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Cuauhtémoc Medina, Abuso Mutuo (2017). Cortesía de Editorial RM.
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Gabriel Orozco, Mis manos son mi corazón (1991).
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Francis Alÿs, Cuando la fe mueve montañas (2002).
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Cuauhtémoc Medina, Abuso Mutuo (2017). Vista interior. Cortesía de Editorial RM.

Destacado: «Abuso mutuo» de Cuauhtémoc Medina (Delito de estupro)

octubre 17, 2017

Las señales de fisura (aunque preciso sería hablar de la deblace —aquí debiera estar escrita la palabra socavón—) tienen tiempo anunciándose, con la magnitud irrebatible de una catástrofe natural.

El pensamiento crítico en México, dada la mediocre relación entre la universidad y la sociedad que nos distingue, fue detentado durante demasiado tiempo por los escritores de literatura, casta que con mayor o menor fortuna asumió las funciones propias del ejercicio intelectual: capacidad de denuncia, una crítica sostenida (con frecuencia edulcorada) y en el mejor de los casos la peregrina expresión de un inconsciente colectivo en contra de un sistema alevoso, representado a cabalidad por el aparato de gobierno.

Con la muerte de los referentes literarios más visibles, la crítica cultural de mayor nivel abandonó los espacios de la literatura (hoy relegada a la marginalidad zozobrante de cierto periodismo cultural) y, de mano del auge de las nuevas plataformas comunicativas, quedaron cimbrados los antiguos códigos de legitimación que daban forma a la opinión pública como la conocíamos. Como la audiencia en general se ha vuelto emisora, resulta complicado distinguir el grano de la paja:1 refractarios a lo sólido, nos dispersamos en el aire.

En ese tenor, si bien se trata de una obra enfocada en los debates, las polémicas y las circunstancias del arte contemporáneo suscitadas en México de 1992 a 2013, Abuso mutuo. Ensayos e intervenciones sobre arte postmexicano, del curador Cuauhtémoc Medina, se instala como una obra única en el panorama de la crítica en general que atiende no sólo el estado del campo cultural mexicano en el presente, sino que reubica lugares, posiciones y señala nuevas rutas para comprender y ejercer el pensamiento antisistémico en aquel país alguna vez llamado México, hoy feudo abandonado a los caprichos del desgobierno en turno y, en buena parte del territorio, a los intereses de los distintos señores de la guerra.

Protagonista de la escena cultural mexicana, tiene años que Medina es un referente internacional en las escabrosas arenas del arte contemporáneo, no sólo por haber fungido de 2002 a 2008 como curador asociado de arte latinoamericano para la Tate Modern, desempeñarse en la actualidad como curador en jefe del MUAC o por haber curado la polémica exposición ¿De que otra cosa podemos hablar?, de Teresa Margolles, para la Bienal de Venecia en 2009; sino también, como delata el cuerpo del delito, por demostrar con la ductibilidad y ramificación de sus ensayos, artículos e intervenciones que es en el campo del arte contemporáneo donde hoy por hoy se dirime el pensamiento con mayor profundidad y perspectiva, en aras de saber dónde carajo estamos parados dentro de la convulsiones del presente.

Aceitadísima caja de herramientas —seleccionada por Edgar Alejandro Hernández y Daniel Montero— que ofrece luces nuevas sobre todos los tópicos que toca, el libro nace atrevesado por el disenso, la transversalidad y el análisis; algo que yo no encontraba en México desde hace años y que reconfigura el lugar de la crítica de arte dentro de los debates intelectuales. Si bien el libro de Medina encuentra alguna contigüidad en los análisis socioculturales practicados por Néstor García Canclini, la posta que nos entrega viene encendida y envenenada: ahí donde el argentino ilustra como antropólogo, Medina fulgura con el estilo del polemista. Y el rigor del historiador.

