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Charlie Brooker, Black Mirror (2011-).
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Charlie Brooker, Black Mirror, "El himno nacional" (1ª temporada, episodio 2) (2011). Imagen tomada de decider.com
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Charlie Brooker, Black Mirror, "15 millones de méritos" (1ª temporada, episodio 2) (2011). Imagen tomada de indiewire.com
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Charlie Brooker, Black Mirror, "15 millones de méritos" (1ª temporada, episodio 2) (2011). Imagen tomada de thehollywoodnews.com
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Tu historia completa" (1ª temporada, episodio 3) (2011). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Oso blanco" (2ª temporada, episodio 2) (2013). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Oso blanco" (2ª temporada, episodio 2) (2013). Imagen tomada de gizmodo.com
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Caída en picada" (3ª temporada, episodio 1) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Caída en picada" (3ª temporada, episodio 1) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Partida" (3ª temporada, episodio 2) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Partida" (3ª temporada, episodio 2) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Cállate y baila" (3ª temporada, episodio 3) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Cállate y baila" (3ª temporada, episodio 3) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "San Junipero" (3ª temporada, episodio 4) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "San Junipero" (3ª temporada, episodio 4) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "El arte de matar" (3ª temporada, episodio 5) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "El arte de matar" (3ª temporada, episodio 5) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Odio nacional" (3ª temporada, episodio 6) (2016). Foto fija
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Charlie Brooker, Black Mirror, "Odio nacional" (3ª temporada, episodio 6) (2016). Foto fija

Reseña: Black Mirror: especulación tecnológica, realidad neoliberal

noviembre 15, 2016

La ficción especulativa, con frecuencia, advierte sobre las maneras en que construimos nuestra propia desgracia. Por otra parte, las interpretaciones sobre las sociedades, al momento que los hechos se desarrollan, con notoria recurrencia resultan desacertadas —el consenso mediático actual, por ejemplo, atribuye al neoliberalismo el origen de casi todos los males. Así, una serie de televisión que toma estos dos caminos asume riesgos importantes. Por esto, quizá algo notable de Black Mirror, serie originalmente británica —de la que ahora llega su tercera temporada, teniendo también escenarios estadounidenses—, sea que logra algunos episodios cautivantes y reveladores, en esa precisa encrucijada de la reflexión sobre la vida social actual y la imaginación sobre el mundo que estamos creando.

Black Mirror es claramente, y así lo ha reconocido su creador Charlie Brooker, una heredera de La dimensión desconocida (1959–1964) y de su preocupación por las circunstancias sociales del momento. Si en el pasado el gran temor, particularmente para los estadounidenses, era la conflagración nuclear, ahora la serie se ubica en los desvaríos a los que hemos llegado, o que podríamos alcanzar y potenciar, con las nuevas tecnologías, marcadamente las de la comunicación. En esto, habría que notar que si la serie de los sesenta se refería al contexto de la Guerra Fría, que podría haber arrastrado al mundo entero, en el caso de Black Mirror, estamos ante el mundo globalizado: el condicional se borra porque el uso de redes sociales y de recursos tecnológicos que casi imposibilitan que la vida privada no quede registrada, ya son una realidad tanto en países ricos como pobres. En algunos episodios esto añade terror a la trama, pues lejos de hablar de una ciudad estadounidense como blanco de misiles soviéticos, Black Mirror muestra la lógica de cualquier lugar que esté en línea.

Si la tercera temporada no impresiona tanto como las anteriores a los televidentes ávidos de novedad, el problema no es de agotamiento de temas, sino de la habilidad para tratarlos como experiencias específicas y quizá, sobre todo, de que esta serie predominantemente caricaturiza en sentido negativo, cae en maniqueísmo. A lo largo de mucho tiempo, varios autores han reflexionado sobre cómo los temas y las líneas argumentales de las historias son limitados, tanto así que hay quien habla de sólo siete tramas posibles. Black Mirror, entonces, puede tener un reto de imaginación, pero no temático. De hecho, esto enlaza con el género en el que se inscribe.

La serie no es estrictamente ciencia ficción y no se limita a elaborar escenarios tecnológicos fantásticos. Varios de los episodios parecen extremos, pero en realidad juegan con hechos que ya estamos experimentado, como la importancia que atribuimos a nuestra existencia virtual —hoy no sorprende que al asomarnos a un jardín agradable pueda haber alguien siendo fotografiado profesionalmente, para “tener buena foto de perfil”. Asimismo, los avances científicos actuales permiten que varios de los escenarios planteados en Black Mirror no sean remotos, porque de formas restringidas ya se encuentran sucediendo, por ejemplo la implantación de chips y otros recursos electrónicos directamente en el cuerpo humano. La masificación de estas posibilidades quizá ocurra en relativamente poco tiempo. Se trata, pues, de ficción especulativa, con elementos de terror y suspenso.

La dificultad del género especulativo es que los guionistas necesitan de una comprensión sofisticada de la realidad social. “The Waldo Moment” parece profético en este sentido, anticipando el apoyo a opciones irracionales que hemos visto en 2016 con Brexit, el no al primer acuerdo de paz en Colombia y la elección de Donald Trump. Sin embargo, esto no se ve en todos los episodios. Algunos resultan ingenuos, como el nuevo “Nosedive” y “Fifteen Million Merits” y “White Bear”, de la primera y segunda temporadas respectivamente. Por tratarse de una serie antológica, y aunque resulte una obviedad, considerando que tanto los escritores como los directores cambian, los episodios son desiguales. Ser visionaria, entonces, no parece ser su mérito, la peculiaridad y el atractivo de Black Mirror está en otra parte.

