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Jill Magid, Barragan® (2016). Imagen tomada de labor.org.mx
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Jill Magid, The Proposal (detail) (2016). © Stefan Jaeggi. Imagen cortesía de la artista y de LABOR, Cd. México; Raebervonstenglin, Zurich; Untilthen, París
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Jill Magid, La propuesta (2014-2016). Vista de la instalación en Walter and McBean Galleries, San Francisco Art Institute. © Gregory Goode. Cortesía de la artista; LABOR, Ciudad de México; RaebervonStenglin, Zúrich; Galerie Untilthen, París; MUAC
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Jill Magid, Ex-Voto (2016). Vista de instalación. © Ramiro Chaves. Cortesía LABOR, Ciudad de México; MUAC
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Jill Magid (Connecticut, 1973). Fotografía tomada de cream.mx

Archivo Barragán: la revolución acallada

abril 27, 2017

A propósito de la exposición de Jill Magid, «Una carta siempre llega a su destino». Los Archivos Barragán, una polémica en torno al cuerpo —un cadáver y su conversión en diamante— ha desviado la discusión del tema central: el corpus —el archivo de Barragán y su obra—; habría que cuestionar los temas que piezas como la de Magid ponen sobre la mesa: el tránsito que ha llevado a la privatización del legado del arquitecto mexicano.

En noviembre de 2002 se presentó en el Museo del Palacio de Bellas Artes una muestra retrospectiva dedicada al arquitecto cuya inhumación y conversión en diamante tanta polémica ha levantado recientemente. La revolución callada. Archivo Luis Barragán llegó a México luego de itinerar por Japón, Alemania, Inglaterra y España, entre otros países, para mostrar material poco conocido por los mexicanos. Las piezas, propiedad de la Fundación Barragán en Suiza, incluían fotografías, cartas, planos, bocetos y otros materiales. Además de la fundación, la muestra corrió a cargo y fue producida por Vitra Design Museum, que la convirtió en poco menos que un evento de gala: incluso Frank Gehry —laureado con el Pritzker en 1989— ofreció en Bellas Artes una conferencia sobre el arquitecto tapatío, mientras que el entonces presidente, Vicente Fox, elogió en la inauguración el trabajo de la curadora y dueña del archivo, Federica Zanco, quien permitió que la muestra desembarcara en el país justo a tiempo para la celebración del centenario de Barragán. Sin embargo, ese festejo institucional fue opacado por la incómoda realidad de que el archivo del arquitecto más conocido de México —también ganador del Pritzker en 1980— estuviera en manos de una sola persona: Federica Zanco, investigadora que en 1994 obtuvo el archivo completo del arquitecto y lo llevó a Suiza. Desde entonces, los papeles de Barragán se han mantenido ocultos al público general y, salvo la ocasional exposición museística, lejos del país que bien podría reclamarlos como «patrimonio». En una entrevista realizada con motivo de la exposición de 2002, Federica Zanco expresó su deseo de que el archivo regresara a México siempre y cuando se contara con los recursos para su adecuado manejo y «que el archivo generase su propia manutención», aun cuando, como señalaba la reportera Merry Mac Masters, el archivo de Barragán nunca se había solventado con recursos propios pues era financiado por Vitra, compañía de muebles propiedad de Rolf Fehlbaum, esposo de Zanco.

En días recientes, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) anunció que el 27 de abril se inaugura la muestra «Una carta siempre llega a su destino». Los Archivos Barragán de la artista Jill Magid, cuyo trabajó sobre el arquitecto se dio a conocer en agosto del año pasado gracias a un artículo de la revista The New Yorker. El reportaje contaba cómo la artista había convertido una parte de las cenizas del arquitecto en un diamante que luego engarzó en un anillo para ofrecérselo a Zanco a cambio del regreso del elusivo archivo Barragán a México: «I am offering you the body for the body of work», escribió Magid en una carta a la propietaria del archivo. El objetivo del proyecto de Magid era claro: desatar una discusión sobre el acceso al archivo Barragán y cuestionar los derechos de propiedad del mismo. Sin embargo, con la aparición del artículo de The New Yorker se desató en México automáticamente una discusión que poco tiene que ver con el arte o la crítica: una discusión, más bien, centrada en la banalidad de la propuesta y la supuesta «profanación» de los restos de Barragán.