Aunque los temas que tocan los ensayos, artículos y ponencias son vastos y complejos, el libro circula por tres ejes principales. Por una parte ofrece una mirada retrospectiva sobre algunas de las estancias, matrices, soportes y personajes señeros del arte contemporáneo en las dos décadas pasadas en el país. Por otra es un alegato —y en ocasiones una sólida propuesta2— en pos de la autonomía de la gestión cultural desde los espacios financiados con recursos del erario. Finalmente se trata una crítica frontal a la cultural oficial mexicana que, nutrida por los debates nacidos en los noventa, cristaliza como una contundente estrategia de ataque a los diversos relatos mexicanistas que nos dieron patria y (enaje)nación: «ningún proyecto de cultura nacional puede ser justificable cuando el Estado-nación es simplemente el instrumento más obvio de la internacionalización global del capital, su bróker más pátetico y más brutal».

Ironista certero de línea monsivaíta, la certeza de sus dardos van al corazón de lo esperpentos que dinamita, al referirse por ejemplo al entramado del arte mexicano en su versión remixeada salinista: «una mezcla grandilocuente de espejismos y saltos en el vacío, que oscila entre la resucitación de las momias aztecas del discurso oficial, las ilusiones cosmopolitas de los intelectuales y artistas de clases medias y los balbuceos de una posible, pero aún no realizada, cultura crítica que no alcanza a definirse con propiedad por los trucos de su enemigo».

Izquierda de la que sí piensa —y que predica con el ejemplo al experimentar en varios de los textos con el formato en que los escribe— Medina desnuda de pasada a los fariseos de siempre y al hacerlo socava la pirámide en ruinas a la que durante todo el siglo pasado los escritores mexicanos ayudaron a cimentar: «ese edificio que es en México la cultura nacional —que sobrevive ante el acoso de una cultura televisiva doméstica habitada por Madonnas criollas que no hablan de sexo, grupos de rap sin definición étnica y punks de clase media alta— es el hijo disecado de las batallas intelectuales y artísticas del México postrevolucionario. De Vasconcelos a Octavio Paz y de Diego Rivera a Carlos Fuentes, los intelectuales y artistas mexicanos han construido una mitología que es precisamente la nación que salta a la boca de la gente cuando habla de México».

Cara visible a través del ejercicio de la prosa que implica la curaduría, la investigación y la prensa, Abuso mutuo abre la posibilidad para un público no especializado y más bien conservador de comprender cuál es la importancia y la relevancia política del arte contemporáneo, durante décadas la hermana boba, casquivana y loca de la familia a la que tanto la literatura como la pintura, baluartes de la identidad nacional, sometieron con desdén bajo el argumento de estar con una menor de edad cuyas extravagancias eran tolerables por inocuas3 (cualquier ex becario del Fonca entenderá muy bien a lo que aludo), pero que a la vuelta de los años demuestra estar armada hasta los dientes, ocupando, merced del ejercicio de un pensamiento tan plural como sofisticado lo mismo que poderoso y quirúrgico, el lugar que le corresponde tanto por sintonía con el presente como por decantada meritocracia: la estrella irrebatible del sistema solar.

En ese sentido, la figura de Medina recuerda las palabras de Damián Ortega en una entrevista reciente, cuando ante la pregunta sobre la nueva configuración del campo intelectual mexicano respondió con aplomo: «Ha habido un reacomodo en ese aspecto, donde la jerarquía del mundo editorial ha menguado significativamente. Por eso ha sido muy interesante ver cómo el grupo del arte que no había tenido ese influjo  ahora lo detenta, y fue algo que se dio a partir de la autoconsrucción, generando contexto, público y mercado: un espacio levantado desde la crítica».4

Desde luego, en las páginas de Medina no se vislumbra interés alguno por las polémicas literarias, polvo de extintos lodos, aburrido hasta para mis tías. Sus dardos van de la retrospectiva como autoproducción en el caso de Gabriel Orozco («ha optado por asumir un rol de autoridad que “reporta” aquí lo que ha hecho en otro lado, en lugar de interactuar en el día a día de una multiplicidad de tentativas específicas»5) como contra la pintura como tal: «es un hecho que la pintura ha perdido su papel protagónico en la definición del gusto contemporáneo… Uno de los efectos principales de esta deflación es que la idea de su desaparición ha perdido valor de provocación… La pintura no ha sido sustituida por las nuevas disciplinas, sino que el artista contemporáneo entiende su profesión bajo el concepto no específico, fluido e intercambiable de arte en general».

