arte contemporáneo»: de Marcel Duchamp, Francis Picabia y John Cage a Cildo Meireles, Hélio Oiticica y David Medalla, entre otros.

La siguiente conversación con Ortega sucedió en su taller, tras la reciente publicación de obras que resultan particularmente significativas: Lina Bo Bardi por escrito. Textos escogidos 1943-1991; Marcel Broodthaers; Eva Hesse (biografía crítica de Lucy R. Lippard) y Entre el objeto y la imagen; Escultura británica contemporánea.

 

SANTIAGO ROBLES: ¿Cómo surgió la idea de crear una editorial?

DAMIÁN ORTEGA: Empezó por una cuestión natural, muy genuina, a partir de una necesidad y carencia que tuvo mi generación, porque no teníamos publicaciones relacionadas con el campo artístico internacional, ni existía el boom de Internet que hay ahora. La información se conseguía por medio de los libros que traía alguien, que venía de Europa o Estados Unidos de América; compartíamos los libros, los fotocopiábamos y los distribuíamos dentro del grupo de amigos y ésa era la forma de comunicarse, de comentar el trabajo de un artista y conocerlo.

Por otro lado, yo no hablaba inglés, tardé en aprender, porque durante mi educación no era bien visto. Provengo de una escuela muy de izquierda, opuesta a los gringos y al colonialismo, ésa fue mi educación. Me interesaba otro tipo de arte, el contemporáneo, en el que mi generación y yo nos involucramos y aprendimos. No existían los libros de la gente que me interesaba, de modo que el inicio de la editorial surgió como una voluntad por hacerme de los libros que hubiera querido leer. Se volvió una especie de estudio para mí y una forma de compartir con otros estos intereses. Alias no es un esfuerzo caritativo, es un acto egoísta que a la vez tomó sentido colectivamente.

 

CHRISTIAN BARRAGÁN: Sin embargo, de esa época hasta ahora ha cambiado significativamente la forma de circulación de la información, incluyendo los formatos de edición y concepción del libro, ¿cierto? Además, de ser un proyecto personal, ¿qué otras motivaciones animan esta empresa? ¿Acaso fijar una tradición o incluso un canon?

DO: Sí, creo que ha cambiado mucho. Pero al contrario de la carencia de información, la realidad mudó hacia una híper información, donde es muy difícil tener un filtro porque ya tienes acceso a todo. Es ahí donde surgió el éxito de las playlists o los libros recomendados, porque hay un autor detrás, un nombre con trayectoria que te puede recomendar una muestra o delimitar cierta área de estudio. Creo que la editorial también funciona de esta manera, es una editorial autoral que recomienda, da coherencia a un proyecto, una justificación que se mezcla y complementa de libro a libro. Por eso creo que es muy importante la autoría.

 

CB: El catálogo de Alias se compone mayoritariamente por aquellos escritos que generaron de propia mano o voz artistas destacados en el último siglo, por lo que resulta interesante reflexionar sobre cómo esta circunstancia se relaciona con una población, especializada o no, que lee poco, dentro de un medio donde cada vez hay más proyectos que mantienen una postura por generar más libros. ¿Cómo atiende está situación Alias?

DO: Creo que hay una tendencia de nutrirse más sobre el arte contemporáneo con el Internet y con todos los medios electrónicos, porque la información está caliente, es del día y México está dentro de ese ritmo eufórico del mercado y la comunicación, pero yo sigo creyendo en la comunicación del libro y la idea de subrayarlo, de tenerlo en la bolsa, de tocarlo y que se vuelva un objeto de la vida cotidiana, un objeto que te hace tener una relación muy especial con él. Nuestros libros son de bolsillo y es muy importante eso para su forma de distribución y almacenamiento. Y aunque Alias es un proyecto sin fines de lucro, espero que algún día se vaya concretando de manera más eficiente hasta conseguir que sea sustentable, que sea una editorial que pueda venderse y pagarse al siguiente libro o reedición, porque sí creo que es madurez de una empresa, de un negocio o de una colectividad que pueda generar sus propios recursos. Y bueno, que el estado haga lo mismo pues claro que sería importante. Hay tantos vacíos culturales que evidentemente este es uno de ellos, y muy grave porque tiene que ver con la educación, quizás uno de los peores males. Alias busca ser independiente pero el dinero publico desde luego es indispensable para dar recursos a los espacios culturales, museos, editoriales y demás. El estado ha hecho recortes inclementes y es imperdonable. Es aquí donde se vuelve para mí sumamente importante la autonomía, de hacer un proyecto independiente y autogestivo.

