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Instalación del Tlaloque en Hidalgo. Fotografía de Celsea Calderoni. Cortesía de Isla Urbana.
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Instalación del Tlaloque en Hidalgo. Fotografía de Celsea Calderoni. Cortesía de Isla Urbana.
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Sierra Huichol. Fotografía cortesía de Isla Urbana.
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Sistema Biobolsa, Veracruz, 2012. Cortesía.
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Sistema Biobolsa, Veracruz, 2012. Cortesía.
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Proyecto Innovando la Tradición A.C. en el MOMA. Imágenes cortesía Innovando la Tradición A. C..
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Proyecto Innovando la Tradición A.C.
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Proyecto Innovando la Tradición A.C. Imágenes cortesía.

Ensayo: Diseño social mexicano

octubre 12, 2017

Desde que el ser humano empezó a modificar materiales para hacer una herramienta más específica o adecuarla para mejorar su utilidad, la humanidad comenzó a diseñar. Modificar el entorno para sacar provecho de él es una actividad que todos hacemos, algunos conscientes de ello y otros de manera instintiva, por necesidad.

Poco a poco, los productos resultantes de esas necesidades empezaron a convertirse también en expresiones culturales o sociales, objetos que distinguían a una tribu de otra, a un pueblo de otro. Las maneras de hacer y ver el mundo del colectivo se plasmaban en la creación del individuo. Con estas diferencias, empezaron también a surgir experimentos que buscaban responder a los materiales inmediatos y las necesidades concretas del contexto. Esto es, dada la variación en la disponibilidad de los materiales y las necesidades que representaba cada entorno, las herramientas se conformaban de maneras distintas. A través de este proceso, cada cultura cultivó sus saberes hasta hacerlos específicos, de tal manera que una aldea en la montaña y una aldea en la costa dejaron de compartir las mismas herramientas. El diseño de objetos y espacios mantenía entonces un sentido utilitario orientado a las tareas productivas, pero cumpliendo ahora con determinados papeles sociales, culturales y religiosos. Se volvían, entonces, objetos integrales que iban más allá del sentido utilitario.

Con la revolución industrial, que permitió la producción en serie y, más adelante, la revolución de los plásticos, muchos objetos y espacios empezaron a  perder su carácter único. Se volvieron caprichos del consumo acelerado que la repetición del modelo industrial y el mercado permitían y fomentaban. Empezaron a volverse ideas desechables, modas pasajeras, obsolescencias programadas por un gremio que fue desplazando a aquellos a quienes no acomodaba el modelo.

Independientemente de formar un juicio de valor hacia lo que esta evolución significó, es evidente que implicó un cambio en el sentido del diseño. Todos los cambios tienen consecuencias, positivas o negativas, sobre el contexto que los provoca y asume. En el caso específico del diseño, estos cambios significaron una manera distinta de producir, consumir y desechar y, por lo tanto, una manera distinta de diseñar.

La primera consecuencia, la más evidente tal vez, es el costo que esto significa en cuanto a recursos materiales, naturales y financieros, tanto en términos de producción como de desechos, y las consecuencias que conlleva cada uno. A partir de esta reflexión han surgido corrientes en las disciplinas creativas que proponen diseñar tomando en cuenta los recursos naturales y el ciclo de vida de los productos, tales como el diseño sustentable, el diseño verde, y el ecodiseño, por ejemplo. Sin embargo, parecería que en la mayoría de los objetos de uso cotidiano y de consumo masivo no existe una reflexión acerca de las consecuencias e implicaciones que los modos de producción modernos tienen en los ámbitos cultural, social o económico —o, de existir, no resulta evidente para el consumidor.

Con esta reflexión me refiero al cuestionamiento acerca de si la producción en masa no fomenta las disparidades económicas y el aumento de las desigualdades, si no fomenta la supresión de la cultura local, si está reproduciendo modelos inclusivos o exclusivos entre clases sociales, grupos e individuos; o, por el contrario, si el diseño puede trabajar en conjunto con otras herramientas para lograr el equilibrio y la inclusión de todos en una visión más amplia de lo que el mercado, la necesidad y la demanda significan.

A aquellas propuestas que incorporan estos criterios humanos, sociales y culturales, en una o todas sus etapas (proyección, producción, distribución y consumo), se les llama diseño social. En realidad, no existe un consenso de lo que el término diseño social significa. Cada autor toma distintos nombres y definiciones como punto de partida. Y, de hecho, la mayoría de las propuestas que se realizan con estos propósitos no se definen como tal. Algunos de los términos más utilizados para referirse a esta tendencia son los de diseño social, diseño socialmente responsable, diseño de impacto social, innovación social, diseño centrado en el humano, diseño participativo, diseño empoderador, diseño para el desarrollo o diseño para la necesidad.

En un sentido estricto, todo diseño es social, pues se realiza desde y para una sociedad; responde a un contexto específico y no puede ser ajeno a éste. Sin embargo, no todo el diseño está pensado en términos sociales. Es decir, no todos los objetos de diseño incorporan esta reflexión, ya sea a nivel de proceso y producto (lo tangible) o a nivel de consumo y discurso (lo intangible).

Para efectos prácticos, podemos decir que el diseño social se refiere a todo aquel proceso creativo cuyo objetivo sea la transformación de una situación dada —un problema social— hacia una situación deseada. Durante las etapas de conceptualización, producción, distribución y consumo, se involucra al usuario (quien vive la problemática) y a su contexto (donde se desarrolla la problemática) para promover una perspectiva endógena que estimule el cambio desde la inclusión de valores, quehaceres, saberes y visiones particulares del grupo beneficiado.

