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Mathieu Lehanneur, Andrea, 2009.
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Mathieu Lehanneur, Andrea, 2009.
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Mathieu Lehanneur, Andrea, 2009.
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Mathieu Lehanneur, Andrea, 2009.
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Tomáš Gabzdil Libertíny, The Honeycomb Vase "Made by Bees", 2006. © 2014 Tomáš Gabzdil Libertíny
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Susana Soares, Bee´s, 2009. Cortesía de la artista.
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Susana Soares, Bee´s, 2009. Cortesía de la artista.
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Vestergaard, Lifestraw, 2005.
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Vestergaard, Lifestraw, 2005.
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Vestergaard, Lifestraw, 2005.
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Mathieu Lehanneur, Local River, 2008.
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Mathieu Lehanneur, Local River, 2008.
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Mathieu Lehanneur, Local River, 2008.

Opinión: Diseño sustentable, la difícil misión imposible

mayo 06, 2014

La palabra sustentable se ha utilizado para describir una conducta bienintencionada de los diseñadores contemporáneos. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de él? Y, mejor aún: ¿qué caminos debemos tomar para hacer de esta disciplina un medio efectivo para resolver las problemáticas de las sociedades actuales?

Como las barajas luego de mucho juego, las palabras también se gastan. Ocurre, curiosamente, con sustantivos o adjetivos cuyos significados adquieren fuerza conceptual a propósito de la época. Aunque todavía no se sepa muy bien qué es, la palabra sustentable circula sin freno: como mandato instalado de pura urgencia o como prefijo/sufijo que está bien adosar porque se supone que es… “algo bueno”.

Para que semejante movimiento no erosione su sentido ni, mucho menos, las posibilidades de aplicarlo desde distintas disciplinas conviene ponerse de acuerdo acerca de qué hablamos cuando hablamos de sustentabilidad. Sobre todo porque el diseño sustentable tiene mucho por recorrer en el siglo XXI: debe repensar casi todo lo que produjo la cultura material en los últimos 225 años con la inercia propia de la Revolución Industrial para replantearlo bajo nuevas coordenadas. Ni más ni menos.

Para calibrar su importancia vale la pena refrescar información dura: el 80% del impacto ambiental de los productos, servicios e infraestructuras que nos rodean se define en su etapa de diseño (Annual Review 2002 del Design Council). Así, las decisiones que toman los diseñadores dan forma a los procesos ocultos tras los productos que usamos, los materiales y la energía que se requieren para fabricarlos, la manera en que operamos con ellos en nuestra vida cotidiana, y lo que les ocurre una vez que ya no los necesitamos. “Quizá no era nuestra intención, quizá lamentamos el curso que han tomado las cosas, pero lo cierto es que nosotros mismos hemos diseñado el camino hacia los problemas que hoy en día debemos enfrentar”, señala el filósofo inglés John Thackara.

En ese camino de retorno (posible y a nuestro alcance) la gente debería comprometerse en sus hábitos cotidianos a través del consumo responsable y el descarte ídem. Y en esos actos, que algún incauto pudiera tildar de mínimos, está el diseño. Por ejemplo, proyectando composteras para que nadie tenga excusas, aún viviendo en departamentos urbanos, para reducir su basura y devolver los restos orgánicos a la tierra. Un tema típico de concursos para estudiantes universitarios, sobre todo en América Latina, que también son encargados a diseñadores profesionales, aunque muchos optan por poner sus diseños en las libres comarcas del anti copyright.

Entre los deshechos no orgánicos hay un elemento de consumo global ultramasivo que nadie cree que pueda ser una fuente poderosa de rehúso: los chicles. Sí, la goma de mascar. En Gran Bretaña el diseñador David Wesson fue uno de los precursores de esta idea con gummybin, un display que se instala en la vía pública para que los usuarios tiren sus chicles que luego son tratados con un proceso de criogenización para hacer alfombras de goma de caucho de alta densidad, las mismas que se usan en los laterales de las canchas de futbol.

Echando mano de uno de esos ejemplos que suelen esconderse detrás de los tabúes también se puede mencionar el famoso moon cup (1930), un tampón ecológico de látex que además de ahorrar millones de toallas íntimas diarias, es más higiénico.

La accesibilidad en las grandes ciudades y las expresiones locales de comercio justo a nivel global son otros problemas a los cuales el diseño debe responder.

En América Latina el diseño puede potenciar a los artesanados vernáculos a través de una estructura que les permita maximizar su rédito, ligado al uso de materiales y técnicas nativas. El caso de la ONG Artesol, en Brasil, es emblemático.

