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Tomás Saraceno, Re-entry (2016).© Tomás Saraceno. Cortesía del MARCO.
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Tomás Saraceno, Hybrid Webs (2015). © Tomás Saraceno. Cortesía del MARCO.
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Tomás Saraceno, Biosphere (2015). © Tomás Saraceno. Cortesía del MARCO.
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Tomás Saraceno, Expedición al Salar de Uyuni, Bolivia (2016). © Tomás Saraceno. Cortesía del MARCO.

Ciento sesenta y tres mil años luz, de Tomás Saraceno

Septiembre 06, 2016

Las Nubes de Magallanes, visibles desde el hemisferio austral, son 2 galaxias enanas a 163, 000 años luz, el tiempo que tarda en llegar un fotón y generar la proyección cósmica en nuestra bóveda celeste. Sus implicaciones: la imagen que vemos de las estrellas es de hace miles de años. Una imagen del pasado sideral.

El artista Tomás Saraceno (Tucumán, Argentina, 1973) retoma esta idea como parte de su reciente exposición en el museo MARCO. La historia comienza en 2004 cuando viajó al salar de Uyuni en Bolivia. Impresionado por el lugar, comenzó un estudio que retomó diez años después, cuando registró el paisaje nocturno para capturar la capa delgada del agua que, al llover, refleja majestuosamente el universo y hace que el horizonte se pierda.

Curada por Gonzalo Ortega, Ciento sesenta y tres mil años luz es la primera muestra de Saraceno en América Latina. Comprende tres núcleos de la obra del artista, distribuidos en seis salas donde los contrastes en la intensidad de la luz determina el carácter de cada sección: mientras hay áreas muy oscuras, inspiradas en el cielo nocturno de Uyuni, otras resaltan con iluminación, haciendo una alegoría de lo aéreo y la luz del día. El resultado, aunque drástico, genera un efecto espacial y cósmico clave para la muestra en general.

La primera comienza con Cosmic Jive (2016):  telarañas tejidas por distintos tipos de arañas, incluidos algunos especímenes de la región, y alojadas en cubos de vidrio flotantes. El montaje permite observar todos los ángulos de las estructuras, desvelando sus finos detalles. Y como en la teoría Millenium Simulation, la pieza expone cómo la imagen universal asemeja un tejido arácnido, revelando la relación entre lo micro y lo macro.

Los hilos flotantes de la araña nephila kenianesis ondulan y brillan con luz de lámparas en la instalación Aeolic Instrument for a Ballooning Ensemble (2015), que convierte en sonora la ondulación provocada en los hilos por el calor de la sala. En Arachno concert (2016) tres arañas dentro de un cubo desarrollan tejidos in situ mientras sus hilos  generan un sonido espectral y las partículas de polvo proyectan nebulosas. En otro ambiente totalmente aéreo e iluminado se muestra Aerocene (2015), una serie de esculturas aerosolares pensadas para viajar con la energía del sol y el calor de la Tierra. En este contexto,  la metáfora de las arañas que vuelan mediante sus hilos lanzados al viento invita a pensar más allá del Antropoceno.

La pieza que da nombre a la exposición, Ciento sesenta y tres mil años luz, es una videoinstalación de la imagen cósmica del salar de Uyuni. El sonido provocado por el choque entre dos hoyos negros penetra desde el fondo. Y al otro extremo de la sala, una proyección del universo palpita sobre una malla, es la imagen que ha tardado 163, 000 años en llegarnos.

Las estructuras arácnidas y las esculturas aerosolares propuestas por Saraceno exponen el matiz cientificista de su inclinación artística. No hay que olvidar que hace unos años, el artista aportó a la ciencia el primer escáner 3d de una telaraña. Así, en un exacerbado dominio técnico de carácter metódico y tecnológico, deja entrever en sus creaciones su formación de arquitecto al tiempo que nos coloca ante una mirada orbital y estratósférica. Su trabajo colaborativo  y multidisciplinario cruza el enfoque positivista y lo expande hacia la materialización de proyectos casi impensables. Pero es su carácter trasnacional y el nomadismo que propone lo que lo convierte en representante de una forma de vida basada en la aerodinámica.

Tomás Saraceno no sólo crea híbridos que proponen un mundo distinto —comprendido desde las alturas y la interconectividad de la materia—, sino que establece una crítica  al territorialismo y a la inestabilidad actual del planeta. Sugiere alternativas desenfadadas y desde una estética que induce a querer explorar, tocar y habitar sus estructuras orgánicas.

En sus obras se encuentra la influencia de artistas como Gego, León Ferrari u Olafur Eliasson, con quien trabajó en su taller. Su interés por la fractalidad universal reta los protocolos del habitar y el viajar hasta pretender desdibujar los límites entre ambos. La muestra, por su parte, invita a imaginarse sobre lo ligero en ambientes que retan nuestros niveles de percepción y exploran la ciencia fuera de las geopolíticas.

Mediante experiencias inmersivas, Ciento sesenta y tres mil años luz plantea la deformidad del tiempo y exalta con retículas caóticas la contorsión de la energía invisible que hay entre los cuerpos. Saraceno recurre continuamente a la metástasis de los signos. Sus códigos visuales producen extrañeza y ensoñación, se alejan de lo social y se instalan en una especie de juego donde el pulso de la percepción es constantemente expandido. Lo que su trabajo logra es que desentendamos el orden aprendido para los límites de nuestro desplazamiento por el mundo.

 

Mario Alberto García Rico es investigador y crítico. Egresado de la Facultad de Artes Visuales UANL, participó en el Coloquio Iberoamericano de Crítica de Arte (2014). Ha colaborado para Gastv y Blogdecritica. Es coordinador de la página mmmmetafile.net

 

[6 de septiembre 2016]

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