Libros de editorial Alias. Fotografía de Ramiro Chaves, tomada de marcnavarro.net.

SR: Está claro que los autores que se están editando en Alias tienen una clara línea transdisciplinaria. Es el caso de Lina Bo Bardi quien incluso diseñó muebles.

DO: Ella fue arquitecta y cada proyecto que hacía lo concebía con mobiliario. Cada obra suya incluye un diseño de muebles, y son lindísimos; escribía y publicaba en revistas críticas sobre arquitectura, pero también dibujaba y hacía caricaturas de la arquitectura. Entonces era importante traducirla porque por un lado le toca todo el contexto machista, duro, dentro del arte de la arquitectura brasileña y ella, con mucho poder, hace una obra fantástica, fuerte. Construyó centros comunitarios, teatros alternativos, edificios y es increíble. Fue interesante para mí plantear y cuestionar ese estereotipo que se da por género, pero también dentro de las disciplinas artísticas y la figura tan poderosa, tan influyente, tan radical de Bo Bardi.

 

CB: ¿Los libros que editan generan un campo semántico alrededor de tu propia práctica? ¿Son autores con los que podríamos identificar referencias de tu obra?

DO: Yo creo que sí, por eso los escojo, son los que me interesan y me han influido, generan una relación de similitudes, de admiración o de aprendizaje.

Lucy Lippard, Eva Hesse (2017). Interior. Cortesía de editorial Alias.

CB: En este sentido, es notoria una constancia por aquellas prácticas interesadas en propiciar un cruce de caminos. ¿Es un propósito de Alias configurar con su catálogo una estética determinada?

DO: Mira, lo que pasa es que justamente hubo una mala formación académica, una mala educación donde nos enseñaron que ser artista era ser pintor, y entonces te vuelves un académico, tienes que aprender a hacer ciertas cosas, el a b c, o comportarte de tal manera y lo que ha producido el arte contemporáneo es lo opuesto: abre campos hacia la experimentación, hacia el juego, hacia la identificación de la anti-academia, de la observación, de señalizar. Me interesa construir una colección de libros en la cual haya tanto una publicación sobre un músico como John Cage y al mismo tiempo otra sobre un artista que hizo propaganda sobre periodismo u otro que hizo poesía impresa en espacios públicos, o gente que ha hecho land art.

 

SR: Robert Smithson.

DO: Exacto, u Oiticica que practicaba el baile, la samba, la cual era parte indispensable de su trabajo. Es justamente romper esas barreras, romper esos límites que son bastantes arcaicos y represivos.

 

SR: ¿Podemos decir entonces que la experimentación es el sustento de tu ejercicio?

DO: Se trata de entrar en el propio campo que uno delimita como artista, si es el baile pues es el baile y encontrar el por qué y cuáles son tus intereses y el lenguaje que posee esa disciplina; no es un rigor académico, es explorar tus propias necesidades y seguir tu propia curiosidad y explorarla.

 

SR: Imagino que el libro Entre el objeto y la imagen fue decisivo para tu formación.

DO: Sí, este libro que acabamos de reeditar en Alias me parece muy influyente y significativo porque fue un libro de consulta cuando estábamos estudiando. Me pareció un nuevo mundo para entender el arte, entonces creo que ahora es incluso divertido verlo, pues era un poco más grande el original y es bonito verlo como un retoño.

Lewis Biggs, Entre el objeto y la imagen; Escultura británica contemporánea (2017). Portada. Imagen tomada de aliaseditorial.com.

CB: ¿Y el libro de Hesse? Eva Hesse fue una artista que desarrolló una obra madura a temprana edad —su desarrollo abarca tan sólo diez años—, y sin embargo su producción ha tenido una importancia decisiva en la escultura contemporánea. Al ser tú mismo un artista que practica primordialmente la escultura, ¿podrías contarnos cuál ha sido tu relación con la obra y vida de Hesse y la pertinencia de un legado así en el medio artístico local?

DO: Ella fue una artista muy emocional, muy comprometida que empezó a experimentar con materiales que también eran recientes en ese momento, los plásticos, las resinas; resultó interesante la investigación técnica que hizo, pero no era una artista con una metodología fría de estudio, sino que empezó a trabajar y mezclar y hacer estas obras gestuales bastante íntimas, excéntricas, raras. Así fue como se volvió influyente, porque fue todo un lenguaje que ella inventó, y es contemporáneo porque fue toda una investigación con materiales que estaban surgiendo. Su vida es dramática y fuerte porque murió muy joven, se trata entonces de diez años de una producción bárbara, concentrada.