Con el anuncio del MUAC la discusión ha revivido: Los inconformes han publicado cartas avaladas con firmas de personalidades de la cultura condenando la «vejación de los restos» del arquitecto y acusando las irregularidades de la exhumación. Algunos de estos firmantes se han presentado con Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, exigiendo un espacio de diálogo dentro de la misma exposición para dar a conocer su postura. Este grupo de especialistas, que asegura «no promover la censura», sí desestima la decisión colegiada de la máxima casa de estudios para acoger la exposición —y de paso la autonomía del museo y de su curador, Cuauhtémoc Medina—: «Mucho molesta que vengan extranjeros a vender espejitos a los mexicanos e irrita que un recinto universitario acoja ese proyecto», declaró el arquitecto Enrique de Anda.

Gracias al inusitado interés en el cadáver, la discusión sobre el archivo ha pasado a segundo plano. Las controversias respecto a las políticas de consulta, la propiedad intelectual, la capacidad de las instituciones nacionales por preservar los acervos —de este y otros artistas— y la mercantilización de los objetos culturales han sido relegadas por la prensa en favor de las notas sensacionalistas sobre la exhumación de un arquitecto canónico. En lugar de una discusión sobre la moral del copyright del patrimonio nacional, se ha dado pie a una discusión sobre la moral de convertir cenizas en diamantes. Todo esto divierte la atención de algo que rara vez sucede en un museo mexicano: ser epicentro de una discusión de alcance nacional, un foro público y crítico que plantea preguntas agudas. Cabe preguntarse si las voces especializadas que se han detenido en las repercusiones legales de la exhumación, y han circulado cartas con firmas y peticiones, se han movilizado de la misma manera cuando una obra patrimonial es demolida o, en el mejor de los casos —como ha sucedido con la obra del propio Barragán—, es convertida en taquería. El razonamiento que se muestra anuente ante una demolición o la privatización del acervo pero se declara intolerante hacia una exhumación obliga a cuestionar: ¿no es más «patrimonio» el archivo que las cenizas?

Muy pocos comentan sobre la consideración de la muestra como un desafío a los discursos establecidos, o como un ejercicio capaz de establecer otros caminos para la crítica y la interpretación de la obra del arquitecto mexicano. La del archivo es una parte de la historia de Luis Barragán que debe escribirse; a partir de este tema es posible pensar el tránsito que va de lo privado —de lo íntimo y lo personal— como búsqueda expresiva del arquitecto hasta la privatización de su legado: la Casa Estudio Luis Barragán, hoy uno de los museos más caros de México; el Archivo Luis Barragán, radicado en otro continente con políticas de consulta determinadas por una corporación privada, e incluso la privatización del nombre del arquitecto (el artículo del The New Yorker cita que la fundación no sólo es propietaria de los materiales físicos, sino también de los derechos sobre el nombre del arquitecto, por mencionar un ejemplo). A la luz de una exhumación, la verdadera revolución del archivo Barragán es acallada.

No se trata de aproximarse al anillo de Magid como el peregrino medieval que se acerca a la reliquia buscando contacto espiritual. El espíritu de Barragán no vive en el 25% de sus cenizas convertidas en diamante, sino en sus construcciones y jardines, en los miles de bocetos y planos que hoy se encuentran en un archivo cerrado al público. La sonada «polémica» de la profanación opaca la base de un debate necesario: los derechos de propiedad que se extienden a una figura, la irónica privatización de algo que muchos consideran un legado cultural mexicano. Es a partir de una exposición que se genera una controversia real que puede derivar en reflexión crítica. Hoy en día al museo, como bien lo demuestra el MUAC, le corresponde poner las piezas que generen debate y consigan que cuestionemos algo que parecía ya enterrado. Sirva el anillo como metáfora matriz y detonadora de esta historia de la arquitectura que ocurre en las orillas. Sirva el museo, un foro público de discusión, también como joyería.

 

Georgina Cebey es historiadora. Escribe sobre museos, ciudad y arquitectura. Sus textos han aparecido en Letras LibresNexosTierra Adentro, entre otras publicaciones.

 

[27 de abril de 2017]

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