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Family/pLAYlab, Archi + Pool (en proceso). Render de la primera piscina flotante de Nueva York, capaz de filtrar agua. Cortesía de los arquitectos
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Family/pLAYlab, Archi + Pool (en proceso). Render de la primera piscina flotante de Nueva York, capaz de filtrar agua. Cortesía de los arquitectos
DUS Architects, Casa del canal impresa en 3D. ©marije van Woerden
DUS Architects. Cortesía del despacho
Relaciones Urbanas, Treztevents (2013). Taller educativo de autoconstrucción. ©Juan Gabriel Pelegrina
Relaciones Urbanas, Treztevents (2013). Taller educativo de autoconstrucción. ©Juan Gabriel Pelegrina
Relaciones Urbanas, Treztevents (2013). Taller educativo de autoconstrucción. ©Juan Gabriel Pelegrina

Ensayo: ¡Hackear la ciudad!

julio 09, 2015

La ciudad hackeada es el contrapunto de la ciudad ideal modernista. Una ciudad con muchos autores, en lugar de un diseñador genial. Una ciudad llena de errores, pequeñas correcciones, grandes actualizaciones, ingeniosos mash-ups. Una ciudad que revela su historia a cada paso, y celebra la inventiva de sus habitantes.

 

Hay una vanguardia de arquitectos que no construye rascacielos ni salas de concierto. No les preocupa tener su propio estilo. Incluso la perfección estética los deja fríos. El diseñador autoconsciente del modernismo, con su irrefutable fe en la ingeniería social, va en disminución. Se podría decir que el nuevo arquitecto se asemeja más a un hacker. Su mundo está repleto de actividades y estructuras a las cuales asirse. Esta nueva estirpe de arquitectos está mejor equipada para los retos de nuestros días.

En el mundo desarrollado la “ciudad del futuro” ya no es un sueño que se vislumbra en el horizonte, ya está aquí. Es la ciudad donde vivimos, trabajamos y envejecemos. Quizá retroadaptada con las últimas innovaciones tecnológicas, pero es la pátina de la historia la que determina su apariencia. Al principio del siglo pasado, el principal reto era alojar a la población y la industria crecientes de una sociedad en rápida modernización. El reto mayor actualmente es ocupar los bienes inmuebles vacíos. En muchas economías en desarrollo, se han construido abundantes edificios de oficinas, espacios para tiendas y viviendas como vehículos de inversión para el capital global, no con base en una demanda real de espacio que exista localmente. Holanda tiene 8 millones de metros cuadrados de espacio para oficinas sin ocupar. España tiene 500 mil casas abandonadas y/o incompletas. No necesitamos construir más, sino usar los metros cuadrados vacíos para algo útil.

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Los arquitectos deben hacer de tripas corazón: al parecer, ha pasado el tiempo de construir. En febrero de 2014, esta visión fue confirmada por Nico de Vries, director ejecutivo del grupo Royal BAM, una de las empresas constructoras más grandes de Europa: “Tenemos abundancia de todo. […] Tendremos un sector constructor más pequeño estructuralmente, especializado en el mantenimiento y remodelación por una parte, y en la construcción de bienes inmuebles en series de uno, por otra parte”. Las consecuencias no tardaron en hacerse presentes. Desde el estallido de la crisis económica en 2008, muchos arquitectos en economías desarrolladas han perdido sus trabajos.

Para los diseñadores de ciudades en este contexto, la situación es confusa. Es como si al “completar” el gran proyecto en que han trabajado tanto tiempo recibieran una sorpresa irreal. ¿Esto significa —puesto que ha “terminado” la construcción de la ciudad— que ya han acabado? ¿No queda nada más que el mantenimiento, la preservación y la retroadaptación? Esta línea de pensamiento implica que la sociedad es una obra de arte que de alguna manera puede encontrar su forma verdadera.

Pero la hoja de papel en blanco sobre la cual los constructores otrora proyectaron sus grandes visiones para una sociedad racional ya no está ahí. El progreso ya no es trazado en coordinadas en el espacio Cartesiano. El vacío cargado espiritualmente del modernismo ha dado lugar a una realidad plena, un futuro que ya habitamos. En el género que se ocupa del futuro por defecto, la ciencia ficción, la utopía modernista de Star Trek ha sido reemplazada por el romanticismo cyber-noir de Blade Runner. La inspiración ya no viene del idealismo y las promesas del progreso científico, sino del deseo de sanar nuestra realidad fragmentada y construir una relación significativa con lo que nos rodea.