 

CB: Ligado a las nociones de lo público y lo privado, Jaime García Terrés sostiene en La responsabilidad del escritor que toda vez que una obra se hace pública, ésta se inscribe y participa de un ámbito colectivo, relegando su origen privado y subjetivo. De manera semejante, has señalado que tu labor como editor se basa en criterios y afinidades personales, pero esas elecciones terminan siendo un acto público. A tu parecer, ¿cuál es la responsabilidad del editor?

DO: Creo que la mejor responsabilidad, y que yo más disfruto, es cuando hay alguien que hace lo que quiere y además lo hace por convicción. Porque si alguien se pone a pensar qué es lo que los demás querrán, y sólo realiza un “servicio a la comunidad”, convierte su oficio en un estereotipo muy convencional y predecible que se vuelve, como decía Jorge Ibargüengoitia, en el “Rey de las verdades sabidas”. Sería como divulgar algo cuando ya está dentro de un protocolo, una moral, una ética y un mercado; a lo mejor no estás explorando algo que te interese, sin subjetividad. Este proyecto ha sido una coincidencia sencilla, en realidad, porque hay tal vacío editorial que las decisiones han sido fáciles, porque son los autores que a mí me gustan, pero que también han sido monstruos en la historia del arte contemporáneo; porque si pasara lo mismo con el cine en México y seleccionas para hacer un libro a Hitchcock o a Godard, no será raro que encuentres grandes receptores. Hay una política y una línea de intereses muy legitimada, casi todos son reconocidos y es interesante cuando la editorial conforma un catálogo y hace nuevas propuestas. Luigi Amara ha dicho que un sello editorial se vuelve una recomendación que te dice “este autor también vale la pena, si no lo conoces, míralo, porque está relacionado con otros que sí te han interesado”

Libros de editorial Alias. Imagen tomada de elpais.com

SR: En el caso de Donald McRonald de Minerva Cuevas, se agradece su rigor crítico, su cuidado en la redacción y en el diseño editorial. Es decir, la responsabilidad del editor también podría venir en el sentido de publicar obras bajo el cuidado óptimo, aunque sean ediciones autogestionadas de bajo costo.

DO: Siempre buscamos dar más porque la producción editorial se convierte en algo muy caro de hacer. Primero lo lee un autor, luego pasa por un corrector de estilo, se imprime, luego lo lee otra persona, se corrige y pasa por lectores que lo depuran hasta que no haya errores. De esta forma se realiza el trabajo editorial. Con el primer título resultó diferente porque fue espontáneo aunque no descuidamos su calidad. Las siguientes publicaciones fueron más cuidadas porque nos dimos cuenta que el primero fue un libro de consulta, que muchas tesis citaban y que el público que sigue nuestro trabajo son estudiantes o coleccionistas que también quieren aprender. Además surgió una nueva oleada de gente que empezó a coleccionar arte. Anteriormente, las personas leían estos mismos títulos en inglés, pero resulta reconfortante tenerlo en la intimidad del lenguaje propio, sin los regionalismos de las traducciones españolas o argentinas, y por ello nuestros libros procuran un lenguaje más neutral.

 

 SR: ¿La facilidad o el alcance que han tenido para obtener los permisos de publicación tiene que ver con el perfil de la editorial? ¿Qué problemas han tenido al respecto?

DO: Alias inició como un proyecto que yo creía sería muy pequeño, con unas cuantas copias y una distribución muy limitada. Sin embargo, funcionó e hicimos más copias y comenzó a formalizarse. Al principio no teníamos ISBN, no pedíamos permiso ni nada. Trabajábamos con tres o cuatro libros. Fue una decisión importante determinar la formalización. Alguien sugirió que podíamos seguir distribuyendo de forma subterránea y a pequeña escala, pero nos cuestionamos cómo conseguir efectividad sin tener formalización. Temíamos no acabar la escuela o tener que pagar altos impuestos. Entonces fue una decisión que costó mucho porque implicaba tener una oficina, contratos de trabajadores y distribuidores. Formalizar implica madurez y creo que ha funcionado bien. Es cuestión de encontrar a los autores o los artistas, de hacer las llamadas necesarias. Las respuestas han sido generosas, ya que casi nadie ha requerido cobrar. Al contrario, les gusta la idea de divulgar su trabajo y que sea traducido; que de pronto, por ejemplo, exista una generación, grupo social o geográfico que empieza a conocer a John Cage. Una vez me encontré a Guy Brett en una exposición —yo no lo conocía— y le pregunté, ¿por qué no hacemos un libro? Al lado suyo estaba una señora, ella me atajó y comentó “mucha gente quiere hacer un libro con Guy”, a lo que él respondió “déjalo que se acerque, yo sé lo que está haciendo”, es decir, él ya conocía los libros y eso me abrió las puertas.