Digámoslo de una vez: el libro de Medina —como los de todos los polemistas de talento— conlleva la noble intención de educar y Abuso mutuo, durante todas y cada una de sus páginas, es una usina de ideas y una ametralladora conceptual que ayuda, despejando telarañas, a renacer transfigurados: «lo que llamamos arte contemporáneo involucra una serie de traspasos y confluencias con la reflexión filosófica, la experimentación ética, la inventiva underground, los estudios culturales y la especulación política que se han alojado en el mundo de lo que fueron las artes plásticas». Abuso mutuo abre la posibilidad de volver a comprometerse, desde la intemperie fascinante y alevosa que nos circunda, con la experiencia de pensar (luego de la lectura de estas páginas volver a la literatura sin llegar trastornados sólo puede ser síntoma de un aldeanismo parroquial).

La experiencia, se infiere, no será fácil ni grata: caminar sin andaderas demandaría un (des)aprendizaje continuo y un ejercicio crítico sostenido, como demanda al gremio de los críticos el curador dedicado: «nuestra tarea es desestabilizar el mecanismo, exprimir crítica donde lo que existe es la pretensión de un aparato apologético. Nuestra tarea no es esperar al horizonte indeseable de que las bienales no contengan estructuras de poder, sino operar debajo, contra, a pesar y entre ellas».

Ejercicio plenamente postmexicano, Abuso mutuo no es una obra llamada a perdurar —criterio heredado del modernismo— sino a conectar discursos, situaciones y escenarios en aras de pensarnos como entes políticos a través de la proyección del humor6, la inteligencia y el pensamiento en acción que vertebra el arte contemporáneo, que ha luchado y conseguido cada centímetro de su autonomía: «desvanecidos los formalismos, las estéticas del compromiso, las investigaciones identitarias, las teorías del genio y el proyecto torcido de la patria, a los adictos de los mundos del arte nos queda más claro que la clave de la existencia artística es la propia presencia», y remata con un concepto que aflora cada vez que la sociedad actúa en conjunto por merced de las catástrofes naturales: «nosotros que vivimos de aparentar que sabemos más de arte que nuestros semejantes, tenemos más claro que más que “saber”, en arte la palabra clave es participar».

No quisiera cerrar mi comentario de esta obra —abierta por naturaleza a la disención y la crítica— con un horizonte halagador o esperanzador en un un futuro próximo y electorero, puesto que si algo demanda su lectura es el reconocimiento de que «el gobierno de la revolución más vieja del mundo intentó paliar la ausencia de una imagen del futuro, al tratar de reafirmar la tesis de una cotinuidad sin conflictos ni resquebraduras en el pasado de la cultura7,  pues bajo la óptica del poder México es esa entidad donde las matanzas y expoliaciones se borran bajo lo antiguo, donde la modernidad de las maquiladoras y la competencia internacional tendrían que coincidir con la herencia de la grande de México».

Enemigo del modelo «francés napoleónico soviético vasconcelista», que el libro de Medina editado por RM y Cubo Blanco incluya el logo de la Secretaría de Cultura demuestra la manera en que puede utilizarse con astucia el presupuesto del Programa de Apoyos Especiales, sin tener que funcionar como aparato de propaganda al servicio del Estado. Como ha demostrado en sus diversos proyectos, la publicación de Abuso mutuo es también una prueba de la autonomía de la gestión cultural.