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Ridley Scott, Blade Runner. The Final Cut (2007)

Claro que la sociedad nunca está completa ni terminada. La forma en cómo se hacen y usan las ciudades cambia constantemente. Los métodos establecidos para regular el uso de las ciudades actualmente están perdiendo fuerza. El ascenso de las redes digitales está creando nuevas dinámicas en la ciudad. Con Airbnb todos pueden rentar sus casas o departamentos como cuartos de hotel. Con la aplicación Uber, los servicios de taxi deben enfrentarse con una competencia ad hoc que no está regulada. La ciudad está siendo aumentada con una capa de infraestructura invisible que genera usos nuevos e impredecibles del ambiente urbano.

Simultáneamente vemos que, bajo la presión de una población que envejece, la sustentabilidad y la automatización avanzada, los motores socioeconómicos cambian del crecimiento extensivo —más grande y numeroso— al crecimiento intensivo —la integración y diferenciación de estructuras existentes. Esta nueva cultura de la construcción será la de experimentos, remodelaciones y mejoras desde dentro.

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DUS Architects, Casa del canal impresa en 3D. ©marije van Woerden

Revitalizar, imprimir y plantar

Como precursores de estos desarrollos podemos identificar una nueva generación de estudios de arquitectura y diseño que se distancian de sus utópicos predecesores. Su práctica está más enfocada en la programación que en el diseño del ambiente construido. Su trabajo es casi siempre proactivo y escapa de la clásica relación cliente-contratista que tradicionalmente conforma la base de la disciplina del diseño. Habitan el espacio superpuesto de empresario cultural, programador y diseñador. A continuación presentaré tres de estos estudios y sus proyectos. Son ejemplos modélicos de una nueva estirpe de arquitectos. Se los puede ver en la reciente serie de documentales sobre arquitectura rebelde de Al Jazeera, y están a tono con medios de movimiento acelerado como Dezeen.

Los estudios de diseño neoyorquinos Family y PlayLab realizaron una iniciativa conjunta para construir una piscina flotante. Parten del simple deseo de nadar en el agua que rodea Nueva York, pero en la cual no es sano nadar. La idea es que las paredes de la piscina flotante funcionen como filtros, limpiando el agua antes de que ésta llene la piscina. El grupo organizó una campaña de crowdfunding para financiar la investigación, desarrollo y construcción de una piscina que limpie el agua del río. Cada contribuyente recibe un mosaico con su nombre, que pueden regalar o usar para escribir lo que deseen. La piscina estará revestida por los nombres de quienes la hicieron posible. El sistema de filtrado está en etapa de pruebas actualmente, y se espera que esté terminada en 2016.

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Family/pLAYlab, Archi + Pool (en proceso). Render de la primera piscina flotante de Nueva York, capaz de filtrar agua. Cortesía de los arquitectos

La oficina DUS Architects en Ámsterdam albergó el sueño de crear una impresora que pudiera imprimir un cuarto, y eventualmente incluso una casa completa. Con algunos subsidios y conocimientos sobre impresión 3D, así como mucho brío, empezaron con la producción del Kamermaker (constructor de cuartos). Durante el proyecto, su red de socios en tecnología y financiadores se expandió, y el proyecto ahora aspira a imprimir en 3D un edificio completo: una casa contemporánea contigua al canal. La atención mediática explotó en torno a DUS como uno de los competidores para construir la primera casa impresa en 3D. La impresión de la casa tendrá lugar en una obra de construcción abierta al público que también funcionará como exhibición.

Recetas Urbanas, situado en Sevilla, es el estudio del arquitecto español Santiago Cirugeda. Su práctica gira en torno al mejor aprovechamiento de una situación negativa. ¿Qué se hace cuando buscas un espacio, tu presupuesto es reducido y las autoridades no te conceden los permisos para construir? La misión de Recetas Urbanas es lidiar con estas limitaciones, explotando lagunas legales, operando al borde de la ilegalidad y construyendo solos o junto a usuarios futuros. Un ejemplo de esto es la construcción de un par de salones para una escuela primaria y secundaria. La escuela requería el espacio pero su presupuesto era limitado y no contaba con ningún permiso. Recetas Urbanas aprovechó el hecho de que la construcción probablemente sería legalizada después de estar terminada. El segundo paso fue replantear la obra como un “taller educativo de autoconstrucción”. Empleando un juego de herramientas parecidas al Meccano en la obra como esqueleto estructural, y con los niños y sus maestros fungiendo como albañiles, terminaron el proyecto en cuatro meses.