Me parece que el lugar común aplaudido sería referirse a esta serie como un llamado de atención sobre los horrores que la sociedad neoliberal estaría construyendo con apoyos tecnológicos. La atribución de prácticamente todos los problemas sociales actuales al neoliberalismo no aclara, sino que estanca la reflexión. No me refiero a los análisis académicos que vinculan al cine y la literatura con rasgos de la sociedad neoliberal, sino a los argumentos fallidos y falaces que ven consecuencias del neoliberalismo incluso en las posturas antineoliberales. Si una posición política nativista resulta exitosa en un país desarrollado, dicen quienes así se expresan, seguramente se debe a que el neoliberalismo provoca estragos. De esta manera, en una supuesta crítica al neoliberalismo, se crean afirmaciones circulares que imposibilitan otras interpretaciones. Curiosamente, el caso de la producción de Black Mirror sí podría verse como el resultado de las condiciones propiciadas por el neoliberalismo.

La producción de la serie es de Zeppotron, empresa de producción audiovisual radicada en Gran Bretaña y creada, principalmente, por personas antes vinculadas a Channel Four de ese país. Ese es el esquema común de producción británico en el siglo XXI. Incluso la BBC comisiona la elaboración de algunos de sus programas a productoras independientes. Por una parte esto crea condiciones de aparente precariedad laboral: los miembros de los equipos no reciben un salario mensual, sino por proyecto. Esto, sin embargo, no suele llevar a que esas personas tengan condiciones deplorables de vida, aunque habría que ver qué pasará con ellos a largo plazo, pues a pesar de que los pagos suelen ser sustanciales —muchas veces me ha sorprendido su poder de consumo no basado en el crédito—, no resulta evidente si serán suficientes para cubrir gastos de retiro. Por otra parte, y esto es lo que es pertinente en cuanto a televisión se refiere, el resultado socialmente perceptible es el de una programación por mucho más diversa y rica que la de un país como México, en que, por falta de competencia, ha predominado, hasta hace muy poco, la realización centralizada de la programación por parte de las televisoras. Ahora bien, la libertad de Zeppotron es relativa, ya que pertenece a Endemol, gigante trasnacional de la producción televisiva, con sede principal en Holanda. Buena parte de lo hecho por Endemol no es de compleja elaboración y es de casi nulo valor estético —piénsese en Big Brother—, pero ha sido muy exitoso en términos de público. Es esto lo que permite a la empresa vender los derechos de sus programas alrededor del mundo y, también, el contar con recursos para embarcarse en producciones más arriesgadas, como Black Mirror, a través de filiales. Así, en grises, es como funciona este elemento del mundo neoliberal, no en negro absoluto.

El mérito de ciertos episodios de la serie no descansa en la crítica social, aunque ésta esté presente en nuevos episodios como “Men Against Fire” que, al referirse a la selección de población con base en pruebas de ADN, se liga a la victoria de Trump, lo que vuelve tangible el peligro real de una sociedad en que la discriminación se ejerza desde el poder gubernamental. La serie atrapa, en cambio, por la habilidad para contar ciertas historias conectándolas con algo que puede parecer tradicional, pero sigue siendo efectivo. Las series de televisión han cobrado auge y reconocimiento crítico —este mismo texto es muestra de ello—, pero conviene ponderar qué clase de producto cultural son. Aun con su duración de más de una hora, “Hated in the Nation”, el episodio final de la nueva temporada, no es una película, ni presenta originalidad narrativa: su estilo audiovisual es claramente televisivo. Carlos Reygadas, desde el amor por la belleza en la pantalla, ha dicho recientemente que, a pesar de las favorables opiniones que circulan, las series de televisión no son el nuevo cine ni son revolucionarias, a pesar de que algunas de sus característica difieran de previas producciones televisivas. Esta serie, a pesar de plantearse en el futuro y proyectar hechos actuales, tampoco significa una renovación. Su fortaleza, como decía, parece estar más en el tipo de incursiones que los relatos han realizado a través del tiempo. El personaje de “The Waldo Moment” sufre por su falta de compañía significativa y de realización personal, esto es lo que determina las decisiones que toma y que tienen trascendencia social por los usos de la tecnología. La mujer de “Nosedive”, de la tercera temporada, vive para ser mejor calificada virtualmente por sus conciudadanos, pero la evaluación de la popularidad de un individuo no es una novedad dependiente de las redes sociales: este recurso sólo vuelve más evidente la realidad de juicios constantes que realizamos en la vida. El hombre de “The Entire History of You” experimenta clarividentes celos enceguecedores, que le cambian la existencia, como antes padecieron Otelo y tantos otros. Lo más fuerte de Black Mirror está en las situaciones, los dilemas morales y las emociones que vivimos día a día, con o sin la tecnología del presente y el futuro, que podría ser explorada sin necesidad de ser el punto principal de la escenografía.

 

Germán Martínez Martínez es académico, escritor, teórico político y crítico de cine. Es doctor en Ideología y análisis del discurso por la Universidad de Essex y maestro en Antropología social. Además de publicaciones académicas internacionales, en México, ha colaborado en Icónica, Este País, El Financiero, Forbes y Foreign Policy. Fue editor de Foreign Policy, Edición Mexicana y es director artístico del Discovering Latin America Film Festival de Londres.

 

[15 noviembre 2016]

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