El diseño social puede ser una herramienta de cambio de situaciones y ayudar a la erradicación de problemáticas sociales, siempre y cuando el enfoque o la actitud que están detrás de la solución propuesta corresponda en resultado y discurso a los objetivos de transformación del contexto y no sea utilizado como una simple etiqueta para aumentar su valor en el mercado.

Por poner un claro ejemplo, podemos hablar sobre el problema del agua en las grandes ciudades, problemática no únicamente ambiental sino de asimetría social con respecto al acceso a los servicios básicos. Como es sabido, el acceso a servicios básicos es mayor o menor de acuerdo con la zona de residencia; esto, por supuesto, impacta directamente en la calidad de vida. No es una cuestión únicamente social, sino que tiene muchas dimensiones: es ambiental en referencia a la escasez del agua en las ciudades y la demanda que esto implica sobre los distintos sistemas de suministro; es macroeconómico por las zonas de desarrollo, gentrificación y centralización de recursos públicos y privados; es tema de economía familiar porque se destinan recursos extras para obtener el servicio a través de proveedores privados, etcétera.

Resolver entonces un problema de suministro de agua en una casa habitación de la Ciudad de México bajo la metodología de diseño social tendría como objetivo el mejoramiento de la calidad de vida de su propietario al dotarlo de este vital insumo, y tendría que contemplar dentro de la solución las especificidades culturales del contexto y las necesidades y actitudes específicas de los usuarios.

Al diseñar, producir e instalar sistemas de captación de agua pluvial para casas habitación de las zonas marginadas de la Ciudad de México —asegurándose de su correcta apropiación al educar a sus usuarios e involucrarlos en la solución, creando así un servicio asociado de mantenimiento a largo plazo— estaríamos hablando de diseño social. Este producto/servicio/sistema no sólo tendría efectos en la calidad de vida de las personas que lo utilizan, sino que provocaría efectos en la economía familiar y en los planes gubernamentales (de la expansión de la red); efectos ambientales por la desaturación de la presa que alimenta el sistema urbano y el aprovechamiento de un recurso descentralizado; derrama económica al crear empleos para instaladores y técnicos de mantenimiento. Es decir que se pone en marcha un proceso de cambio hacia una situación deseada de manera sistémica e inclusiva del usuario y el contexto en todas las etapas, considerando las distintas dimensiones de la problemática.

Pero, ¿qué pasaría si no estuvieran incluidos el usuario y el contexto dentro de la solución? Cuando se impone una solución, no se está pensando en las características específicas de la región y en la adopción del producto o la utilización del servicio. Por ejemplo, hablando de la importancia de servicios sanitarios, comparemos dos diferentes opciones que se encuentran en el mercado para un contexto en el que no existe sistema de drenaje: baño seco y baño con fosa séptica. En principio, ambas soluciones resuelven el mismo problema, pero son diametralmente distintas en términos de las condiciones previas de infraestructura, el uso con respecto a las costumbres específicas y los cuidados con respecto a la limpieza y el manejo de residuos. Desglosando algunos de estos principios, pensemos en la diferencia que podría haber en las categorías de proyecto y consumo. Durante la etapa de proyecto, hay diferencias sustanciales que considerar acerca de las condiciones del terreno y la infraestructura disponible para el manejo de residuos. Durante la etapa de consumo, habrá que pensar en cómo se usa, limpia y «vacía», y relacionarlo o contrastarlo con las costumbres del usuario.

Ambos productos podrían tener el mismo impacto, pero depende mucho del seguimiento, el entendimiento profundo de la problemática y el contexto y, finalmente, del involucramiento del usuario. Si colocáramos baños con fosa séptica en un entorno rural, estaríamos obviando el tema del acceso al agua y el manejo posterior de los residuos; ¿quién va a limpiar y vaciar la fosa séptica en el futuro? Por otro lado, si instaláramos baños secos en un contexto semiurbanizado, habría una posibilidad más grande de que, comparando con sus vecinos, el usuario no se acostumbre a la diferencia entre un sanitario «tradicional» y el seco. Al mismo tiempo, el manejo de los residuos en el baño seco implica un tratamiento muy distinto que sería importante considerar. En el entorno rural, por el contrario, este manejo puede ser utilizado como abono en campos de cultivo con el tratamiento adecuado. En este ejemplo, es muy evidente la importancia de la participación, educación y análisis de la problemática con respecto al contexto en el que se desenvuelve.

Me parece importante para las profesiones creativas entender cómo se provoca, genera y consume el diseño social en un país con tantas necesidades como el nuestro. Por otro lado, lo más importante es entender que el diseño social no es simplemente un producto tangible (que puede ser objetual, arquitectónico, gráfico, etc.), sino que es un proceso que debe ser coherente desde la conceptualización hasta el consumo, e incluso durante la vida útil de éste (hablando de uso, mantenimiento y desecho, entre otros).

Al final, todo diseño es político e ideológico, ya sea porque cuestiona el modelo económico, social y cultural en el que aparece, o bien porque lo contradice y critica —o, incluso, propone un discurso contrario. Y no solo es eso, sino que también es un vehículo político por las asimetrías que expresa y un vehículo ideológico por las posturas y creencias que representa y promueve. Por esto es importante entender cómo, desde las disciplinas creativas, podemos ayudar a generar los cambios necesarios en nuestro contexto actual.


Ana Lucía Coll es directora comercial y social de Iluméxico. Estudió Diseño Industrial en la UNAM, hizo una maestría en Estudios del Diseño en CENTRO y estuvo en el Programa de Excelencia de emprendimiento y Competitividad en Columbia Business School.

[12 de octubre de 2017]

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