En este punto es válido retomar la posibilidad de un acuerdo en torno a la sustentabilidad en el diseño, porque mucho se está haciendo pero tanto más se está diciendo. En 1987 en “Nuestro Futuro Común”, incluido en el Informe Brundtland de la Comisión Mundial sobre el Desarrollo del Medio Ambiente y el Desarrollo de la ONU se menciona al respecto: es “aquel que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”.

Así, se entiende el diseño sustentable como un concepto relacionado con el ambiente, pero también con la economía y lo social. ¿Cómo sostener un modelo de desarrollo productivo sin comprometer el entorno y revertir la pobreza y la vulnerabilidad de la población? Analizando la producción industrial. En Argentina, por ejemplo, existen enfoques sustentables parciales, como los emprendimientos de cooperativas y fabricas recuperadas tras la crisis de 2001.

De esta manera, podemos hablar de un desarrollo sustentable enfocado en lo social: el trabajo colectivo permite “sostener” económicamente estas iniciativas. Al sumar el rescate de saberes locales, la puesta en valor de productos y las materias primas regionales, el discurso se completa.

El aspecto ambiental de lo sustentable se manifesta a partir de productos que reemplazan energías provenientes de combustibles fósiles por energías no convencionales. Ejemplos: cocinas, duchas, estufas, lavarropas y electrificadores solares. También se pueden mencionar aquellos productos convencionales, como una mochila de descarga/depósito para inodoros, que hoy se diseñan con nuevas premisas: son durables y pensados para ahorrar recursos (energía y agua). La sustentabilidad como una forma de diseño y producción es una cuenta pendiente en muchas industrias latinoamericanas que se esfuerzan por superar el reciclaje o el rehúso de materiales.

En este sentido son igualmente importantes los productos que hemos mencionado como las acciones que circulan por las pistas mainstream de ferias y publicaciones internacionales. Su valor, muchas veces minimizado porque no cumplen con premisas estrictas de fabricación sustentable, genera cultura alrededor de esta necesidad desesperante para la nave Tierra.

Muchos diseñadores, latinoamericanos o internacionales, pertenecen a este grupo: han desarrollado productos eficaces de manera independiente o han apostado a objetivos masivos e industriales trabajando para empresas, como la cosmética Natura, de Brasil. El cono sur merece una mención. Ha invertido significativamente en recursos y campañas para la concientización del uso de refills en lugar de costosos packagings a partir de productos de plantas propias de la región.

Premios como el Red Dot, que promueven el diseño comprometido con su tiempo y su lugar (la boquilla Life Straw para purificar del agua en África es más que emblemática) o el Design for the Other 90%, que se expuso en el museo Cooper Heawitt de Nueva York, hacen que redirijamos la mirada hacia las necesidades de la época que no pertenecen al vertiginoso ritmo que dicta el mercado sino a las consecuencias de esa velocidad/inercia.

Son productos reales que, sin embargo, carecen del componente “design” en tanto cliché estético, aunque están bien diseñados. Se trata del nuevo realismo anunciado para el siglo XXI, que está acompañado de la nueva conciencia de habitantes de la casa común (no olvidemos que la palabra ecología proviene del griego oikos, que significa casa).

Mientras presentaba un prototipo de automóvil que recarga su energía a partir de cristales solares (especialmente desarrollados por Swarowski), el avezado diseñador británico Ross Lovegrove mencionaba que el futuro nos debería ofrecer autos pequeños y transparentes para cuidar lo que más importa: sus usuarios, que se harían visibles de cuerpo entero. También advertía un futuro no muy lejano donde los colores serán opacos, oscuros y marmolados, producto del plástico reciclado y ya no de la inyección de tinta a todo vapor. (Por cierto, si dejáramos de usar autor todo marcharía mejor.)

En 2008, la muestra Design & the Elastic Mind, curada por Paola Antonelli en el MoMA, planteó acabadamente la importancia del diseño en vías de la sustentabilidad planetaria abarcando 25 años pasados y la misma cantidad de tiempo prospectivo. Para lograrlo, invitó a la mesa de discusión a nada menos que 278 diseñadores. La gente entendió entonces que el diseño sustentable no se refiere únicamente a una silla bonita o una lámpara bonita producida bajo criterios de protección ambienta. Hay otras necesidades urgentes enfocada en hechos y no sólo en palabras. Para cambiar las cosas, hay que cambiar las cosas.


Carolina Muzi es periodista especializada en diseño, editora y docente universitaria de Historia del Diseño en la UNLP y UNDAV  de Argentina. Asimismo es curadora independiente.

[6 de mayo de 2014]

 

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