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Esquina de Cacahuamilpa y Ámsterdam antes del sismo del 29 de septiembre. Imagen tomada de la cuenta de twitter de @annielagos
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Esquina de Cacahuamilpa y Ámsterdam después del sismo del 29 de septiembre. Imagen tomada de la cuenta de twitter de @annielagos
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Esquina de Cacahuamilpa y Ámsterdam. Imagen tomada de chilango.com
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Esquina de Laredo y Ásterdam. Fotografía de Manuel Sebreros. Imagen tomada de animalpolitico.com

Ensayo: Cacahuamilpa 14

noviembre 10, 2017

A poco más de un mes del sismo que sacudió al país, compartimos este testimonio que surge desde uno de los epicentros del desastre.

 

El día del sismo me encontraba en la universidad. Iba entrando al salón cuando Martha, una alumna, nos dijo a todos: «está temblando, se lo juro, ¿qué hacemos?». «¡Corre!», respondí. Mi respuesta fue demasiado instintiva y contra todo parámetro de seguridad con el que nos han educado desde niños, pero estábamos en sótano 2 y apenas pude alcanzar a pensar que ante un derrumbe, ese lugar era una muerte segura.

Salimos a la explanada para encontrarnos con una masa en shock. Nosotros no éramos la excepción. Lo primero que hice fue telefonear a mi novia, que se había quedado en mi apartamento. Vivía en Hipódromo Condesa y pensar en la zona me ponía nervioso. Contestó espantada y me dijo que estaba camino a la universidad. Alcancé a mandar una nota de voz a mi mamá para que no se asustara (ella vive en Xalapa) y entonces intenté telefonear a Anuar y Samuel, mis entonces roomies. Ninguno de los dos respondió.

Me llegó un mensaje de mi primo preguntándome si estaba bien. Una vez que respondí que sí, me mandó una captura de pantalla de un tuit que anunciaba edificios caídos sobre Ámsterdam. Se me debilitaron las piernas, me alejé de todos y seguí telefoneando a mis ahora ex roomies. Ninguno daba respuesta y los ojos se me pusieron llorosos. Vivíamos en Cacahuamilpa 14, casi esquina con Ámsterdam, y su trabajo está en Celaya, también casi esquina con Ámsterdam. En mi cabeza su falta de respuesta me hacía pensar lo peor. Sin embargo, al paso de media hora logré contactarlos y encontrarme con Cristina, mi novia.

Ese día la ciudad era un caos y yo estaba hasta Huixquilucan, temeroso y culpable de no estar en mi colonia ayudando a la gente que me encuentro a diario y que nunca saludo, de no estar ahí donde diario corro, donde diario caminaba. Cristina y yo decidimos bajar a la Roma-Condesa a como diera lugar. Ahí vivimos, ahí hacemos nuestra vida todos los días, ahí estaban nuestra casa y nuestros amigos. Así que bajamos caminando desde Lomas Virreyes. Al llegar a la zona todo fue abrumador. Es terrible ver tu vecindario caído, colapsado, reducido a una zona de desastre. Volteaba a todos lados esperando encontrar amigos, conocidos, pero no encontraba a nadie.

Esquina de Cacahuamilpa y Ámsterdam después del sismo del 29 de septiembre. Imagen tomada de la cuenta de twitter de @annielagos

Caminamos a casa, entre la gente, entra las multitudes, entre toda la confusión, entre los policías, entre olor a gas y cosas derrumbadas que te hacen sentir frágil, como ese edificio que estaba casi enfrente de la que era mi casa y que ahora ya no estaba. Pero volteé y entre la gente vi a Juan, que siempre estaba en la planta baja de ese edificio vendiendo antigüedades. No nos conocemos, pero yo pasaba todos los días por ahí. Me dieron ganas de abrazarlo en tono de solidaridad. Me alegró saber que estaba con vida a pesar de nunca habernos tratado.

Entonces vi mi edificio, quería entrar para saber si estaban ahí mis amigos o para ver si me habían dejado alguna nota. Sabía que estaban bien, pero hacía horas que no podía comunicarme con ellos y realmente quería verlos. No somos de la Ciudad de México, ellos son mi familia en esta gran ciudad que, en ese momento, para mí se había reducido a una gran tragedia. Al intentar entrar a Cacahuamilpa 14, Cristina y yo nos percatamos de que el edificio de junto se había ladeado. Entendimos que si ese edificio estaba así de dañado estructuralmente significaba que el nuestro había devenido automáticamente en sitio inhabitable. Entramos, con mucho temor, a un edificio a oscuras. Con prisa sacamos algunas cosas básicas, pues no podríamos pasar ahí la noche.

Después de varias horas logramos encontrar a Anuar, Samuel y Mariana, su novia. Le dije a Anuar que me sentía culpable de no haber llegado antes. Él se puso a llorar por todo lo que le había tocado ver al estar en su oficina en el momento del sismo. Fue de los primeros en llegar al edificio caído de la calle Laredo.
Esa noche la pasamos (porque apenas dormimos) en casa de mi hermano en el sur de la ciudad. Por la mañana regresamos a la zona. Queríamos ayudar pero también saber qué iba a suceder con nuestra casa. Fue imposible obtener información. La esquina de Cacahuamilpa con Ámsterdam se había vuelto un punto de reunión importante para el equipo de rescatistas (además del edificio caído a unos metros del nuestro, a la vuelta se encontraba el de Álvaro Obregón) y era imposible ingresar. Estaba todo acordonado y vigilado.

Para la tarde de ese día comenzamos a temer por nuestro futuro. El edifico de junto se veía muy mal y el que le sigue también. Era evidente que ya no podíamos vivir ahí, así que las preguntas comenzaron a acecharnos: «¿qué iba a suceder?, ¿dónde íbamos a dormir, a vivir?, ¿perdimos nuestras cosas?, ¿y mis libros?».

Todas esas dudas nos comenzaron a llenar de desesperación. Todos los días íbamos a intentar obtener información, a pedir que nos dejaran pasar a sacar algunas cosas (como ropa) porque intuíamos que nuestra casa se había ido. La incertidumbre nos comenzó a comer a diario, a cada hora, a cada quien en el espacio que nos habían prestado para pasar los días. Frente al panorama general me sentía privilegiado por una infinidad de cosas, pero qué mal se siente perder tu casa, tu cuarto, esa guarida cósmica que te da seguridad. De pronto, todas esas cosas materiales que con el paso de los días terminas llamando hogar estaban ahí pero a la vez ya no estaban.

Sin embargo, luego de varios días de irnos a dormir pensando que lo perderíamos todo, nos avisaron que nos darían permiso de ingresar a sacar cosas. Llegamos incrédulos y los soldados nos sorprendieron diciéndonos que podíamos llevar un camión de mudanza para sacar todo si así deseábamos. Ese día, entre risas que disfrazaban muchos sentimientos, fue la última vez que estuvimos todos juntos en Cacahuamilpa 14.

Anuar se fue a vivir con unos amigos. Samuel y Mariana también. Cristina y yo rentamos un departamento y en cuestión de unos días nos encontramos viviendo una vida no planeada. Con deudas, con estrés de sobra y con un perro adoptado (también afectado por el sismo). Ayer en la tarde Anuar me escribió: «Estaba paseando a Helen (la perrita de los amigos con los que ahora vive) con Samuel, y estábamos parados en una esquina, él con su pierna lastimada y yo con el perro. Se me quedó viendo y me dijo: ¿en qué pinche momento acabamos así?». Esto ha sido más difícil de lo que parece.

 

Fernando Bustos Gorozpe es profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.

 

[10 de noviembre de 2017]

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