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Relaciones Urbanas, Treztevents (2013). Taller educativo de autoconstrucción. ©Juan Gabriel Pelegrina

Estos estudios no se estancan en utopías que nunca saldrán del papel. Buscan resultados. Por prueba y error, capitalizando la atención mediática, forjando sociedades con partes públicas y comerciales, manipulando las reglas. Estos diseñadores no siguen una línea dura políticamente: sus acciones están inspiradas por ideas, pero les guía más el pragmatismo. Aunque pueden adoptar una retórica política (¡contra el neoliberalismo!) o anexarle una ideología (¡código abierto!) a su proyecto, fijar o profundizar una posición específica es visto como algo incómodo, un obstáculo en potencia, pues los definiría en una categoría estrecha.

¿Por qué limitar las posibilidades de lo que un proyecto puede llegar a ser desde fuera aferrándose a un dogma? Uno debe adaptarse y trabajar con la realidad en vez de en su contra. En contraposición con los ideales modernistas de ingeniería social de sus predecesores, no parecen ser capaces de, ni están dispuestos a, articular una visión alternativa ambiciosa de la sociedad por sí mismos. Más allá de lo local, lo específico, lo marginal y lo particular, su participación no tiene un propósito claro. ¿Qué es lo que quieren estos urbanizadores de vanguardia? ¿Cómo es su ciudad ideal?

 

El sueño del hacker

Debemos volver al pasado, del modernismo al nacimiento del hacker. Los planificadores urbanos modernistas buscaban organizar a la gente y sus bienes en una máquina sin fricción. Su imagen mental era la de la ciudad funcional. Estéril, fresca, formada por la geometría transparente de la razón. Estas visiones no surgieron de la nada en su momento. Le Corbusier admiraba las últimas maravillas de la ingeniería que le rodeaban: aviones, autos y trasatlánticos, así como la arquitectura libre de decoraciones de los graneros y puentes. De la ciencia y la tecnología nació la primera era de las máquinas y el modernismo. Hoy no hay novedades majestuosas que rasguen nuestros horizontes. Lo novedoso está en la tecnología en miniatura de los chips y las redes que reconectan nuestra vida social y economía. Mientras los arquitectos exploran las nuevas formas que pueden crear con estas herramientas, el cambio más significativo está en cómo alteran el proceso de diseño, abriéndolo y expandiéndolo a áreas ajenas a los límites tradicionales de la disciplina.

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DUS Architects. Cortesía del despacho

Hoy la segunda era de las máquinas cobra fuerza. Mientras que en la primera, las máquinas reemplazaron el poder de nuestros músculos, hoy sustituyen nuestro sistema nervioso de tal manera que, cada vez más, suplen a los profesionales del conocimiento. Esta vez, los ingenieros extienden nuestra cultura con computadoras y redes digitales. ¿El nuevo orden tecnológico también lleva al nacimiento de otro ideal en ingeniería social? Cuando un grupo de aficionados californianos empezaron a construir y programar las primeras computadoras personales, como hobby, en la década de los setenta, su visión era consistente con el heroísmo de los modernistas. Estos hippies del Hazlo tú mismo soñaron con las posibilidades de una máquina personal, una máquina que pudiera convertir a todos en creadores. Para ellos, la computadora no era la máquina difícil de manejar de la burocracia, como casi todos la entendían en ese entonces, sino una herramienta para expandir mentes. Una herramienta que podía liberar el potencial creativo de su usuario y así crear un mundo más bello. Un mundo de gente que constantemente jugara, creando y recreando continuamente su propio mundo. Fue después que estos ingeniosos experimentadores serían reconocidos como los primeros hackers.