Libros de editorial Alias. Imagen tomada de cargocollective.com

SR: ¿Has tenido problemas con los derechos de traducción y edición?

DO: Sí, pero ya no es con el artista directamente, sino con los artistas muertos, que se vuelven parte de un grupo que administra la herencia; éste se ocupa de la comercialización y los derechos. Algunos han dicho radical y claramente que no desean publicar por razones personales o de expectativas, para ver si otra casa editorial los llama, pensando que puede haber más mercado, pero en general ha sido muy buena la respuesta.

 

CB: Pareciera ser que la función que desempeñas como editor es el término latino de curator, en tanto refiere al acto de cuidar o conservar.

DO: ¡El editor es un curador! Porque selecciona, recomienda y genera una relación complementaria entre cada uno de los libros; hay una ideología, una postura y existen grupos de intereses e ideas que están en juego. Hay autores que escriben en varios de los libros, como Guy Brett, autor de Campos de acción, que es una historia en tres tomos sobre el performance en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Brett también se encuentra en los textos de Oiticica y de David Medalla. Otro ejemplo es el de Lucy Lippard quien escribe en un libro sobre el performance y también es autora del libro de Eva Hesse. Es interesante cómo un autor se refiere a otro, por ejemplo Smithson era muy amigo de Dan Graham. Es una época en la que me interesa cómo ellos se complementaban como generación, cómo hablaban uno sobre el otro y lo que criticaban entre ellos. Entonces se construye un diálogo crítico, que creo es importante.

 

CB: Si bien es un sello editorial que no persigue fines lucrativos, tampoco se puede negar que los libros tienen un valor económico y que, en este caso, están activos tanto en un mercado editorial como de arte donde, como has dicho, no sólo se lee sino también se colecciona. Ante esta situación, ¿cómo se puede, ética y estéticamente, conciliar un proyecto así?

DO: No ha sido un problema y espero que no lo sea porque el tiraje es grande. Quizás en cincuenta o cien años valdrá mucho una colección completa que no esté manoseada, y que será parte de un bien económico, no sé. Yo creo que lo interesante es que lo he planteado como un proyecto de arte. Incluso, creo que es un proyecto escultórico. Con el tiempo me fui dando cuenta que los libros tienen una capacidad, una cualidad o una virtud escultórica. Justamente, la escultura es no entenderla como una estructura monumental, de metal, hecha un monumento como una torre o un pedestal, más bien es un objeto cultural que circula como un bien común. Tiene una presencia física en el librero, ocupa un espacio íntimo y su valor no es el de un objeto único. No es una pintura u objeto, como decía Walter Benjamín, con un aura, más bien es un objeto múltiple y diverso y se distribuye. El libro no es un objeto único vertical, está más repartido horizontalmente, como una distribución viral. La idea de que hoy las cosas se distribuyen como un virus es interesante, se expanden, se salen de control, crean territorios de circulación y ahí es donde está su espacio. Por lo tanto no es una idea pretenciosa, al contrario, es una idea que se fue comprendiendo, que es muy importante y tiene un autor, pese a que tiene muchos autores.

 

Santiago Robles es artista visual. En 2016, presentó Reparadora en el Polyforum Siqueiros, curada por Christian Barragán; y participó en la muestra colectiva Un mundo en común, en Ex Teresa Arte Actual. En 2014, recibió el Premio Único en la categoría de Libro de artista en la Primera Bienal Universitaria de Arte y Diseño de la UNAM.

Christian Barragán es curador independiente y coleccionista de arte. En 2009 fundó BaCO Ediciones. Coautor de los libros Gustavo Villegas: Sobre la pérdida (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2017) y Javier Marín: Zonas oscuras (Editorial Terreno Baldío Arte, 2017).

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