Carente de recetas, repleto de preguntas, junto con algunos de los libros de Alfredo López Austin y Jorge Aguilar Mora, el libro de Cuauhtémoc Medina es una apuesta vigorosa que sabe que la única posibilidad de comprender lo que sucede en ese país con forma de gatillo alguna vez llamado México radica en la asunción de una cultura conflictiva y contradictoria, en donde las partes que lo conforman abusen unos de otros pero de manera recíproca, de ser posible con inteligencia y sobre todo con conocimiento de causa.


1.  «Uno de los cambios fundamentales reside en que, debido a los medios sociales, estos actos de habla casuales se convirtieron en inscripciones formalizadas que, una vez incrustadas en la economía general de los grandes públicos, adquieren un valor distinto. Enunciados que antes se emitían a la ligera hoy se lanzan a un espacio público en el que pueden tener efectos de mayor alcance y más duraderos. Las plataformas de los medios sociales alteraron sin duda alguna la naturaleza de la comunicación pública y privada». José Van Dijck, La cultura de la conectividad, Siglo XXI, Bs. As., 2016.

2. Cfr. «Estado y cultura: una propuesta de política cultural», p.47.

3. «No es sino hasta que produce “algo” que se hace evidente que la concepción de que el arte y la cultura son impotentes y mancos, es sólo una de las estrategias por las que se busca neutralizarlos. Mientras el conflicto no evidencie que una operación artística toca una fibra realmente sensible, mientras no logramos infiltrarnos bajo el pretexto de la “autonomía estética” para excitar un trastorno sensible en el campo político, gobiernos y capitalistas se nos aproximan con una mirada piadosa y compasiva». Cfr. «Llevando la peste a Venecia: la bienal como intervención», p. 449.

4. Damián Ortega, «La edición pensada como escultura» en Perfil, Buenos Aires, 4 de mayo de 2017.

5. Abunda Medina sobre Orozco: «el resultado es una muestra monstruosamente autorreferencial, donde lo único parecido a un “contexto” lo aportan los cuadernos de apuntes que Orozco ha producido retroactivamente como parte de su fabricación histórica. Basta echar una ojeada a la mezcla de metafísica casera y especulaciones orientalistas de esos álbumes para detectar lo infundadas que son las funciones críticas, sociales e históricas, que la crítica le atribuye… Lo que la obra de Orozco no produce, a diferencia de la tradición duchampiana y cageana a la que siempre alude, es un proceso multiplicador de orden intelectual. El fractal que su obra alude no se experimenta como una aventura de pensamiento», p. 402.

6. Ha sido un grata sorpresa enterarme de que en 1995 Francis Alÿs talló en un cristal de cocaína de considerable tamaño la efigie de Carlos Salinas de Gortari, con todo y banda presidencial, para trasladar la droga de la Ciudad de México a Nueva York. Una narcopieza al parecer consumida luego de burlar la ley de manera ceremonial.

7. En una entrevista reciente con el ensayista Miguel Espejo, el especialista en sociedad y política latinoamericana Alan Rouquié aseveraba: «P: En la Argentina parece que persistimos en generar antagonismos. En México, por ejemplo, no se asiste a peleas por acontecimientos ocurridos en el siglo XIX. R: Tendrían que tenerlas. La Revolución mexicana creó un mito nacional que merece ser criticado, desmenuzado, para entender lo que ha pasado en ese país. Hay un relato nacional aceptado por todos porque México no fue un Estado democrático durante 70 años. La ideología se impuso a todo el mundo, a través de las escuelas, las universidades, los estudios y en los medios, por ser “la dictadura perfecta”, como le dijo Mario Vargas Llosa en un programa de TV a Enrique Krauze, una dictadura que no parecía una dictadura y que decía ser una democracia pluralista» en «Paradojas y desmentidos de un hecho de masas», Revista Ñ, Buenos Aires, 1 de enero de 2017.

Rafael Toriz es prosista de amplio espectro. Por su trabajo como ensayista ha recibido los premios nacionales de ensayo Carlos Fuentes y Alfonso Reyes. Es Asesor Cultural del Fondo de Cultura Económica de Argentina, realiza trabajos de curaduría cultural y escénica.

 

[17 de octubre de 2017]

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