En los medios populares, el hacker es representado predominantemente como un nerd taimado con una laptop que se mete en la computadora de otra persona, o peor aún, penetra los servidores de un banco o roba información privada. Pero los orígenes de la actividad del hacker —el hacking— y sus resultados —el hack— pueden hallarse en la contracultura de los hippies con habilidades técnicas en las universidades estadounidenses. En su tiempo libre entraron en los laboratorios de inteligencia artificial donde se encontraban las primeras computadoras, y programaron a esas gigantescas calculadoras para hacer bromas, música y los primeros juegos de computadora. De este crisol creativo surgió una influyente subcultura con sus propios sueños sobre el mundo, sus propias costumbres e incluso una ética compartida. La tecnología se convirtió en una herramienta personal con la cual se podía arreglar y crear el mundo.

En Hackers, Heroes of the Computer Revolution (1984) Stephen Levy se refiere a esto como el “imperativo práctico” del hacker. En un mundo de cosas que en gran medida son producto de la estandarización y las cadenas de suministro globales, el hacker cree en desmontar y manipular objetos y sistemas, para crear algo nuevo. Se trata de aprender mientras se hacen las cosas: hay que ensuciarse las manos y no nada más aceptar al mundo como es. La infraestructura tecnológica que da sustento a nuestras vidas, desde las calles hasta la fibra de vidrio, es para el hacker un ambiente de posibilidades en constante evolución. Su taller es la red de sistemas que nos rodea, tangibles y a nuestro alcance. Derivado directamente de esta doctrina práctica, se fuerza el acceso a la información y los sistemas, a todo lo que nos pueda enseñar algo sobre cómo funciona el mundo. Para el hacker, esta información debe ser pública y poderse intercambiar libremente, porque la innovación y el progreso en una comunidad sólo son posibles si uno puede construir sobre el trabajo de otro. He ahí el ideal de ingeniería social del hacker.

 

Arquitectura con umbrales

Muchos nuevos estudios de arquitectura se identifican felizmente con esta mentalidad práctica. Se alojan en sistemas existentes y tratan de sacar ventaja de ellos. Piensan en redes y trabajan pragmáticamente. Pero por desgracia, el conocimiento desarrollado frecuentemente se queda encerrado en proyectos individuales y soluciones privadas, lo que no contribuye a un bien común de conocimiento accesible universalmente. La obra de construcción abierta de DUS es principalmente un centro de información donde se puede aprender sobre impresión 3D. Pero esto no es lo mismo que el código abierto, como lo entienden los hackers. DUS no ha mostrado el proceso de desarrollo de la arquitectura impresa en 3D —no ha compartido archivos, planos ni código fuente para que otros puedan construir lo mismo. Esto no cambia el hecho de que se han compartido y obtenido valiosos conocimientos generales y replicables, pero hasta ahora, no son código abierto.

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Al mismo tiempo, el mundo arquitectónico tiene pocas prácticas culturales que contradigan la ética del hacker. Por ejemplo, el estudio arquitectónico establecido es más conceptual que práctico. Los arquitectos hacen dibujos, no ponen ladrillos. Las ideas son desarrolladas en un mundo a escala, y se las captura estáticamente en dibujos, modelos y otras simulaciones. En ese sentido, el arquitecto y el urbanista constantemente imaginan un mundo, y cada diseño completado debe hacer la transición de la ficción a la realidad. En contraste, el hacking nunca llega a un verdadero punto final. El hack funciona temporalmente y en un contexto específico. Las intervenciones suceden in situ, donde uno puede aprender y refinar. La ciudad hackeada es el contrapunto de la ciudad ideal modernista. Una ciudad con muchos autores, en lugar de un diseñador genial. Una ciudad llena de errores, pequeñas correcciones, grandes actualizaciones, ingeniosos mash-ups. Una ciudad que revela su historia a cada paso, y celebra la inventiva de sus habitantes.

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Family/pLAYlab, Archi + Pool (en proceso). Render de la primera piscina flotante de Nueva York, capaz de filtrar agua. Cortesía de los arquitectos

