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Fotografía de Diego Simón Sánchez / CUARTOSCURO.COM

Columna: Nada de metáforas

Marzo 01, 2017

No queramos ver en cualquier cosa una señal de tiempos aciagos por venir (además de los que ya vinieron). Que precisamente durante la ceremonia del Día de la bandera, encabezada por Peña Nieto, el lábaro patrio se haya rasgado mientras se izaba, no tiene que leerse como un vaticinio funesto. Al parecer, la bandera se atoró con una torre de metal en la que se habían colocado las bocinas, y no fue hasta que comenzó a subir que los presentes pudieron comprobar que la tela gigantesca se había roto. Pero no la tomemos por la imagen de un país hecho jirones, cuando simplemente se trata de una bandera rota. Sí, claro, es una bandera que mide cien metros y era su día, pobre, y ahí estaba el presidente y los militares, en el Campo Marte, y no es que este gobierno mantenga las cosas muy bien cosidas que digamos, pero, bueno, ¿una metáfora?, no hay que exagerar.

 

Tampoco debería leerse con malicia la imagen que yo misma tomé en Zona Maco el día jueves alrededor de las dos de la tarde, cuando la ola humana bullía por todos los pasillos de la feria y los estands (juro que la RAE ya permite esta forma) de galerías, editoriales y tiendas de diseño (que sigo preguntándome qué tienen que hacer ahí; al igual que la sección de arte moderno… pero, bueno, ese es otro tema) llevaban ya dos horas perfectamente abiertos. No, digámoslo ya: que el puesto de la Secretaría de Cultura/INBA, con el que puede suponerse se buscaba informar al público sobre las labores de los museos de arte contemporáneo nacionales, estuviera, no cerrado, sino, a juzgar por las cintas amarillas, clausurado, o peor, en cuarentena (ahí no dice “no pasar”, dice “PRECAUCIÓN”, lo cual se corresponde mejor con el sentimiento que el arte contemporáneo siempre ha despertado en la administración cultural: miedo); como sea, que fuera el único lugar de la feria dejado a la buena de Dios, no es una alegoría de nada: es la cruda realidad. Y más bien deberíamos agradecer que por una vez en la vida los encargados de la cultura estatal nos estén diciendo la verdad: aquí no hay nada que ver. Negro total. Lo mismo que las declaraciones, asombrosamente honestas, de la recién nombrada directora del Museo Nacional de Arte, Sara Gabriela Baz Sánchez, que confesó a Excélsior que no le interesan tanto las filas largas de gente ni las exposiciones taquilleras como provocar experiencias estéticas en el público. “Nos encantan los blockbuster y que la gente se forme en la Plaza Tolsá –dijo al periódico– pero lo que más me gustaría es que esa gente tuviera realmente una experiencia, que nos deje un registro de que la calidad de su experiencia en el museo fue mejor”. No aclaró mejor que qué, pero sí dijo que había que “aprovechar nuestra colección para plantearles [a los espectadores] por qué es importante reconocerse en este arte”. Una manera muy elegante, pues, de admitir que el museo no tiene un peso y que, por tanto, no se verán en mucho tiempo exposiciones como la de Otto Dix o “Yo, el Rey” (afortunadamente). Y, de nuevo, tendríamos que agradecerlo, porque a quién le gusta estar formado cuatro horas viendo el andamio perenne, ahora forrado de anuncios, que intenta hacernos olvidar la restauración desastrosa que se llevó a cabo hace cuatro años (¡cuatro años!) sobre esta famosa estatua ecuestre, en la que el mismísimo Alexander von Humboldt posó los ojos en 1803. Una visión que, lo sabemos, nadie volverá a tener jamás: El Caballito pasará el resto de sus días metido en esa suerte de caja que, por cierto, tampoco es una metáfora de nada, no vaya usted a creer. Más bien, quizá no estamos entendiendo que esa instalación permanente es la manera que encontró el entonces GDF de provocarnos una experiencia, ya no digamos estética, sino histórica, pues, como es sabido, en muchos momentos de su larga vida la obra de Tolsá estuvo, de hecho, tapada. Por ejemplo, en 1821, justo al terminar la Guerra de Independencia, cuando, por obvias razones, lo primero que se hizo fue correr a construir una carpa de color azul que mantuviera oculta la figura, ahora repudiada, del rey Carlos IV, que estaba originalmente ubicada en el corazón del Zócalo.

 

Pero a juzgar por esta foto de 1979, año en que El Caballito fue trasladado de su segunda ubicación en el Paseo de la Reforma al lugar que ocupa hoy, frente al Museo Nacional de Arte, es clarísimo que era precisamente cuarenta años atrás adonde querían transportarnos los creadores de la instalación “El Caballito: una estatua en eterno viaje por el tiempo”.

Pero, entonces, y ya viendo que los funcionarios están en realidad a la vanguardia de las experiencias estético-histórico-espaciales, a lo mejor me estoy quedando corta, y lo que vi en Zona Maco era también una instalación, tipo Tercerunquinto, con la que se intentaba hacer autocrítica institucional. ¿Habrán por fin entendido de qué se trata el arte contemporáneo? Lo dudo. Más bien, cada vez encuentran maneras más ingeniosas de no decirnos que los museos no tienen ni para focos (¿han ido últimamente al Carrillo Gil?) y que la bandera no es una metáfora de un territorio desgarrado (que para eso están ellos: rasgándose a diario las vestiduras). Por lo menos, la directora del MUNAL ya dejó claro que va a pasar los dos próximos años intentando provocarle experiencias estéticas a quien se deje… y el arte que haga lo que pueda. Esa es su apuesta: concentrarse en lo que está dentro para descubrir “lo que nosotros somos como museo de arte mexicano”… y el público que ahí vea cómo le hace. Y si no hay colas, mejor. Es más, para evitarlas por completo, el museo se ha propuesto la tarea de subir la totalidad de su colección a internet, para, entre otras cosas, “lograr la vinculación con un público más joven” que, con toda la razón, difícilmente va a asomarse a un museo colmo del tedio, dedicado a rizar el rizo de su acervo, con exposiciones como la revisión del arte mexicano de los dos últimos siglos que está por abrirse. O cerrarse, ya no se sabe.

 

María Minera es crítica e investigadora independiente. Desde 1998 ha publicado reseñas y ensayos en una diversidad de revistas culturales y medios como El País, Letras Libres, La Tempestad, Otra Parte y Saber Ver, entre otros). Actualmente trabaja en el libro Paseo por el arte moderno, una introducción al arte del siglo XX para jóvenes lectores (Turner).
[1 de marzo de 2017]

 

 

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