Un segundo obstáculo es la complacencia del arquitecto que se ve a sí mismo como una autoridad y un profesional privilegiado. Esta actitud se hace presente entre el status quo así como, aunque de manera distinta, en la nueva generación de arquitectos. Quizás exagero, pero hay muchas historias sobre el involucramiento de amplio alcance por parte de comités (llenos de arquitectos) y arquitectos quienes ejercen el control sobre cualquier cambio menor a sus diseños, muchos años después de haberlos completado. Aunque la nueva guardia no tiene mucho interés en instituciones como el estado legal del título de arquitecto y la protección del copyright de los diseños de edificios, eso no significa que para ellos la autoría sea un concepto anticuado. Aunque muchos proyectos ocurren en colaboración, y se enfocan ante todo en historia y proceso, sigue siendo el diseñador quien construye la imagen y determina la retórica. Esta forma de autoría se manifiesta no tanto en el objeto construido, sino en la imaginería, los medios y el discurso que rodean al proyecto, como en la casa del canal impresa en 3D, o en la piscina hecha con crowdfunding. Esto es distinto con el hacker. Para él, la autoría yace especialmente en el reconocimiento y validación de su trabajo entre una comunidad de iguales que valoran el conocimiento, la habilidad y el talento mucho más que los diplomas, currículos u otras credenciales externas. En los círculos arquitectónicos, sin embargo, la relación con los colegas profesionales se siente un tanto competitiva, y el reconocimiento mutuo no se obtiene con facilidad, sino que se basa en la adquisición de premios, publicaciones y exposición mediática.

Quizás el obstáculo fundamental toca el centro del arquitecto y urbanista: su ideal del espacio. La forma en que ven y entienden el espacio es una construcción cultural sobre la cual existe poca conciencia. Su idea de espacio es una idea de abstracción. El lienzo Cartesiano sobre el cual se orquesta el espacio es vacío y pasivo. La hoja de papel, el plano, y también el universo tridimensional en el monitor de la computadora: espacios vacíos regulados por leyes geométricas. Los problemas son analizados y resueltos en un cosmos geométrico donde la masa y el vacío, forma y contraforma, ejes, simetría y proporciones, son la lógica subyacente.

 

De error de sistema a creador

Esta perspectiva del espacio no es la única legítima, así como construir la ciudad nunca ha sido el dominio exclusivo de los arquitectos y planificadores. La ciudad está llena de vida. El éter vibra con señales de torres de telefonía celular, redes telefónicas y Wi-Fi. Los vecindarios y lugares también existen en los sueños y recuerdos de los habitantes. Los permisos, los parquímetros y los semáforos regulan el comportamiento. Los agentes de bienes raíces, asociaciones de vivienda y caseros explotan el ambiente construido. La ciudad se sostiene por interacciones humanas en las cuales muchas representaciones del espacio y el tiempo están entrelazadas y relacionadas. Este tejido social no puede reducirse simplemente a una representación de geometría en un mundo tridimensional. El hacker agrega una perspectiva valiosa: la ciudad como un paisaje visible e invisible de posibilidades y oportunidades. Para abordar esto, los planificadores urbanos necesitan abrir nuevas perspectivas y modos de imaginación más allá de las perspectivas disciplinarias que les fueron heredadas durante su formación.

El rol del hacker, inspirador para los arquitectos, es aún más profundo. No sólo reinterpreta radicalmente la idea de una disciplina, sino que también muestra un camino por el cual el conocimiento y la habilidad pueden unirse en una infinidad de nuevas constelaciones. El hacker es anti-disciplinario. Su ideal de ingeniería se preocupa mucho más por cómo construimos que porqué construimos. Y con el énfasis en el cómo, el hacker cambia nuestra relación con el mundo que nos rodea. En su visión, nuestro medio ambiente no tiene que ver con la alienación sino con el reconocimiento: un ambiente legible y significativo, algo que ningún diseñador ni publicista puede darnos. No le preocupa capturar, sino abrir el mundo. Exhibe el placer del involucramiento, la creación en conjunto, la ingeniosa manipulación del mundo. Al mismo tiempo nos dice que en esta actividad reside un poderoso ideal universal: al diseccionar hábilmente y jugar con los sistemas de tu medio ambiente tendrás acceso a tu propio ambiente, y al mismo tiempo abrirás un mundo mucho más grande.

La ética del hacker y algunos de los nuevos estudios de arquitectura tienen una cosa en común: muestran que es posible una reorientación radical de la disciplina. En el espectro entre el hacker y el arquitecto, dos creadores arquetípicos y en muchas formas opuestos, se abre una multitud de posibilidades.

 

 


Edwin Gardner es arquitecto, escritor, curador e investigador especializado en diseño y arquitectura. Ha colaborado para Volume Magazine y Archis. Es cofundador del colectivo de investigación Monnik e investigador de la Academia Jan van Eyck.

 

 


[23 de marzo de 2015]

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